A propósito de nuestra joven literatura

[Palabras leídas en el panel por el día de la cultura cubana en el centro Dulce María Loynaz, octubre de 2016]

 

A propósito de nuestra joven literatura

 

Cuando pienso que han pasado alrededor de diez años de mi primer premio literario  y un poco más de mi paso por el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, no puedo menos que asombrarme. Pienso que, después de todo, a lo mejor es cierto y lo que empezó entre el juego y el intento es hoy mi razón de ser: soy escritora. Me da por sacar cuentas, recordar, revisarme y reconocer que, vamos, diez años no es mucho tiempo y quizá por eso me cuesta referirme a lo que he escrito hasta ahora como “mi obra”. Prefiero llamarles: mis libros, mis textos, mis historias. Por otro lado, debo reconocer que diez años de andar insistiendo en esto de contar cuentos, vamos, tampoco es que sea poco tiempo. He tenido aciertos, unas cuántas alegrías y no pocos fracasos, como le pasa a todo el que se dedica a la escritura. De todo eso, algo se aprende. Y más. Mi nombre termina colado en alguna historia, dedicatoria o cita. Hay quien se inventa un personaje con Dazra Novak. Hay quien la incluye en alguna de las mil listas de moda tituladas Veinte autores contemporáneos que no puedes dejar de leer. Hay quien la excluye de las mismas. Nada que lamentar. Nada que declarar. Nada que no haya vivido un autor cubano de estos tiempos que un amigo, también escritor, declaró sospechosamente prolíficos en cuestión de autores. Por suerte, nuestra amistad admite opiniones contrarias y yo me atreví a preguntarle: ¿qué te hace pensar que en otros tiempos no hubo cientos de individuos con ganas de contar cuentos, incluso, con manuscritos engavetados, solo que no existían Internet ni los talleres literarios?

Han pasado más de diez años, que no es poco tiempo, pero tampoco es mucho, y cuando me llaman para hacerme una entrevista por pura inercia digo que sí y con la misma me arrepiento, ¿qué voy a decir? Si yo, pienso, repito como Sócrates: ¡Yo solo sé que no sé nada! Y con la mayor sinceridad, respondo preguntas sobre cuán reales son mis historias y personajes, sobre esta manía que tengo de contar La Habana a tiempo real y ya se me acumulan más de trescientos textos en un blog que es apenas un intento de hacer regresar, al menos desde el recuerdo, a tanto cubano desperdigado por el mundo. Y me preguntan, siempre me preguntan, por mi paso por el Onelio. Pregunta, claro está, que responde a una viejísima polémica sobre los beneficios y perjuicios de los talleres literarios para la literatura que, sabemos de sobra, en nuestro terruño apunta sus balas de salva y no pocos dardos ponzoñosos directamente al Centro Onelio. Y en este caso, a mi modo de ver, ocurre algo parecido a lo que ocurre con ciertos ejemplares impresos: si es un buen libro, ¡qué buen escritor! Si tiene errores, se va corriendo a la página de créditos en busca del editor. Yo, gracias a las experiencias vividas en mi breve recorrido puedo asegurar que, cuando de catar el libro de un autor joven se trata, los comentarios se reparten en dos bandos. Si el volumen de cuentos o la novela, el libro en cuestión, está más o menos logrado, se trata, sin dudas, de una talentosa joven promesa. Si no pasa de ser un intento fallido, como el que parimos todos al principio y hoy guardamos cariñosamente en una vieja gaveta, la culpa… es del chino Heras. Por eso yo, en la respuesta a esa pregunta, siempre digo: el Centro Onelio me mostró lo que quiero y también lo que no quiero para mí, siempre fui libre de tomar lo que me servía y desechar el resto. Dicho en otras palabras, soy la única responsable de lo que escribo y de cómo lo escribo. Y, puesto que elijo ser ante todo, como también lo elige mi amigo escritor aunque haya puntos en los que no estemos de acuerdo, una mejor persona, no me cansaré de agradecer a Heras León por entregar su valioso tiempo a los más jóvenes, algo que muy pocos egos dentro de nuestro mundo literario están dispuestos a hacer. Pero, ojalá todas las preguntas fueran como esa donde bastan humildad y honestidad para responderlas como corresponde. Resulta que en el cuestionario hay otra que insiste: ¿qué piensas sobre la literatura cubana escrita por los jóvenes? Cada vez que me hacen esta pregunta el espinazo me da un jalón, me duele el estómago, y para mis adentros una vocecita, quejosa, se expresa: ay… mi madre. Y no porque no tenga una opinión al respecto, sino porque la literatura cubana escrita por jóvenes requiere de un análisis profundo y, sobre todo, valiente, es hoy un tema mucho más polémico que el de la utilidad o inutilidad de los talleres literarios. En no pocos encuentros de escritores he escuchado que la califican de superficial, evasiva, con una precaria base de lecturas y cierta pretensión, por parte de sus autores, a quererlo todo, y quererlo ya –cuando hablo de todo entiéndase la poquita fama que nos damos leyéndonos entre nosotros mismos y que pocas veces navega mar afuera. Cientos de libros, marcados, es cierto, por la profusión y la brevedad, contra los cuales he escuchado ataques en los que se esbozan bien pocos argumentos técnicos, de forma o contenido, sino más bien morales o de otra índole más mezquina. Para colmo de males está esta mala costumbre nuestra de entender la crítica como el ejercicio de “hablar bien de mi amiguito escritor”, a la que se opone una minoría que se va al otro extremo y opta por la ofensa personal, el escándalo, para ellos la crítica es entrarle a palos al supuesto contrincante y, cuando ya está en el suelo, medio muerto, orinarle encima. Algo a lo que mi amigo escritor certeramente ha llamado crítica-show. Por si esto fuera poco, a la literatura joven se le acusa, además, de ser una literatura de concursos. Y yo pregunto, apartando la remuneración que buena falta nos hace a todos, ¿acaso no son los concursos la vía más rápida de ver los primeros libros publicados?

