Los perros

 

El ruido de la noche bajó y se acomodó, perezoso, sobre todas las cosas. Era, lo que se dice, un típico domingo pasadas las nueve de la noche, cuando nadie sabe qué hacer con lo que queda de fin de semana y se la pasa rumiando su ánimo lleno de calambres, de suspiros y yo no fui. Bajó los escalones despacio, calculando cada paso, cada loza, cada gesto de su pierna para dejar caer su cuerpo más abajo, pero en realidad no iba pensando en algo, o quizás sí, pensaba en lo que había dicho mama de los perros cuando aúllan. Como el de un autómata, su cuerpo lo había conducido hasta el lugar, se sorprendió a sí mismo frente a la casa, como un niño cuando despierta después de reyes y ahí está el juguete. Nuevo, lleno de colores, todo suyo después de tan larga espera. La sombra del farol dividió su cuerpo en dos, cuerpo y sombra, o quizás un solo cuerpo alargado, estrellado contra el asfalto. También la luna hacía lo suyo, como si estuviera al tanto, como una vieja chismosa asomada al balcón para asegurarle a todo el mundo que había sido un hombre. Mama siempre tenía razón, probablemente también tenía razón cuando decía que esas dos andaban en algo raro, no por gusto la gente las odiaba a muerte. Pero era inevitable para él no mirar hacia dentro cuando la llevaba del brazo al consultorio, a medirse la presión o a buscar su tarjetón de diabético. Pasaban tan cerca, tan cerca, y él miraba hacia adentro rezando porque una de las dos saliera a arreglar el jardín, a recoger el periódico, a hacer las compras. Esas dos eran dos, y eran la misma.
El perro aulló y él se acordó de que mama siempre decía que eso trae mala suerte, que cuando un perro aúlla nunca puede ser bueno. Pero ya estaba en la calle, qué se le iba a hacer. Se escondió tras el poste cuando vio venir al viejo. Le cazó la pelea dando la vuelta al jazmín de noche hasta que el viejo se perdió de vista con su linterna en la mano. Se acordó del día en que los muchachos lo fastidiaron tanto, frente a la casa de ellas, porque él comenzaba a dejarse crecer el pelo y las canas, duras y enhiestas, le hacían lucir aún más decrépito. Una de ellas había regañado a los muchachos, parecía mentira, meterse con personas mayores. Mientras gesticulaba se movían aquellas tetas enormes, mucho más grandes que las de la otra, la pelirroja. La noche en que mama murió él pensaba en esas tetas, en cómo se meneaban a la par del regaño, un meneo dulce de gelatina que lo apretó duro contra el colchón y no hizo caso de los quejidos de mama, eyaculó rápido y luego se quedó dormido. Al otro día tocó el cuerpo de mama a su lado y supo que ya no estaba, le invadió un vacío grande, como un alivio que llega ya demasiado tarde, alivio para qué, si después vino el cargo de conciencia. Cuando pasó el Lada con aquella música estridente supo que estaba abrazado al poste y había dejado escapar una lágrima. En las dos horas restantes solo pasaron unos muchachos con una botella de ron que se pasaban de boca en boca. Hicieron mucha bulla, pero se fueron pronto. Luego quedó el barrio en silencio, como pendiente de él, un silencio interrumpido a intervalos por el aullido del animal.
Eran casi las once y media, la hora en que llegaban y encendían todas las luces de la casa. Talmente parecía que olvidaran a propósito el cristal de las ventanas, porque se desvestían entre risas, besándose y riendo como locas por toda la casa, abiertas al mundo. Había una que casi siempre se iba a la cocina a preparar algo de tomar, y después ponían música y bailaban. A veces se oía un tango. A veces cada una por su lado, a veces, abrazadas. Más allá de lo que pudiera parecer inmoral ante los ojos del barrio les envidiaban por su felicidad. Eso. Eran felices. Era como si un buen día hubieran descubierto la fórmula perfecta, la verdad absoluta, el motivo de la existencia, y entonces no les quedara más remedio que festejarlo. Ningún vecino podía perdonar semejante desparpajo.
El viejo volvió a la segunda ronda, ahora más despacio. Probablemente le resultaba sospechoso el aullido insistente del perro. Nadie es más valiente ante la muerte que los viejos, eso decía mama, porque mira qué mierda puede cuidar un viejo a estas horas de la noche. Volvió a darle la vuelta al jazmín, pero esta vez tuvo que agacharse porque vio un vecino que bajaba del edificio con el cubo de la basura. El contenedor le quedaba a tan escasa distancia que fácilmente podría verlo si enfocaba la mirada. Por suerte, el vecino bostezó y siguió de largo después de lanzar la bolsa desde lejos, con muy mala puntería. Ah, si no pasara nadie más sería perfecto, porque de lo contrario tendría que esperar hasta el miércoles, puesto que lunes y martes eran días de trabajo fuerte y solo se las veía, cada una frente a su computadora, traduciendo textos para alguna editorial. Parece mentira que sean universitarias, parece mentira que los jueves reciban a tanta gente y formen tanta bulla jugando pocker con las “amigas” y las “primas”. Nadie sabe de dónde sacan tanto dinero para salir los viernes y los sábados. Esos días regresan de madrugada en taxis que cuestan un ojo de la cara y apagan las luces enseguida. Sabrá Dios lo que pasará allá dentro. Eso hace de los domingos el mejor día. Porque el lunes hay trabajo y regresan temprano. Y son días tan aburridos que a ellas les da por quitarse la ropa y bailar desnudas. Eso.
La del pelo negro es más alta, quizá por eso siempre guía a la otra cuando bailan, cuando se abrazan, cuando caminan dando tumbos para perderse en la penumbra del cuarto. Sin embargo, pudiera decirse que es más femenina. Así le gustan a él, femeninas y trigueñas, de esas que se dejan llevar.
El perro aúlla como anunciando que ya entran. La pelirroja mete la llave en la cerradura a duras penas, y el perro se calla de pronto, a la espera de algo tremendo. Él se despega del poste, agazapado, camina hasta quedar tras el jazmín, el olor intenso del perfume lo pone de tan mal humor. La pelirroja se quitará la blusa primero, y la trigueña pondrá los brazos en jarra y meneará las tetas como el día del regaño. En la vida todas las cosas tienen su momento, eso decía mama, no hay que apurarse. Brincar la cerca no le fue difícil, pero en eso el animal volvió otra vez con su berrinche y tuvo que echarse por tierra porque la trigueña aguzó el oído, como quien siente que algo cruje y no es algo bueno. Le pareció escuchar la voz de mama llamándolo para que la ayudara a ir al baño, fue tan real que demoró unos segundos largos en comprender que mama estaba bajo tierra hacía tiempo y ya no habría bastonazos, ni quejas, ni peste a orines, ni roña de viejo. El olor del jazmín se hizo ahora más fuerte, como un porrazo en su cabeza haciendo que las sienes le latieran con una fuerza sobrehumana, con una intensión declarada que acumuló toda la sangre entre sus piernas. Ya verán que en la vida no todo es felicidad, pensó como diciéndoles y, antes de incorporarse, disfrutó los alaridos del animal.

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