El olor del mar

 

El olor del mar, cuando me siento en el malecón a pensar en todo y en nada, me tranquiliza. El de la bahía, tan contaminada, se me traba en la garganta. Cuando voy por las calles de la Habana Vieja, me pasan ambas cosas. Me preocupo, siento que avanzo demasiado, y hasta me da la impresión que demoraré mucho en encontrar el remedio que estoy buscando. Por lo general pasa algún extranjero por mi lado y ni cuenta se da que huele tan mal –el extranjero.

¿Y La Habana? –dice mi letra de molde tapándose la nariz. Seguir leyendo “El olor del mar”

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Making of (21)

 

Era normal, si se quiere ver así. Yo había caminado cerca de dos cuadras y media cuando lo vi por primera vez. Siguió detrás de mí, pero no en mala onda, sino cuidándome. Husmeó en una esquina, orinó y luego me buscó nuevamente entre la gente. Dicen que cuando esas cosas pasan San Lázaro lo protege a uno. La señora no se había levantado todavía, tuve que esperar sentada en el portal, unos veinte minutos más o menos. Luego me registró y me dijo que Seguir leyendo “Making of (21)”

Tengo un ruido en el sistema

Anoche, desvelada y sin remedio, comencé a contar los ruidos del día como quien cuenta ovejitas. La cafetera colando, la olla de presión ablandando los garbanzos remojados con horas de antelación, el silbato del panadero, el niño que entra llorando al jardín infantil frente a mi casa, la moto que a las siete de la mañana, después de dos o tres pitazos, recoge a la novia para llevarla a la escuela. Seguir leyendo “Tengo un ruido en el sistema”

Making of (20) Aquí termina la programación para los niños y las niñas

—¿Vamos a retocarnos el maquillaje?
Dijo Amelia y Elenita no se lo pensó dos veces. La puerta del baño chirrió desconsolada tras de ellas hasta que pasaron el pestillo por dentro. Amelia sacó la hierba y la acomodó dentro de la pipa. La encendió, aspiró profundamente cerrando los ojos y el humo salió rato después, casi manejable, por la ventana. Volvió a aspirar hasta el final de sus fuerzas. Seguir leyendo “Making of (20) Aquí termina la programación para los niños y las niñas”

Dime cómo vistes, Tim

A mis quince años, en La Habana, un álbum de fotos era el paso reglamentario para la “mayoría de edad” en las muchachas (nunca antes pasó –al menos yo no me enteré- esto de incluir a los varones). Dos o tres trajes, un modesto álbum y una fiesta a la que llamábamos “motivito”. Los quince, como la moda en la Cuba de entonces, más que costearse se “resolvía”: ropita hecha por la costurera, donaciones de los parientes, una jeringuilla con lejía para convertir el jean de viejo y demodé, en prelavado moderno. Seguir leyendo “Dime cómo vistes, Tim”