Soledad y la rusa

[Este experimento es de 2009 aproximadamente. La primera versión formaba parte de un libro titulado La noticia, que ganó mención en el concurso Calendario en 2007, pero a pesar de la sugerencia del jurado nunca se publicó. Hoy, rebuscando en las carpetas, lo he vuelto a encontrar.]

 

Soledad y la rusa

 

Soledad limpió la pistola con mucho cuidado. Siempre fue su pistola favorita. Ella no sabe si es por el color verde botella o el sonido que hace al apretar el gatillo, ese clic artificial que parece acabar con todo de una vez y por todas. Su madre nunca entendió por qué de niña siempre escogía los juguetes y la ropa de varón, tampoco ella. Nunca olvida aquella vez en que su madre hizo ripios unos pantalones que estaban colgados en la tendedera porque ella había montado una perreta para forzarla a ponérselos. Desde aquel día la obligó a usar sayas y vestiditos, lazos en el pelo, motonetas horribles. Esta pistola fue lo único que sobrevivió a aquel encarnizado destierro de sus juguetes de varón, incluyendo los soldaditos, que fueron a parar al basurero. Tras aquella debacle solo quedaron los libros de historia, libros que se negó a leer, y las muñecas que ignoraba salvo en los días en que necesitaba víctimas para su pelotón de fusilamiento. Así quedó su cuarto, poco a poco, convertido en un campo de exterminio: brazos, piernas y cabezas plásticas manchadas con pintura de uñas, roja, para simular la sangre. Así debía ser el lugar donde se encontraba su padre, el lugar de donde nunca regresaría. Su padre murió en la guerra.
Ahora Soledad no necesita pedirle permiso a su madre para usar pantalones, ahora es una mujer. Sale para la calle con su pistola acomodada en el cinto, también de color verde botella, para que combine. Sale todas las noches y la deja meciéndose en el sillón, furiosa. Justo antes de cerrar la puerta saca la pistola y le apunta a la cara. Solo le apunta, no le dispara, después de todo es su madre.
Soledad, noche tras noche, se encuentra con Pepo, su novio. Pepo estudia en la universidad pero es por gusto, es para decir: estudio en la universidad. Hubo un tiempo en que Pepo se quedaba todo el día sentado en el parque viendo la gente pasar. Según él la vida no se aprende recibiendo clases, sentado en un aula, con un viejo hablando delante de uno, la vida hay que vivirla, eso, vivirla; por eso se fue a manejar un camello[1] e inventó los ejercicios de campo. Por el día maneja y por la noche se cuelan en alguna fiesta, les da lo mismo la música o el ambiente, cualquiera sirve. El ejercicio de campo que más practican es besar a la gente en la boca tomándolos por sorpresa. La gente reacciona de maneras increíbles, en dependencia del sexo claro está. A ella las muchachas la empujan o le jalan el pelo, ella se queda en el suelo, tranquila, les apunta con la pistola y dispara una vez, solo una vez. Los hombres, en cambio, enseguida comienzan a tocarla… los hombres nunca entienden nada, carajo. Pepo solo besa muchachas, a algunas les gusta tanto que se van con él para su casa. Ella los mira por uno de los huecos de la ventana, lo ve todo hasta el final, luego apunta a su cabeza con la pistola, va bajándola despacio y se la pone en la boca; mete la mano en su pantalón y se masturba con la imagen de ellos en la cabeza, dispara una, dos, tres veces… es como si Pepo estuviera allí.
Pepo nunca la ha besado, tampoco le ha hecho el amor. Según él, si se involucraran no saldría bien el ejercicio de campo. Cuando se involucran los sentimientos la cosa se jode, es mejor andar solos, sin amar a nadie.
Ahora todo seguiría bien entre ellos si no fuera por La rusa, una tipa altísima, rubia, que a ratos no se sabe si es hombre o mujer, cuando mira no se sabe si quiere matar o quiere besar, con ella nunca se sabe. Le dicen La rusa porque habla muy poco y bebe alcohol como un hombre y cuando termina de hablar siempre dice da. Aquella noche La rusa montó a horcajadas sobre Pepo, ella con ese cuerpo inmenso y blanco como la leche de vaca, las nalgas enrojecidas moviéndose impetuosamente y él debajo como un trapo de hombre. Mientras lo montaba miraba en dirección a la ventana como si supiera que ella estaba allí, mirándolo todo.
A La rusa nunca había tenido el valor de apuntarle a la cara. La rusa se acerca y la mira fijo y le habla y Soledad siente que es una orden y hay que cumplirla y la rusa hasta intentó besarla una vez, pero ella se negó, no sabe cómo pudo hacerlo, pero se negó. Pepo ha cambiado mucho desde que anda con ella, ya ni siquiera hacen ejercicios de campo. Ellos siguen de parranda toda la noche y ella regresa a casa temprano, se encuentra a su madre sentada en el sillón, meciéndose furiosa como siempre, molesta por la guerra y molesta por ella.
Organizar pelotones de fusilamiento, a veces, es un poco aburrido; a veces le parece que nunca dejará de ser niña. Como ya no hay muñecas para desarmar se sirve de los libros de historia que su madre, en vano, ordenó en su librero. En su cuarto han muerto ya todos los héroes. Los fue matando uno a uno mientras sostenía mentalmente la imagen de La rusa sentada a horcajadas sobre Pepo, meneándose y mirándole a los ojos. Algunos héroes cayeron por un disparo directo, otros en cambio corrieron mejor suerte: barquitos o avioncitos lanzados desde la ventana en misiones suicidas. Kamikazes de papel. Hace dos días que se le acabó la historia, así es que se vio obligada a inventar nuevos héroes. Pero los héroes nuevos no duran mucho, apenas esbozada la cabeza y ya son fusilados. De nada le sirven los nuevos héroes, no puede olvidar a Pepo, extraña los ejercicios de campo y odia a La rusa.
Por eso Soledad no salía de casa, porque afuera le recordaba todo lo que ha sido hasta hoy, kamikaze de papel. Se quedaba encerrada en su cuarto. Su madre parecía más tranquila, comenzó a salir para la calle, cosa que nunca le importó verdaderamente. No hasta ese momento en que pasó por la puerta abierta del cuarto y vio a su madre acostada, desnuda sobre la cama gritando como una loca mientras La rusa le metía los dedos. Era inútil. Ya no le quedaba a quién fusilar. La rusa le miraba fijo y sonreía, se pasaba la lengua por los labios, saboreándose. Sacó la pistola y le apuntó a la cara: Los soldaditos estaban en sus posiciones, listos, apunten… pero ninguno disparó cuando cayó sobre ellos el agua caliente, el plástico perdió el brillo, se volvió áspero y por más que buscó en el basurero no pudo encontrar a su padre, era uno con el uniforme verde botella, tenía la rodilla apoyada sobre la tierra y apuntaba con el fusil hacia alguna parte que podía ser eso, cualquier parte, en dependencia del bando que le tocara en el juego. Su madre nunca supo que lo había lanzado a la muerte. La guerra terminó en el basurero de la esquina. Cerró los ojos y apretó el gatillo. Pensaba que un clic artificial acabaría con todo, solo con un poco de imaginación.
[1] Se le llamaba “camello” a aquellos ómnibus enormes que hace ya algunos años contribuían, además de aliviar el transporte urbano, a aumentar la contaminación sonora y socavar la salud arquitectónica de la ciudad. Era realmente sorprendente ver la cantidad de gente que cabía en el interior de un camello.

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