Poco o mucho tiempo, da igual, en diez años he tenido en varias ocasiones la inmensa responsabilidad de formar parte de jurados de concursos literarios. Confieso que he intentado lo más difícil: ser neutral. Ser capaz de reconocerle también al libro que quizá yo no habría escrito nunca, porque no puedo, no es mi estilo, o no me interesa, el haber sido bien concebido. Exigirle a dicho libro o cuento o novela que, en principio, esté bien escrito, sin pretender que sea “el” libro, “el” cuento, “la gran” novela. Claro que, de serlo, mayor sería mi alegría, más justificado el premio. Bajo estas mejorables máximas autoimpuestas he tenido felices e infelices encuentros, y algunas discusiones apenas disfrazadas de tolerancia. He escuchado, a mi pesar, a algunos jurados aseverar que, de esta edición, ninguno vale la pena de ser premiado, pero, eso sí, tal libro solo se premiará “por encima de mi cadáver”. Le he hecho frente a propuestas de un ejemplar ganador que quien lo propone asegura no haber entendido del todo, pero le parece que “hay algo en él”.  En mi presencia alguien se negó a premiar un volumen de cuentos porque sería mucho trabajo para el pobrecito editor y, por último, mejor dejarlo aquí, encontré una línea dirigida a los jurados que exige “no dejar el premio desierto”. Ante este último descubrimiento, espantada pues no había leído ningún trabajo todavía, me asaltaron unas cuantas preguntas: ¿Qué haremos entonces? ¿Premiar lo menos malo? ¿Qué hacemos si entre los libros presentados ninguno tiene la mínima calidad requerida? Aunque, por otro lado, no voy a negar que lo he pensado, declarar un premio desierto nos pone en la penosa disyuntiva de dejar perder o no la recompensa en metálico que a alguien, como a cualquiera de nosotros, no le vendría nada mal recibir. Para nadie es secreto que la literatura sigue siendo la dama pobre de la cultura.

