10 apuntes sobre Lima

[En noviembre de 2015, viajé a Lima. Fui invitada, junto a otros escritores latinoamericanos menores de 40 años, a hacer un recorrido literario para luego hacer una devolución en un texto recientemente publicado en la primera antología de Lima imaginada, que ya va por su segunda edición. Hasta hoy, es el más hermoso viaje de los que he hecho. La ciudad de Lima me recibió con los brazos abiertos a través de sus anfitriones, especial mención a Ezio Neyra y Johann Page entre toda la gente linda que allí conocí. Fue tanta su entrega que llegué a amarla en apenas una semana y por eso la traté con el mismo amor conque trato a mi Habana. Aquí les dejo mis fotos en el número ocho de mis diez apuntes.]

10 apuntes sobre Lima (fragmentos)

  1. Abro al máximo el diafragma, enfoco y presiono el obturador: el cielo vuelve a quedar blanco. Con suerte, gris. Es algo bastante extraño porque de este cielo perennemente copado de nubes también baja una luz que me hace entrecerrar los ojos. No me deja ver bien. Me quema las fotos. En el visor, no obstante, se dibujan los contornos de un trozo de la plaza San Martín naciendo desde su pavimento, tan gris como el cielo que la cubre, sus paseos y áreas de césped muy verde que me hace preguntarme cómo lograrán mantenerlas en una ciudad donde nunca llueve. Hay caminos de flores rojas, y caminos de flores blancas geométricamente delineados sobre pequeñas montañitas de hierba, y arbolitos bajos de tallo muy fino que reúnen todas sus hojas en la copa. Detrás, al frente, como alternados, árboles más altos de peladas ramas histéricas dejan ver, entre sus resecas pelambres, las fachadas color pastel de los edificios coloniales que rodean la plaza y terminan apuntando al cielo con sus rezagos de rococó. Las varas del alumbrado público descuelgan hasta cuatro faroles encima de los muchachos que van con mochilas para los colegios, el guardia que luce una franja fosforescente sobre su chaleco de uniforme, los señores, trabajadores en huelga, hombres que pasan lentamente con las manos en los bolsillos a fin de mantenerlas calientes. Eso. Por suerte en mi foto no se siente el frío tremendo que azota esta mañana limeña.

Pero no siempre es así. A veces en mis fotos se abre un poquito de cielo azul, las nubes se desplazan y puede verse con un color distinto la Plaza de Armas. La Catedral permanece sumergida en sus resabios de edificio macizo, intocable, sagrado, con Jesús esculpido en medio abriendo mucho los brazos de piedra. Los faroles en esta plaza son más antiguos, interrumpen la línea horizontal de más arriba, compiten con las melenas de las palmas queriendo robarse el protagonismo de cielo azul por unos instantes. De todas formas, a pesar de la solemnidad de los edificios por la ya insuperable carga histórica, la gente que se sienta a descansar sobre sus amplios escalones luce más tranquila, más apacible, como agradeciendo los colores que se levantan ahora desde las vestimentas de los transeúntes y lo van alegrando todo. Hasta los adoquines parecen desperezarse y todo se anima. Una señora descansa de las bolsas pesadas sobre el banco, el extranjero tira la misma foto dos veces: una gris, la otra brevemente asaltada por colores vivos. ¿Será a la espera de esta luz repentina que pintan los edificios con tonos tan estridentes?

Esta vez ocupa casi todo el plano un enorme edificio de la avenida Nicolás de Piérola, allí donde se cruza con Tacna, luciendo sus suaves trazos curvos y coloreados de naranja muy subido hasta en sus pequeños balcones volados, coronados con pórticos redondos y simulacro de columnas que suben por toda la fachada. La luz del sol, que por un segundo ha logrado colarse entre las nubes, rebota en el cristal de mi lente y ahora el edificio luce velado, edificio fantasma que nada tiene que ver con los que le rodean, más estirados y sepias con largos ventanales de cristal. Más abajo pasan los autos siempre apurados y un taxi con una franja de cuadros amarillos queda rebanado por la mitad mientras dobla, a la derecha de un peatón muy serio, que espera para cruzar. Luego el sol se esconde en algún punto, y descubro que solamente una iglesia al final, pintada de un azul intenso, viene a salvar a este gran edificio de su soledad arquitectónica.

