La nostalgia al revés

[Palabras leídas en el homenaje a Eduardo Galeano, en la Feria Internacional del Libro de La Habana, 2016]

 

La función de los libros

Hoy hace casi diecisiete años de aquel momento. La proximidad del año 2000 amenazaba con el error del milenio y yo, recién divorciada y firmando una boleta de matrícula para la carrera de Historia, otra vez cargaba una pesada mochila donde se me había colado el miedo. Un miedo muy grande a no poder rehacer mi vida con otra persona. Miedo porque había abandonado un trabajo seguro y bien remunerado en el sector del turismo para estudiar en la universidad, en tiempos donde muchos dejaban sus profesiones para trabajar en el sector del turismo. Miedo porque, ya sabemos, en este país donde las cosas no cambian, cuando cambian, cambian sin avisar. Y eso, da miedo. Recuerdo que los vecinos me miraban al pasar y bajaban la mirada, pobrecita, pensaban, lo dejó todo hasta el marido. Los amigos, aunque no lo decían, pensaban está loca que ni para la guagua tiene ahora. La familia, no decía nada –aunque de seguro pensaban lo que pensaban muchos en aquel entonces y todavía piensan ahora, ¿por qué no emigras si ya dominas varios idiomas?-, y eso aumentaba el más grande de todos: miedo a ser alguien que pudo ser muchas cosas, pero no fue ninguna. En aquel tiempo yo iba mucho a bibliotecas, revisaba tarjeteros buscando códigos y títulos, invirtiendo horas y más horas en la escritura de largos resúmenes. Recuerdo que la gente más allegada se apiadaba de mí y me daba pesetas para el camello, me regalaba libros, fueran o no de Historia. Más o menos a la mitad de la carrera, una tarde en que yo me cuestionaba si, después de todo, no tendrían ellos razón, le hice la prometida visita a un recién conocido. Y me dijo, es una lástima que no nos hayan presentado antes, hace solo unos días me deshice de todos mis libros. Solo me queda este, que no es de Historia, pero… ¿igual lo quieres? Y sacó un tomo bastante manoseado, con dos o tres hojas desprendidas, cuya portada no me atrajo y cuyo título no leí de inmediato. Por pura costumbre lo abrí al azar y me sorprendió aquella página con un texto sumamente breve que decía:

El miedo

Una mañana, nos regalaron  un conejo de Indias. Llegó a casa enjaulado. Al mediodía, le abrí la puerta de la jaula.
Volví a casa al anochecer y lo encontré tal como lo había dejado, pegado a los barrotes, temblando del susto de la libertad. 

 

Esa fue la primera vez que sostuve en mis manos El libro de los abrazos. Fue la primera vez que leí a Eduardo Galeano. Y así comprendí, por casualidad, lo que estaba sucediendo con mi vida: la puerta de mi jaula estaba definitivamente abierta.

Maneras de leer

Confieso que tengo caprichosas maneras de leer. En lo que duró aquel capítulo de mi vida, que bien pudiéramos llamar “Mi susto de la libertad”, yo leía caminando por la calle, en las paradas o con la guagua andando, religiosamente antes de dormir y hasta altas horas de la madrugada. Después agarré la costumbre, que me dura hasta hoy, de leer dos, tres, cuatro, hasta cinco libros a la misma vez, aunque no los termine al mismo tiempo. Algunos, de hecho, siguen sin terminar con algún recibo de pago marcando mi abandono. El libro de los abrazos, es uno de esos cuya lectura abordo siempre de manera aleatoria, ahorrándolo para que no se me acabe, leyendo uno o dos textos donde primero se me abra el antojo. De modo que, a estas alturas, no sé si lo habré leído completo o lo habré leído muchas veces, porque además cuando Galeano dice, por ejemplo: No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta, a veces yo soy esa mujer, otras veces, soy el narrador, algunas no soy ninguno de los dos, y les confieso que, en una ocasión, no sé cómo ni por qué, mientras leía yo me iba convirtiendo en el mismísimo Eduardo Galeano.  

La página en blanco

El miedo mío, que debió haberse extinguido cuando por fin terminé mis cuarenta y tantos exámenes, hice alergia a las bibliotecas y me gradué, volvió a asomarse un buen día. El mismo día en que reparé en una página en blanco, quise llenarla contando algo y desperté, una vez más, la vieja inquietud de vecinos, familiares y amigos. Pobrecita, volvieron a pensar mirándome hipnotizada por la intermitencia del cursor. Cómo podría haberles explicado entonces, si ni nosotros mismos lo entendemos al principio, que el problema del escritor con la página en blanco es que a la página en blanco le cabe el mundo entero. Y el escritor, temblando de miedo frente a la puerta abierta de su jaula, tiene que ir sacando ese mundo de a poco, hasta dejar dentro única y exclusivamente el mundo posible que, por chiquito que sea, siempre será grande si lo contado, en algún punto llamado clímax, se hincha de sentido. Hasta ese momento yo pensaba que era solo cuestión de contar algo como Ella estudiaba historia y tenía miedo, un miedo muy grande… pero comprendí que debía pasar “algo más” y Galeano me había enseñado que ese “algo más” nada tenía que ver con la extensión, por eso fue que escribió:

La uva y el vino

Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir, le reveló su secreto:
­-La uva –le susurró- está hecha de vino.
Marcela Pérez Silva me lo contó, y yo pensé: si la uva está hecha de vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos.
 
