Casa de cristal

[En abril de 2012, yo vivía en el edificio América, un monumental inmueble que se lleva más de media manzana entre los límites del Vedado con Centro Habana. Un edificio oscuro, demasiado habitado, sumamente ruidoso, lleno de tantas vidas. A cada rato yo pensaba cómo sería escuchar a tiempo real los pensamientos de toda esa gente que convivía conmigo allí, mientras yo escribía en un cuartillo pequeño, pequeñísimo, y me sentía muy sola. Quizá de tanto pensarlo el edificio terminó siendo este personaje, este monstruo de tantas voces, este cuento no logrado.]

 

Casa de cristal

 

(…)“…¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph,
que mi temerosa memoria apenas abarca?
El Aleph
Jorge Luis Borges

 

El ruido del aparato era una sentencia de muerte. A intervalos dejaba escuchar unos golpecitos del otro lado de la pared, seguramente los de allá preparaban algo de comer. Quién pudiera levantarse y tener el desayuno en la mesa. Quién pudiera. La luz que entraba por las hendijas hostigaba el anaquel y, de paso, le ayudaba a repasar los tomos viejos, esos de más arriba que nunca se anima a tocar. Son los de más adelante, los leerá, de seguro, más adelante. Abajo están Sara Waters, Margaret Atwood, Jeanette Winterson y Alice Munro, grandes e impecables lomos en inglés. Un insecto inició el vuelo desde la ventana y planeó de este a oeste rumbo al anaquel, luego vino a posarse sobre la sábana, a los pies de la cama. Otra mosca. Otra señal. Otra vez ese escalofrío recorrió su espalda y avanzó impetuoso hasta el mismísimo final de su espinazo, haciendo de su cerebro una masa reblandecida e inútil. Intentó obviarlo, pero no pudo. No le quedó más remedio que levantarse, llegar hasta el sillón, ponerse la ropa y, por instinto, antes de salir del cuarto miró tras de sí. Nadie.
Aún permanecían abiertos aquel montón de libros sobre la mesa, la vieja máquina de escribir con un texto a medias. En una esquina de la mesa el trozo de papel, el mismo papel que se encontrara, por azar, sobre el pavimento, el papel que había iniciado todo aquello con una palabra escrita, una palabra tan simple que a menudo le hacía reírse y sentir vergüenza de la ignorancia en la que había vivido todos estos años. Pero luego se contentaba de que, al menos hoy, era capaz de comprender. Hacía dos semanas se habían marchado los antiguos vecinos, y antes de que llegaran los nuevos la máquina de pulir pisos había insistido en su labor ensordecedora. Su apartamento es pequeño, pequeñísimo comparado con el de los vecinos nuevos, no le dejaba un rincón para recluirse mientras los albañiles martillaban, cambiaban tuberías y se pedían las herramientas a grito limpio. Si abría la única ventana, la ventana de la cocina, veía sus cabezas del otro lado transitando derecha-izquierda-derecha-izquierda. Alguna que otra vez le sorprendieron esos ojos de hombre torpe, físico, primitivo, ojos todos iguales aunque no sea siempre el mismo hombre. Por eso ya no tenía costumbre de abrir la ventana.