La misma soledad de este limpiabotas que capturo, a duras penas me lo permite el asombro de ver un oficio que ya no existe en mi tierra, cuando el autobús regresa por la avenida Canadá dejando la imagen de este hombre atorada como el número 108 de mi viaje. Sentado frente a su caseta verde oscuro recién abierta, ha colocado un paño viejo sobre una de sus rodillas. Prepara los tintes líquidos, el betún. Espera. Bajo el asiento de sus clientes guarda pomitos de varios colores, cepillos de varios tamaños y un periódico para entretenerlos mientras hace su labor. Me pregunto hasta qué horas abrirá, a qué horas habrá llegado, si rendirá suficientes frutos su denodado esfuerzo, ¿se esmerará lo mismo con sus propios zapatos?

Frente al malecón en Barranco la tierra no se descuelga porque han trenzado una malla para que baje esta enredadera tan verde y abundante que deja florecitas rosadas, como puntitos, en mi foto 407. En lo alto del risco aparece un muchacho sentado sobre la tierra, casi al borde, con abrigo azul y la mochila abandonada a sus pies. Mira fijamente al mar que, desde esta altura, luce inofensivo con sus cortos arrumacos en olas de poca espuma. Un breve tramo de la avenida rápida ha quedado más abajo, aunque solo sea un amago de velocidad. A un segundo y tercer nivel de lectura el barranco se repite con las mismas lascas como arrancadas con una cuchara gigante, el mismo carmelita desteñido, la malla otra vez, las flores que ahora no se ven por la distancia. Encima, edificios que sospecho serán sumamente caros de mantener aunque, de todas formas, no se distingue muy bien su encumbrada distinción que va bajando de tamaño hasta ser una recua común que escapa por el oeste de la foto. En la anterior, la 406, un poco más a la izquierda se alcanza a ver que hay como dos horizontes, uno de mar, otro de cielo, como si la luz no fuera la misma para ambos y se quedara en medio, incapaz de repartirse equitativamente en lo que luce un trazo irregular, como de niño aprendiendo a dibujar. Vuelve a salir el muchacho, ahora un poco más cerca. Si hago un pequeño zoom su rostro me confirma que lleva rato pensando. Mi Nikon, por más moderna que sea, es incapaz de captar sus pensamientos.

Hay un cerro que ocupa las tres cuartas partes de la foto. Es gris y con neblina en la cumbre. Se le ve elevarse, algo borroso, tras dos cables eléctricos que se atraviesan casi horizontalmente sobre un techo a dos aguas. Por sobre su ladera, ni tan empinada ni tan abrupta, sube una procesión de casitas azules, rosadas, amarillas, naranjas. Colores que se burlan del gris del cielo y de la tierra. Las respectivas ventanas lucen como breves y oscuras perforaciones igual a las que se le hacen a las cajitas de fósforos para simular las viviendas en las maquetas de la escuela. Pero esta no es una maqueta de la escuela. Son casas de verdad, o eso dicen. Corona el cerro una cruz y varias antenas allí donde mismo creo adivinar, casi llegando al tramo casi vertical, algo parecido a un cementerio.

La luz del semáforo dura más de lo que marca el conteo regresivo. Hay una esquina transitada, un puente, carteles de alcaldes postulados y un muchacho frente a los autos. Queda un batón suspendido sobre su cabeza, otro delante de la cara y el tercero en la mano. Puesto que las ventanillas son oscuras no alcanzo a ver si los conductores de los autos efectivamente miran sus piruetas en lo que esperan la luz verde para avanzar, si pagan generosamente la función o siguen de largo con sus gafas oscuras bajo las narices del malabarista con gorra de medio lado y pelota de colores, que ha amarrado antes la mochila al poste de la luz, para que no se la roben en lo que anda concentrado en una ocupación que no deja ver dónde comienza el trabajo y termina el arte, y viceversa. Si pudiera bajar de este autobús, me gustaría preguntarle dónde y cómo aprendió a mantenerlas en el aire, desde cuándo hace este trabajo, si aprendió de su padre o de algún amigo, si esto le da de comer, si vive en los cerros, en Los Olivos o junto al Rímac. ¿Tendrá planes para el futuro? ¿Cuáles serán tus sueños, muchacho malabarista?