La nostalgia al revés

Una vez fuera de la jaula, el miedo se me convirtió en otra cosa. Invicta –y exhausta- ante la intermitencia del cursor, una noche los de la televisión brasileña vinieron hasta mi casa a hacerme una entrevista. Ya se había hecho costumbre que amigos, vecinos y familiares caminaran en puntitas diciendo, no se la puede interrumpir que está escribiendo, y ahora, para rematar, veían sacar la gran mesa ovalada del comedor, harta de comején, hasta el medio de la calle. Alumbraron el barrio con unas luces grandes. Les pidieron a los vecinos que guardaran silencio. Y allí, en plena calle 43 de Playa, me hicieron una pregunta: ¿Qué es América Latina para ti? En ese segundo, abrazada por los abrazos de Galeano, respondí: mi casa, la América Latina que ha muerto y ha nacido tantas veces es mi casa, este barrio, esta calle, este lugar que duele tanto, adonde siempre me regreso y cuando me voy, me la llevo conmigo. Y diciendo esto sentí un gran temblor, que era como un gran orgullo, por ser capaz de semejante plagio.

Entre Eduardos

Hay gente que viene a este mundo con facilidad para la palabra hablada,  una facilidad escondida en el mismo lugar donde a otras se les da mejor la palabra escrita. Algunos corren con tanta suerte, que se les dan las dos, pero hay algunas, y esas son mis preferidas, personitas dotadas con cierto don para, llamémosle así, hablescribir las cosas. El camino lejos de la jaula me había llevado, par de años después, hasta el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde tendría la oportunidad, gracias al Chino Heras, de que Eduardo Galeano estuviera a solo unos pasos hablando con esa voz hablescribiente que fue/es como un eco feliz de su imaginación.

Pero aquello, en realidad, ocurrió después. El caso es que mucho antes Eduardo (el Chino), que también hablescribe, me había contado una de las anécdotas del otro Eduardo, el Galeano, en aquella ocasión en que pintaba dibujitos en las manos mugrosas de unos niños pobres que se había encontrado cerca del Cuzco. Contaba el Chino que contaba Galeano que el niño le había mostrado un reloj dibujado en su muñeca infantil, regalo de un tío que vivía en Lima. Y mientras escuchaba, me reí y me espanté. Me reí porque cuando Galeano le pregunta al niño por el reloj dibujado en su muñeca ¿Y anda bien? El niño le contesta: Atrasa un poco. Me espanté porque Eduardo (el Chino), tiene tal capacidad para hacer suyos los cuentos contados que, por lo general, no vale la pena esforzarse en buscar el original. Hasta ese entonces El libro de los abrazos nunca se me había abierto en ese cuento que leí después, Celebración de la fantasía, que marcaría uno de los capítulos de mi vida felizmente titulado “Eduardo se salva de Eduardo”, donde cabe otro cuento contado con especial picardía, llamado:

El arte para los niños

Ella estaba sentada en una silla alta, ante un plato de sopa que le llegaba a la altura de los ojos. Tenía la nariz fruncida y los dientes apretados y los brazos cruzados. La madre pidió auxilio:
-Cuéntale un cuento, Onelio –pidió-. Cuéntale, tú que eres escritor.
Y Onelio Jorge Cardoso, esgrimiendo una cucharada de sopa, comenzó su relato:
-Había una vez una pajarita que no quería comer la comidita. La pajarita tenía el piquito cerradito, cerradito, y la mamita le decía: Te vas a quedar enanita, pajarita, si no comes la comidita. Pero la pajarita no hacía caso a la mamita y no abría su piquito…
Y entonces la niña lo interrumpió:
-Qué pajarita de mierdita –opinó.

 

Después de leer este cuento ya fue más clara esta sospecha que todavía me dura, a mí no me engaña nadie, algún secreto esconde el hecho de llamarse Eduardo. De otro modo El libro de los abrazos no le habría devuelto a mis asaltos, a partir de entonces, todo un desfile de cuentos contados por otros, indios, periodistas, artistas, escritores o no. La página 244 no me dejará mentir. Ahí Eduardo, el Galeano, me contó que Eduardo, el Chino, contaba una vez frente a un grupo de amigos en una habitación de un hotel de la Habana, cómo había visto a un hombre dirigir su propio pelotón de fusilamiento a fines de 1960, en este mismo cuartel de La Cabaña. Por eso insisto hoy en la importancia de los abrazos, porque en cuestiones de fuego, no hay dos libros iguales. Hay libros de fuego grande donde otros dan un fuego chico, con suerte y algo de publicidad, un fueguito de muchos colores. Hay libros de fuego sereno, que ni se entera del viento de la censura, y libros de fuego loco, que llena el aire con chispas de palabritas y palabrotas. Algunos fuegos, libros bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden las palabras con tanta vida que no se puede dejar de abrazarlos hasta el final, y quien los lee, comprende muchas cosas.

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