La visita. Los visitantes

[Esta fue la segunda entrega para mi columna Pasaje de regreso, de la revista Cuba a contraluz (fallido intento de recuperar a la desaparecida Cuba Contemporánea). Obama estaba en Cuba. Así se sentía más o menos…] Seguir leyendo “La visita. Los visitantes”

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¡Qué buena vida!

A mediados de mes el bodeguero cubano, acodado en el mostrador, ve pasar una mosca. El insecto traza una espiral en el aire. Se posa sobre el saco de arroz, luego en el brazo y, por instinto, huye del manotazo. Sigue con vida –la mosca-. El bodeguero bosteza otra vez cuando otro hombre pasa empujando una carretilla bajo el sol y le grita: ¡qué buena vida! Seguir leyendo “¡Qué buena vida!”

Casa de cristal

[En abril de 2012, yo vivía en el edificio América, un monumental inmueble que se lleva más de media manzana entre los límites del Vedado con Centro Habana. Un edificio oscuro, demasiado habitado, sumamente ruidoso, lleno de tantas vidas. A cada rato yo pensaba cómo sería escuchar a tiempo real los pensamientos de toda esa gente que convivía conmigo allí, mientras yo escribía en un cuartillo pequeño, pequeñísimo, y me sentía muy sola. Quizá de tanto pensarlo el edificio terminó siendo este personaje, este monstruo de tantas voces, este cuento no logrado.] Seguir leyendo “Casa de cristal”

¿Por qué te burlas de Yusimí?

[¿Y por qué usaste el nombre de Yusimí?, preguntó en abril de 2014, alguien que así se llama. Un comentario que descubrí tarde y no llegué a responder, pues la revista Cuba Contemporánea fue borrada, con un simple click, del mapa virtual. Lo elegí porque este tipo de nombres es muchas veces motivo de risas, burlas, comentarios, críticas lapidarias a estos nombres “inventados” por los padres cubanos que llevan a sus portadores a justificar el por qué de ellos, la historia que hay detrás, como una carta de presentación que, pura y dura resignación ante su estigma, no logrará borrar totalmente la imagen tantas veces peyorativa que de su persona se forma, ante el recién conocido, de solo pronunciarlo. Quizás, también, porque evoca en su pronunciación un juego con el inglés, you see me, que se me antojaba subliminal antídoto para este mal: ¿tú me ves realmente como soy? Mal que aqueja a no pocos cubanos, dentro de los que me incluyo.] Seguir leyendo “¿Por qué te burlas de Yusimí?”

Quebec-Habana-Quebec

No he sabido nada más de este personaje. No recuerdo si le di a leer este texto, como he hecho con otros personajes reales. Tiempo después de su partida me habló por el chat y me informó que desaparecería, que había encontrado a alguien y necesitaba borrarme de una vez y por todas. Me dijo que quería “ser feliz” como si yo fuera el principal obstáculo para alcanzarlo, el motivo de todas sus desgracias, de todas. Deseo que seas muy feliz, fue todo cuanto dije siguiéndole la rima. Y he aquí un hombre que cumple con su palabra. Solo espero que donde quiera que esté ahora haya encontrado lo que buscaba, porque este fue uno de los hombres más solos que yo conocí en mi vida. Seguir leyendo “Quebec-Habana-Quebec”

Decir “buenos días” en La Habana

[En aquel abril de 2014, después de hablar de celulares, juguetes y telenovelas y generar cierto revuelo de comentarios –unos publicados anónimamente, muy pocos dichos de frente y otros por detrás del telón–, como suele suceder en estos casos la editora me dijo: afloja, mamita, afloja. Escribe de algo menos polémico. Escribe… como si llegaras de unas buenas vacaciones. Hoy, al leerme esta entrega, me siento feliz. En casi tres años que han pasado desde que la escribí mi cuenta arroja un saldo nada despreciable de personas que dicen buenos días, gracias, por favor, tenga usted un buen día, al subir al almendrón, al entrar a la oficina de trámites, al marcar en alguna cola. Señal de que la campaña en los medios y la valla que habían colocado en la Ciudad Deportiva –lástima que la quitaran– demostró que entre “las gracias por los buenos modales” y “la lucha por los buenos modales”, la primera palabrita puede más.] Seguir leyendo “Decir “buenos días” en La Habana”

Cojímar

[Este post lo dediqué a la calle donde nací. Cada vez que regreso se me hace un nudo en la garganta. La recorro lentamente, para que no se me acabe. De solo pensarla me pongo triste. La gente no entiende muy bien lo que me pasa, me miran un poco raro, como asombrados: ¿lloras? Y yo siempre digo: para nada. Es que los ojos me están sudando de la emoción.] Seguir leyendo “Cojímar”