Un guardia, con una larguísima arma de fuego cruzada sobre el pecho, le roba la tranquilidad a mi foto de Jirón de la Unión. Cualquiera pensaría que la custodia –y en realidad lo hace–, que le jura defender –y en verdad los defiende– hasta la muerte sus derechos y los de los paseantes que avanzan entretenidos mirando las vidrieras, pensándose dónde se sentarán a almorzar mientras se suman a sus dedos bien apretados más y más bolsas de compras. Pero en realidad esta presencia imponente del guardia, analizada en su contrasentido, es la posibilidad de la violencia, una triste experiencia que todavía nos visita desde el pasado, el miedo a algo que pudiera repetirse y que no puede ser bueno. Para colmo de males hay otro hombre que, parapetado junto al guardia, lleva un puñado de billetes y propone cambio de monedas, se arriesga a ser secuestrado, a ponernos a todos en la mirilla de algún bandido, en el posible fuego cruzado entre el guardia fortachón y con cara de pocos amigos, y ese ladrón que nunca vendrá identificado con un uniforme. En este mismo punto las rejas móviles pintadas de amarillo nos acarrean como a ovejitas mansas en el cruce de los jirones, nos obligan a tomar la única pequeña boca abierta que nos conmina a redireccionar los pasos controlando el trasiego de peatones y que de seguro se cierran en algún momento de la madrugada. No necesito más información para comprobarlo: este también puede ser un paseo del susto.

Basta un chasquido breve y pongo pausa a tu curso. Pido perdón por dejarte varado en esta imagen: río Rímac que has nombrado esta ciudad –aunque sea por error de pronunciación– y protagonizas mi cruce veloz por sobre un puente que no guarda en sí nada especial, más allá de su función. Pajiza foto monocromática de un amarillo desteñido, con cielo borrado que no cuenta y el puente del Ejército –presumo– asomado a lo lejos. A la izquierda, más abajo, veo rieles que corren a tu vera y son, tan ríos como tú, cauce de los trenes que van con más o menos caudal de mercancías. En mi humilde foto –te pido perdón también por esto– no caben tus horarios, ni tus historias, ni tus temperaturas, apenas el verde tímido de algunos árboles que insisten en chupar tus orillas, y unas cobardes casitas rectangulares a lo lejos que no alteran en nada la composición. Tu presencia es, no sé si deberías alegrarte o llorar, centro y periferia, solapada y poética tiranía de un color muy triste.

“Lima ante los ojos de Piet Mondrian”, así debería de titularla por esta abundancia de líneas rectas y fugaces en todas direcciones. Abajo: autos grises, blancos, negros, que van por la derecha y regresan por la izquierda en recuas de tres filas guardando la distancia. Arriba: electrocardiograma con picos de intensidad en clave de modernos edificios, cielo flechado por cables de alta tensión que atraviesan grandes carteles. Resumen: ciudad en azul, metáfora de velocidad máxima. Esta vía rápida que cruza sobre la señalética del tránsito no me da tiempo a leer las vallas, los anuncios, los nombres de las avenidas y estaciones, la mínima velocidad permitida. Por eso la traiciono, cobardemente encierro su imagen practicando esta tendencia moderna a sustituir la mirada con las fotos, a postergar la vivencia del lugar con la crónica a la que me asomaré más tarde, cuando repase la carpeta de mi viaje. Es lamentable que no quede atrapado el olor del momento, el ruido del instante, la incidencia correcta de la luz que nunca será la misma desde estos imperfectos dispositivos. Esto se parece mucho al momento real, pero está lejos de serlo. Esto es solo una foto, no es Lima de verdad.