 
Pasado de moda, el América despierta lentamente. El viejo Andrés, el encargado, arrastra un trapo mojado en luzbrillante por los pasillos anchos, únicamente claros al amanecer, cuando el sol llega de frente a los balcones. El entramado opaco de las lozas acumula la mugre de cincuenta años al menos, la roña que el encargado intenta limpiar desde el séptimo hacia abajo, con los ojos pegados al suelo. Solo alza la mirada al tropezar con algunos pies que se dirigen al trabajo y, respetuosos, caminan arrimados a la pared, a veces, y a veces, buenos días. Él los mira con sus ojos estrábicos, se detiene unos segundos y luego prosigue. Nunca responde. Al bajar las escaleras ha de encontrar, como en una selva, los rastros innobles de animales nocturnos, porque el elevador solo funciona hasta las tres de la madrugada, después de esa hora, aunque el gran portón de hierro esté cerrado con llave, la gente se las ingenia para entrar y cagarlo todo.
“¡Qué maravilla l´Amerique!”, exclamó el señor al ver, por fin, el edificio del que tanto le habían hablado. Inmediatamente sacó su cámara fotográfica, “¡rápido, trae los reflectores!” ordenó a su asistente. Antes demandante, su rostro ahora se volvió dulce para acariciar a la muchacha pálida con vestido largo, rasgado a propósito, con el pelo color miel alborotado por un estilista francés, muy amanerado él. Como una animalillo salvaje la muchacha pálida se recostó a las paredes graficadas Yusimí a Dariel, Maikel el mostro, un corazón hecho a tiza, y miró agresivamente a la cámara. Niña extraviada. Posó con una mezcla de ternura y delirio mientras los vecinos se acumulaban frente a la calle, algunos preguntándose, confundidos por la estatura y las facciones, si sería una mujer o un travesti, otros, rogando a la virgen del Carmen para que no se fuera a caer un balcón justo ahora poniendo fin a la diversión. “Wonderful” gritó el señor con un marcado acento alemán, y la tomó de la mano. Al llegar a la entrada preguntó en mal español al hombre que lo miraba con sus ojos bizcos “¿Podemos entrar?”
El encargado, inexpresivo, se hizo a un lado.
Los viejos, como pioneros sentados en los bancos, llevaban horas en el lobby esperando al doctor. Frente a ellos la muchacha pálida giró varias veces sobre sus pies y su vestido roto se abrió en una circunferencia, vasta y rítmica en la amplitud del salón. Los viejos, al socaire de sus años vividos, permanecieron inmutables. Se demora mucho el médico de la familia, ¿no? Los forasteros se adentraron por el pasillo del primero, con sus casi tres metros de amplitud, y el juego de sombras resultó ser un detonante para la imaginación del señor fotógrafo que pulsó el obturador insistentemente y sonreía, el señor sonreía. A medio subir por la escalera hacia el segundo una bolsa de nylon, rota y abandonada, dejaba ver su contenido. Su dueño había huido cobardemente y sobre los escalones yacían restos de frijoles, cáscaras de huevo, borra de café. La muchacha pálida hizo un gesto de asco y se tapó la nariz. Una foto admirable. Así. Prosiguieron su ascenso asediados por un mosaico de olores desconocidos: ajiaco, tamales, plátano maduro frito. Un nuevo mundo, el paraíso mismo.

 

Se entregó por completo a la traducción. Se abstrajo cuanto pudo del ruido del aparato y de las voces sumergiéndose lentamente en el alcance de la palabra. Cuando los indios bailaron alrededor del fuego no era una combinación de sombras al caer la luz sobre los muebles, aquellas voces ancestrales realmente invocaron extrañas fuerzas que le hicieron sentir miedo y acto seguido la presencia irrefutable de algo más, de alguien más a su lado. ¿Guardián o enemigo?, no sabría decir. Solo sentía miedo, una turbación angustiosa que se recrudecía por la soledad de sus días con sus respectivas noches. Poco a poco comenzó a rememorar el descubrimiento. Recordó la tarde en que regresaba de algún sitio, irrelevante para el recuerdo mismo, cuando el viento provocó una espiral de papeles sucios en la esquina de 23 y L. Miles de papeles y bolsas de nylon se alzaron como en una revolución de objetos desechados, rebelados ante su suerte inmunda. Luego volvió la calma por obra divina, o por casualidad, y quedó un pequeño trozo ante sus pies. Un pedazo de papel chamuscado por el fuego y una palabra garabateada, al parecer, con carbón. Aquel papel insignificante se pegó a su zapato alevosamente y le acompañó todo el camino de regreso al América. Al llegar a su apartamento la leyó varias veces seguidas, y la palabra penetró en su cerebro como un virus inoculado por el bien del enfermo agonizante, pero en contra de su voluntad. La idea volvió a ser sospecha. Sintió romperse la sinapsis natural de sus neuronas y, otras conexiones que al principio se le antojaron caprichosas, retumbaron en la lógica que había abrazado hasta ese momento, rompiéndolas como un vidrio frágil.
Entonces, comprendió.
No era aquella una palabra reveladora, ni explicativa, mucho menos vasta o con peso etimológico alguno, de hecho, era su propia sencillez lo que la hacía deslumbrar a quien la poseyera en su lógica. Por supuesto, como toda palabra revolucionaria, era peligrosa, inspiradora de temores como el de la bibliotecaria al escuchar el pedido de libros que había hecho, días más tarde, en la facultad de filosofía. “Malas ideas rondan tu cabeza”, sancionaban los ojos inquisidores de la compañera para luego estamparle un rotundo no.
Unos pequeños golpecitos a la puerta le sacaron de su contemplación. Atravesó la mirilla con el ojo derecho y una imagen infantil perdió forma tras la concavidad del pequeño cristal. Era un niño de unos siete años, vestido con pantaloncito rojo por encima de la rodilla, camisa blanca y pañoleta azul que, parado en firme, mantenía la vista fija hacia la mirilla, taladraba aquel vidrio y parecía descubrirle. “Ahí estás, puedo verte” resonaba una diabólica voz infantil dentro de su cabeza. Pensó en no abrir la puerta, de hecho, amagó con alejarse; pero siguieron otros golpes, golpes y más golpes que retumbaron extendiéndose raudos por su sistema nervioso. Tras un rapto de valor abrió de súbito, encaró al pequeño monstruo. Aquel pequeño cuerpo poseía una fuerza hermética, una fuerza para la que el niño era solo el recipiente. Algo sobrenatural le extendió un trozo de papel y se alejó hacia la puerta siguiente. Al cerrar otra vez, y antes de leer el papel, se persignó. Consejo de vecinos en la noche, rezaba aquella sentencia mal trazada a lápiz.