Nadie mejor que alguien que escribe cuentos para saber lo difícil que es escribir un cuento. Por eso, quizá, mi amigo escritor y yo, cuando nos conocimos  -éramos jurado de un concurso de cuentos-, tratamos con mucho respeto los trabajos presentados. Días después, sentados a la mesa de un café, entre literatura y ciertas confesiones, descubrimos algo más en común: el acto creativo, para nosotros, es un proceso agónico. Nada de escribir un cuento en unas pocas horas. Nada de saber desde el principio cómo va a terminar la cosa. Ni siquiera sabemos si vamos a ser capaces y ahí cualquier distracción nos sirve para apartarnos de la terrible intermitencia del cursor. Quizá por eso, porque es un proceso en el que, por lo menos yo, no tengo todo el control, todavía me levanto en mitad del sueño para no perder la inmejorable frase de un posible texto. Me levanto, porque nunca sé cuándo voy a escribir un cuento. Uno de verdad.

Hace un par de años, tras contar en mi haber varios premios y libros publicados, Caridad Tamayo andaba buscando material para su antología Como raíles de punta, y me pidió colaboración. Recuerdo que en un rapto de honestidad le dije, te voy a dar el primer cuento que escribí en mi vida, porque hasta que escribí Alguien se ha robado los cacatillos yo no sabía del todo lo que era escribir un cuento. Uno de verdad. Las veces que, por casualidad, la musa me ha sonreído hasta el final y continúa abierta la convocatoria de algún concurso de esos que muchos aspiramos a ganar, entonces valoro las posibilidades reales que tengo de participar. Porque, para qué decir una cosa por otra, a estas alturas sabemos qué cuento podría funcionar en determinado concurso y cuál no, aun cuando las bases no hacen distinción de estilos.

Por lo mismo me llama poderosamente la atención que tanto se cuestione a los jóvenes premiados y sus jóvenes libros, que sabemos se convertirán más temprano que tarde en los nuevos modelos a seguir por los escritores que apenas comienzan, y nunca a los que han otorgado dichos premios. En fin, a los jurados. Es decir, a nosotros mismos, también responsables de esta literatura joven que se está escribiendo hoy. Por eso, cuando me hacen la pregunta, respondo: la literatura escrita por jóvenes es el reflejo de su tiempo. Es el reflejo del tiempo que les ha tocado vivir y del que nosotros también formamos parte, y si con algo ha de comparárseles es con la sociedad que los parió, esta, la de ahora,  la que han heredado, con este mundo que avanza a una velocidad tan atropellada que nos es imposible consumir, asimilar, procesar la información generada a cada minuto, donde, por demás, se han resquebrajado importantes valores mientras una perfectible maquinaria continúa decidiendo qué se imprime y qué no. Una sociedad que no se sabe a ciencia cierta cuándo se va a terminar de construir: ese es el principal motivo por el que los jóvenes no soportan la espera. Sería bueno preguntarles a ellos qué ven cuando se miran en el espejo de las generaciones anteriores. ¿Sienten admiración? ¿Sienten respeto? ¿Sienten pena? ¿Están de acuerdo con lo que ven?

A mi modo de ver sería mejor para todos, puesto que la literatura cubana, estemos donde estemos, tengamos la edad que tengamos, es una sola, dejar de pensarla como la literatura “de ellos”, hecha “por ellos” y comenzar a leerla y analizarla en la justa medida de lo que es, nuestra literatura joven. La que, ante la imposibilidad de fundar una nueva revista impresa, funda una revista digital. Ante la invisibilidad de los autores cubanos de frente al lector foráneo, abre un sitio web y se hace su propia labor de promoción en las redes sociales. Ante las dificultades de reedición y comercialización del libro físico, apuesta por el libro digital. Escritores jóvenes que hoy forman sus propios talleres, peñas, tertulias, intercambian libros, entusiasmos e insistencias. Sobre todo, insistencias. Y es también esa manera de insistir lo que me hace llevarme a casa unos cuántos de esos libros breves que tanto abundan en nuestras librerías. Para saber por dónde van, qué están haciendo, cómo lo ven. Yo ante ellos como ante la historia por contar: buscando. Analizándolos, sí. Leyéndolos críticamente, sí. Juzgándolos, no. Cómo podría si para mí han pasado poco más de diez años y sigo teniendo este miedo tremendo ante la página en blanco, como si siempre fuera mi primera vez.

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