Doméstica

[Este minicuento fue publicado, junto a otros cuatro de mi autoría, en la revista Casa de las Américas y en la revista Casapalabras. Forma parte de mi libro Un par de tetas enormes, aún inédito, y que ronda ya los sesenta textos. Un juego de manos con la brevedad y el erotismo, lectura divertida que siempre me agradecen en las peñas literarias.]

 

Doméstica

 

Cuando me entrego a las labores domésticas, me entrego toda. Hasta meto la mano en la espuma abundante cuando la lavadora termina el primer ciclo, cómo decir, ese lento romperse de las burbujas me alborota. Asisto con gusto al roce cómplice de unos granos de frijol con sus semejantes y es tan sutil esa caricia polvorienta del arroz cuando le clavo los dedos que, en ocasiones, los escojo dos veces seguidas. Reconozco mi retorcido placer por las cebollas que siempre, siempre, me hacen llorar. Ver cómo se espesa la natilla mientras la meneo para evitar que se contraiga en pelotas es una experiencia única, por eso la reservo solo para esos momentos en que recibimos invitados. La manera lenta en que me hacen sudar las emanaciones de la cocina no se compara con nada. Y por si esto fuera poco, confieso mi rara costumbre de usar un blúmer viejo para humedecer las piezas, más porque el seseo repetido de la plancha caliente, al entrar en contacto con tu ropa mojada, hace subir aquel vapor directo hasta mi cara. Cuando tiendo la cama estiro bien y meto debajo del colchón, vuelvo a estirar bien y paso mi mano suavemente por toda la sábana, con los ojos cerrados. Barro los rincones hasta sacarles todo, baño los rodapies y hasta me arrodillo para cepillarlos, paso la colcha y canturreo y me sonrío, porque lo mejor está por llegar y eso es el final donde me rindo ante los beneficios de la limpieza, lo mismo en la sala, en el comedor que en la cocina. A lo mejor por eso, porque ya no doy más cuando siento el piso todavía húmedo y duro bajo mi cuerpo, a lo mejor por eso es que piensas que lo mío es otra cosa.

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