En esta imagen llena de gente, cabe y falta todo. El boulevard abre los brazos y lanza hombres y mujeres ataviados con cálidos abrigos de lana cámara–adentro hasta regalarme esta imagen pausada, foto donde priman el número y las interrogantes. Diapositiva silente: hombres y mujeres marchando hacia destinos desconocidos e infinitos dentro de esta gran sumatoria de ciudades llamada Lima, trenzados en ajena corriente de pensamiento que no me deja adivinar qué problemas a resolver, qué prisas, qué rutinas, qué ritmo lleva la voz de sus pensamientos. Tanta gente divorciada de mí y de mi cubana realidad. ¿Será aquel uno que llora con las películas?, ¿perderá dinero en los casinos? ¿beberá emoliente? ¿leerá la prensa? ¿se habrá quedado este otro alguna vez dormido en un banco de parque a dormir la borrachera?, ¿se orinó alguno en los pantalones al ver que le apuntaban con un revólver?, ¿padecerá de insomnio esta mujer?, ¿leerá a Vargas Llosa, a Arguedas, a César Vallejo, a Martín Adán ? ¿leerá, por lo menos, los carteles a su paso? ¿sabrán que un grupo de escritores latinoamericanos recorremos su ciudad para luego contarla en un libro?

Esto que se ve en los pintorescos anaqueles del bar Queirolo no son botellas, son libros. Lomos coloridos sobre tripas de cristal inflado que se repiten, hombro con hombro, hasta el techo. Alcoholes atrapados en botellas que contienen libros con historias destiladas en estas mismas mesas hasta donde bajan las botellas que harán que estos libros nunca se escriban con la siguiente nota introductoria: esta historia está basada en hechos reales. Las botellas bajan hasta las mesas. Los alcoholes suben a las cabezas. Las historias chocan con la tiza blanca de esta pizarra que anuncia: el más grande de Lima, sándwich de jamón. Un hombre se da vuelta buscando al mesero. El reloj redondo y blanco se detuvo. Ahora nadie corre por el terreno de fútbol que se le ha trabado dentro al televisor. El piso es un tablero de ajedrez. Prohibido fumar. Un texto flirtea con la musa: “Frente a una barra de un bar uno es inmortal…” ¿Qué fue primero, el alcohol o la historia?

Se acumulan los ponchos, los graciosos gorritos con orejeras que llaman chullos, pequeñas artesanías irrumpiendo en mi encuadre, formando una imagen de fiesta de colores. Estos locales son los accidentes felices del paisaje que no necesitan retoques ni recortes en photoshop. Joyas de plata, collares de semillas, el ofrecimiento de escribir mi nombre en un granito de arroz para no olvidarme nunca de mí en este viaje. La 602 es la foto del recuerdo, la gran compra que puedo permitirme de pequeñas llamas tejidas sobre un cuerpecito de alambre que cargan en cada alforja dos granitos de maíz, las güiras pintadas como búho, los instrumentos musicales, llaveros, postales, la cajita forrada de colores vivos para guardar no sé qué. La cara de un vendedor que no insiste demasiado para que le compre y permanece tranquilo y callado mirando fijo a la cámara: contraste entre tantos colores y su rostro algo triste, rostro fuera del tiempo.

Hay mucha luz y, sin embargo, la foto queda movida. También, quizá, porque ya estoy muy cansada. Se acaban los días, y ya es de noche. Al norte los autos quedan apenas esbozados por una línea indefinida, borrosos de velocidad tras las lancetas finas que bordean al parque Kennedy. Más acá comienza el césped, los canteros de flores blancas, la mujer sentada sobre la hierba que, bajo la noche que es un día artificial harto de luces Miraflores, observa a la hija alimentando dos de los gatos que dan vueltas y se dejan acariciar sin hacer distinciones entre los visitantes. La niña lleva un abriguito a rayas, medias largas, un lazo rosado colgando de su gracioso moño. No se da cuenta de que a su alrededor hay gente que se reposa, gente conectada a la wifi, extranjeros que intentamos en vano atrapar toda la luz en esta foto donde ella queda varada y viajará, sin saberlo, hasta la Habana. Niña para siempre. Imagen de niña mecida por una retahíla de vidrieras que lanzan sus luces sobre el parque, farolas inmensas que lanzan sus luces sobre el parque, autos que rastrillan sus luces por sobre el parque. Su manito pequeña acariciando el lomo del felino: aquí se me antoja que el animal ronronea, le agradece.

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