 

—¿Todavía le funciona el elevador? –pregunta Ernesto.
Han pasado más tres años desde entonces, pero al viejo ya nada le sorprende. El viejo Andrés está descansando frente al edificio. Mastica dos veces más su tabaco y le da una chupada larga. Jugando con el cabo entre sus manos demora unos minutos para responder:
—Todavía.
Luego se hace un silencio reconciliador, apenas interrumpido por el ruido de algún auto al pasar. El viejo suspira y pregunta:
—Por fin, los trenes… ¿es verdad lo que dicen?
—Es verdad –responde Ernesto.
Desde el último ciclón una cinta amarilla, cayendo del balcón al parterre, supuestamente impide el paso de los caminantes por la esquina de veintisiete. Pero ya la gente asume la cinta amarilla como parte del edificio, y la hacen a un lado para pasar, veloces, rezando para que no les caiga encima un trozo de edificio. Los forasteros salen en tropel del edificio, con movimientos trastornados y casi tumban al carretillero que pregona las frutas frescas.
—Las frutas… como las del centro de mesa… ¿te acuerdas, viejo? –dice ingenuamente Ernesto repasando los balcones con la mirada.
—Me acuerdo –musita este y, por escasos segundos, le mira con sus ojos estrábicos. Ernesto cree adivinar una mueca de resignación en la cara del viejo.
—No ha cambiado nada –dice al fin Ernesto.
El viejo contiene su risa irónica, amarga, luego alza la mano para saludar a la señora con sombrero que sale del edificio y, junto a su perrito, baja hacia la calle Jovellar. El sol crece sobre los balcones, un auto de la compañía de teléfonos aparca frente a ellos. El conductor se baja y le extiende a Andrés un bulto de sobres, luego habla refiriéndose a la señora del perrito:
—¿Esa no es…?
—Ella misma es –le interrumpe, ríspido, el viejo Andrés.

 

