¿Es Cuba un país seguro?

[De más está decir que con esta entrega llovieron otra vez las protestas. Reprobaciones cuyos argumentos daban fe de que no se habían leído el texto, ni siquiera habían pasado del título. Mi nombre volvió a aparecer en esa lista donde cabemos todos –por una razón u otra– y, por si esto fuera poco, hubo comentarios de hombres visiblemente ofendidos. Hoy, a tres años de su publicación, es un alivio señalar que las cosas han mejorado un poco. Me he sentado un par de veces en el malecón, y todo tranquilo. En los cines, por ejemplo, hay personal destinado a mantener a estos personajes bajo control. Clara señal de que ya se van tomando cartas en el asunto.]

 

¿Es Cuba un país seguro?

 

La respuesta es sí. Usted puede recorrer las ciudades sin el temor a ser encañonado con una pistola, sin la zozobra del secuestro ni el temblor por una mina en el suelo. No hay animales salvajes, plantas o serpientes venenosas. No hay grandes terremotos, ni volcanes en erupción. Pero, eso sí, en la Habana hay lugares donde las mujeres ya no podemos estar tranquilas.

¿Cuántas veces nos hemos sentado en el muro del malecón o en un parque y se ha plantado un hombre a nuestro lado para mostrar sus “medidas y resistencias”? ¿Cuántas no han sentido, en el pasillo de la guagua, la dureza de un miembro que nadie desea? ¿Cuántas veces nos cambiamos de asiento en el cine Yara, el Riviera, el Infanta y hasta el Chaplin perdiendo el hilo y las ganas de la película que queríamos ver?

El acosador generalmente se reconoce como tal por esa manera descuidada al vestir, pero otras veces no. Serio, callado, metido en el personaje de hombre pensativo, con un maletín negro de laptop en su regazo y camisita planchada. Parece que realmente está tomando un descanso en el parque, en el muro del malecón, o de verdad le interesa la película que vamos a ver. Minutos después, la mirada insistente los delata.

¿Qué hacer en estos casos? ¿Gritar? A algunos los excita más. ¿Llamar a un policía? Casi nunca están. ¿Acusarlo? No sé si hay ley para eso. ¿Meterle un carterazo, un taconazo, una pedrada? El fulano podría devolver el golpe. ¿Asumirlo como una cagadita de paloma y limpiar con resignación y toallita húmeda la vejación? No siempre hay presupuesto para toallitas húmedas y más allá de todo eso: ¿dónde dice que debo aguantar esto?

¿Entonces la solución es no volver nunca más al Malecón, ni a los cines, ni a los parques? De ninguna manera, dice mi letra de molde, eso sería renunciar a las justas libertades de la mujer en la sociedad.

La verdad es una sola. El acoso, sea de cualquier magnitud, deja pesadas huellas en la mujer. No es solo el mal rato, la náusea y esa impotencia que generalmente nos inquieta por varios días, es el miedo y la sospecha de que nos vuelva a ocurrir cuando, por ejemplo, nos van literalmente persiguiendo hasta la casa, hasta el trabajo y uno piensa, angustiada: marcó el territorio -como los animales-, ¿vendrá mañana?

¡Si no hay daño físico!, dirán algunos. Pobrecitos, son enfermos mentales, justificarán otros. Eso es fácil, no vayas más allí, me dijeron una vez. Bájate de la guagua. Trata de no ir sola. No llames tanto la atención. Fíjate bien en las personas que están al lado tuyo. Dile a alguien que te mande un spray de pimienta y tráelo en el bolso. No uses sayitas tan cortas ni demasiado escote. Aprende taekwondo. Por si las moscas, no te vayas a sentar en…

Así comentaron en mi blog Habana por dentro cuando conté una de mis experiencias personales: “Un día llorarás porque nadie te mira, una cosa es acosar como hacen en Latinoamérica donde manosean a las mujeres y las niñas sin que haya ley alguna que las proteja o en La India donde violan a una cada 20 minutos, y otra es que te miren con lascivia, o incluso te digan alguna grosería, que no lo justifico, está mal, pero vamos, que no te van a violar con la mirada. Denota este texto un poco de feminismo rancio.”

Ya sabemos que a los hombres estas cosas no les afecta igual. De hecho, ¿cómo reaccionan algunos cuando su pareja es acosada en sus mismas narices? He visto unos cuántos que, herido su orgullo de macho, discuten con la mujer por no haber dicho nada “para evitar problemas”. He visto a algunos limpiar su honor a puñetazos y a otros no limpiar nada. Solo unos pocos llegan a entender y apoyar a la que ha sido víctima de estos abusos.

Lo cierto es que –las mujeres me darán la razón- la impunidad y el ejercicio frecuente les va mejorando la técnica. Algunos lo hacen caminando, en moto o en bicicleta, esperan a las seis de la mañana tras un arbusto o en una calle solitaria. Descosen el pantalón en la zona entrepiernas o abren un agujero para facilitar la manipulación. En la penumbra de un cine todo es más fácil, la obscuridad les apaña.

¿Falta de infraestructura para el necesario desahogo del cuerpo? ¿Falta de compañía, de familia, de amor propio? ¿Descaro? ¿Caprichosa dinámica sexual? ¿Enfermedad mental/genital? ¿Adrenalina ante la posibilidad de ser visto en pleno acto? ¿Variante emergente del voyeurismo? ¿Placer ante la mujer que reacciona con miedo, con asco, ante la que les grita y amenaza?

Si hay algo cierto es que, en esta Cuba contemporánea, a la par de las campañas para combatir la violencia contra las mujeres y los niños, mejorar la educación formal, eliminar el desorden social y la homofobia, las ilegalidades y la basura de las calles, las mujeres cubanas ya vamos necesitando que se tomen medidas en este sentido. Está muy claro que toda práctica sexual sin la anuencia del otro es una violación a su libertad personal.

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