Making of (12)

—¿No te arrepientes de haber dejado la medicina? —preguntó Maité y tiró el chicle al suelo. Carola se acercó inmediatamente y se lo engulló. Movió la cola un par de veces, ahora con desinterés, y fue a sentarse en su butacón.
—Y tú, ¿no te arrepientes de haber dejado la Historia? —respondió Amelia y cambió el tema bruscamente, como suele hacer—. Si tú hubieras conocido a Lisy… si la hubieras conocido —dijo y disimuló yendo a la cocina a buscar algo.
—No entiendo cómo… alguien como tú… en fin.
—¡No puedes ir por la vida analizándolo todo muchacha! ¡Eres como este país, necesitas acción! —gritó Amelia desde la cocina perdiendo la paciencia—. Mira, Juana Bacallao vivía al lado de mi casa. Yo sabía a la hora que salía todas las noches porque oía siempre a mi abuela que apuntaba con el dedo Mira, allá va eso. Y al otro día llegaba con los zapatos en la mano y se reunía con las demás viejas en mi casa a tomarse el café de mi abuela y hacer los cuentos de la noche anterior. ¿Ahora entiendes por qué nunca duermo la mañana? Sembré una mata de aguacate y tengo un tío que se ahorcó en ella ¿eso no es el colmo de la mala suerte? Sé que nunca escribiré un libro, porque no tengo para eso, pero tendré un hijo, será varón y se llamará Gabriel, o Gabriela, si es hembra. Ya sé que arruinaré mi pierna derecha, por la circulación, ya sabes, pero tengo que hacerlo. Mira a Carola —el animalito levantó las orejas—, llevaba una semana perdida. Ha pasado de todo. Llegó toda sucia, seguramente fue maltratada, violada… o quién sabe —Amelia miró a Maité con picardía—, puede que haya sido ella quien violó a alguien, después de todo lo que ha visto. Pero aún así se levanta y sigue detrás de mí, se alegra porque existo —aquí hizo una pausa larga, como reflexionando sobre sus propias palabras—. ¿Tienes a alguien que se alegra porque existes, a pesar de todo y de ti misma?
—No, lo que quiero decir es…
—Te dejo para que reflexiones… voy a buscar más ron.
El viejo reloj comenzó a sonar. No eran las seis todavía pero el reloj sonaba en sus marcas y no es correcto pero Maité listos no podía contenerse ¡fuera! quería mirarlo todo con la discutible conmoción de que registrar era conocer a Amelia por dentro, saber qué oculta en sus gavetas, debajo de su cama pasillo largo pintado de verde, paredes lisas verde limón. Al entrar, qué desengaño, no había ninguna mujer amarrada a la cama con los ojos desorbitados. Sobre el butacón solo había ropa muy bien doblada, olía limpio como la almohada. Olía a Amelia siempre oliendo a limpio, y en la cama no se percibía el sudor de las mujeres y en el espejo grande frente a la cama un mensaje escrito con creyón de labios, pero borroso. En el escaparate no había látigos, ni hilos dentales de petróleo, ni penes artificiales azules, violetas o negros, no había un arnés de látex ni películas porno. Solo había un altar. Un altar desde el piso hasta el techo con tinajas y collares de colores, tinaja de rojo y negro, de colores caramelo, carmelita, tinaja de amarillo y blanco, de rojo y blanco, la más grande de azul, azul y blanco, todo el mar en aquella tinaja y flores, y melado y una foto. Una foto de una mujer trigueña sonriendo feliz y junto a ella la cara de Amelia, también feliz, también sonriente. Frente al altar: la cama.
El reloj había dejado de sonar. El verde por el pasillo arrastraba los pies. Maité se asomó al balcón y la vio cruzar la calle, entrar al edificio. Aquello no tenía ningún sentido pero el corazón le dio un vuelco cuando sintió detenerse el elevador y la llave dio una vuelta en la cerradura. La observó destapar la botella y lanzar un chorro al suelo y Maité pensó que ellos le dirían lo que había hecho porque estaba muy mal lo que había hecho, eso no estaba en discusión. Estuvo a punto de correr, salir por la puerta escaleras abajo y alcanzar la avenida si no es porque la otra la miró directamente a los ojos y sonrió, sonrió dulcemente y entonces, Maité lo supo.
—Era mi compañera de aventuras, salíamos juntas a todas partes —Amelia hizo una pausa, como dedicándole un minuto en su honor o para aguantar el llanto que quizás se le acumulaba en la garganta, quién sabe—, se molestó conmigo porque le dije que, si a los cuarenta no habíamos encontrado a alguien nos casaríamos ella y yo. Se ofendió muchísimo, me dijo que ella no sería plato de segunda mesa y se pasó casi una semana sin hablarme. Pero luego se le pasó, como siempre, es una tipa con un gran sentido del humor. No entiendo por qué tiene que estar ahora tan lejos… ¿por qué la gente se va? ¿Tú, que piensas tanto, puedes responderme eso?
—Solo he tenido una amiga en mi vida, lo que se dice amiga. Se llama Alicia y me dolió tanto perderla que me juré a mí misma nunca más sufrir de esa manera. Fui tan torpe… debí haber sido más…
—¿Amiga? —dijo Amelia con interés y sonrió.
—Amiga —contestó Maité a secas.
Ambas permanecieron en silencio y las evocaciones tomaron por asalto la sala, crecieron frente a la neblina cursi del recuerdo y se ahogaron en media botella más de ron Santiago. Después de las últimas luces de sol traspasando el cristal de la ventana todo se tiñó, como por antojo, de un ocre variable y pesimista. Se acabó el disco que estaba sonando.
—¿Quieres chocolate? —dijo Amelia y a esa cara no se le podía decir que no.
Inhaló una vez y ya fue más que suficiente para que el piso de la sala se volviera irregular, con leves contorsiones y no se abrió en dos porque Maité llegó, no sin trabajo, hasta el sofá. El sol caía por detrás del parque Maceo y ella quería ver el caballo, no recordaba si el caballo tenía las cuatro patas en el suelo o solo dos ¿a quién le importa?, quería verlo pero el sol la cegaba y se conformó con la idea de que Maceo sabía, aunque no le importara mucho, que ella estaba allí. Amelia puso un disco y empezó a cantar. Maité no era capaz de moverse de su lugar. Para la segunda vuelta flotaba, todo se desvaneció, era humo de chocolate denso en medio de la sala y Amelia la abrazó, más bien la agarró con fuerza y sonrió no te caigas Maité quería agarrarse a Amelia pero no podía, sus manos eran de humo y traspasaban el cuerpo de la otra y Amelia ¿estás bien? y la otra quería mirarle a los ojos pero la imagen de Amelia tenía miles de fantasmas, era una imagen que se repetía en el espacio dejando un aura infinita de luces. Maité no sabía a cuál había que besar, era muchas mujeres Amelia, tantas, ¿cuál la de verdad? no fumes más pero ya Maité se daba la tercera y qué ventana tan amplia, que fresco, quiero volar, quédate se oye la voz de Amelia murmullo en su oído y la agarra por la cintura y la trae de vuelta hacia dentro la cama dura dura dura como piedra Maité desnuda. La arropa con una sábana olorosa de algodón egipcio ya eso me lo dijiste ¿qué más?

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