Elogio de la risa

 

Hace algunas noches, entre cervezas y un disco de Van van, anuncié que me compraría un apartamento. Pequeño, pero confortable, piso alto y con vista al mar. “Se te subió el alcohol a la cabeza”, dijo alguien. En realidad me encantaría una casa de los ´50, rematé, con un jardín grande donde hacer esa tertulia delmontina que tanto deseo. Ahí comenzó todo: mis amigos se rieron de mí.

Después de eso escuché que alguien se quejaba del transporte malo-malo-vil-causante de su tardanza, que si la fiesta había empezado sin él y “mira, le dije, cuando me compre el carro ya no tendrás ese problema. Te voy a buscar a tu casa y te regreso cuando todo termine”. Cómo decir, mis amigos volvieron a reírse de mí. (Sobre todo cuando aseguré que no tomaría alcohol para evitar accidentes).

Novak querida –dice mi letra de molde con tonito de burla-, al parecer tus amigos “hicieron la noche contigo”.

Creo que mi letra lleva razón. Cuando le respondí al susodicho “a lo mejor te pasa porque no le has cogido bien los horarios a las guaguas” me miró con una cara de sospechosa lástima que me decía: “pobrecita” y entonces llegó de nuevo la oleada jocosa. Eso: mis amigos, definitivamente, se reían de mí en mi propia cara.

La verdad, no sé qué parte les dio gracia cuando dije que gustosa me iría por todas las provincias cubanas, ciudad por ciudad, tirando fotos y escribiendo textos breves para mi blog Habana por dentro. Claro, eso sucedería cuando la economía, por fin, me sonriera. “¡Oigan, ahora dice que cuando-teeenga-dinero va a viajar por toda Cuba!”. Serio, no sé qué pasaba esa noche que todos mis amigos se reían de mí.

También lo hicieron cuando, con las pocas fuerzas que me quedaban, aseguré que Habana por dentro visitaría gustosa otras bellas ciudades allende los mares. Esta vez mi interlocutor me dejó con la palabra en la boca y salió corriendo para anunciar a los demás que “¡ahora quiere escribir desde París, desde Londres, desde Barcelona!”

El problema, en realidad, no es de mis amigos. El problema, y eso lo comprobé días después, soy yo. Cuando interpelé al hombre que lucía gordísimas cadenas de oro por tirar la lata vacía en plena calle, el ricachón se rio de mí. Se rio de mí la viejita que iba detrás en la cola y además, cuando pregunté por qué el pan estaba tan pálido y flacucho, me dijo “avanza, mi´jita, por Dios”.

Soberana carcajada me regaló el adolescente que llevaba aquella regueatonera contaminación sonora en medio de la guagua y que yo, en aventura infructuosa, intenté atajar. “Ay chica, yo no sé en qué mundo tú vives”, me dijo la vecina después de anunciar que se iba corriendo a ver una novela buenísima que estaban poniendo y yo que preguntaba ¿Y ya empezó otra novela cubana? Adivinaron: mi vecina querida… se rio de mí.

¿Será que tengo talento para el humor y hasta ahora no me había dado cuenta? ¿Será que, como anuncian la mayoría de los videos musicales de nuestros cantantes, Cuba es fiesta y pachanga nada más? ¿Será que nuestra risa ante los avatares diarios es justamente eso, nuestro-gran-ebbó-cubano?

A lo mejor se ríen… –sugirió mi letra con esa risita contenida tan fácil de reconocer, pero luego se quedó en silencio, porque recién me habían hecho esa pregunta que nunca sé responder: ¿de qué viven los escritores?

Para rematar hoy mi querido padre Armando Guerra, mientras desayunábamos, sacó esos cálculos donde sumaba carporsch, licencia de conducción y todos, toditos los puntos reglamentarios para manejar. “Solo me falta lo que tú sabes”, y se me atragantó el café con leche en medio de la garganta. Y me reí –nos reímos-, con ganas. Me reí hasta que se me aguaron los ojos. Me reí, para no llorar.

Anuncios