El viejo edificio tiene varios accesos pero solo se usa la entrada principal. La entrada es la salida, y viceversa. Antiguamente uno de los edificios más lujosos de La Habana, ahora es una madriguera donde la gente ha hecho hasta dos y tres divisiones, transformando hermosos apartamentos en cuarterías. En caso de fuego las escaleras de incendio están bloqueadas, son viejas cicatrices colgando inútilmente hacia el exterior. Ni siquiera al parqueo hay acceso posible desde adentro. De acontecer alguna tragedia los vecinos solo tienen una salida, que es, a su vez, la única entrada. Para discutir asuntos importantes los vecinos se reúnen en el lobby del edificio “Compañeros, los balcones se están cayendo” la voz del presidente del consejo de vecinos, “y si el gobierno no nos ayuda con eso ellos serán los únicos responsables si ocurre una tragedia”. Pausa. “Creo que no aguantaremos el próximo ciclón”, una voz. “¿Caballero, por qué no le escribimos a Eusebio?” pausa larga, escéptica, la única salida. “Si no lo arreglamos nosotros mismos…”, un tercero en voz baja. “Yo quisiera hablar del parqueo”. “Eso no es importante, compañera, en realidad el problema que deberíamos resolver es el del elevador”. “¿Que no es importante?, ¡para la gente que quiere permutar es importante!, ¡todos los vecinos tenemos derecho al parqueo!”. “Más importante es lo del elevador, se lo digo yo. ¿Se le olvidó cuando se murió el viejo del séptimo y tuvimos que bajarlo por las escaleras, como si fuera un saco de papas?” unos segundos de silencio. “¿Caballero… por qué no le escribimos a Eusebio?”…

 

Al instalarse definitivamente los vecinos nuevos creyó que, por fin, recobraría la calma perdida. Pero se sucedieron gritos de un niño, protestas de mujer celosa, llamadas telefónicas donde las frases se repetían a voz en grito, intentando vencer las fallas en la comunicación telefónica, por la distancia. En poco tiempo pudo trazar un mapa de las personalidades que vivían más allá de su pared, la pared donde colgaba su cuadro favorito. La mujer era sumisa y chismosa, el hombre era colérico e impenetrable, como suelen ser los militares de alto rango. El niño, decididamente histérico, con una habilidad especial para sacarle de sus casillas con esa insistencia, poco usual en un niño de esa edad, para lograr lo que se proponía.
La debacle sucedió tras los gritos del pequeño diablo, unos gritos espantosos que intentaban convencer a la madre de que le dejara salir a jugar a la pelota, cosa que no consiguió y, acto seguido, se oyó romperse el cristal de la ventana y cayó la pelota en medio del cuarto. En principio no supo qué hacer, si recogerla y tirarla de vuelta a la ventana de los vecinos o tocar a la puerta y devolverla… también podía quedársela.
Ojalá nunca hubiera sucedido. Ojalá la madre le hubiera dado permiso para jugar a la pelota, porque de esa manera el niño habría salido y su pelota no hubiera roto el cristal de la ventana obligando a la madre a tocar a su puerta, a observar atenta la mirilla para darse cuenta de que había alguien en el apartamento, a no darle más alternativa que abrir y mandarla a pasar. Mientras se dirigía al cuarto hubo de darle la espalda, y entonces la mujer debió haber visto los papeles sobre la mesa, la máquina de escribir, y seguramente algo descubrió porque al regreso su mirada ya no era de vergüenza sino de sospecha. La gorra militar del marido, esa misma tarde, se elevó unos centímetros más sobre el borde de la ventana para cruzar miradas comprobadoras.
Era la palabra, ya no cabía duda. Era la unión de varias sílabas simples, el comodín, como en un juego de naipes. Si uno lograba sobreponerse al sinsentido provocado por la primera lectura, el entendimiento, tal y como se había manejado hasta ese momento, sufría un cambio radical sin verse afectada por maniqueísmo u otra deformación partidaria. Se podía entender cómo funciona el mundo sin mayor esfuerzo. Lo difícil era poner eso en palabras.

 

El asistente, agitado, finalmente regresó con la llave. El resto de los edificios permaneció insignificante y recortado ante los ojos de los visitantes desde la azotea del América. La muchacha pálida abrió sus brazos y tras de sí quedó atrapada una línea de agua, azul, salada, insistente, el morro siempre enhiesto y, del lado oeste, las espaldas del Hotel Habana Libre con sus auras tiñosas revoloteando, manchas indiscutibles de algún pecado varias veces cometido. “Magnifique” se oía decir al señor fotógrafo. En la portada de Elle Magazine saldría este sol de América con su azul perfecto, surcado por escasas nubes infinitamente blancas. Dicen que en el viejo mundo no se ve un cielo así.
Para bajar tomaron el elevador. La muchacha pálida se convirtió en una criatura apresada entre las rejas revestidas de grasa oscura y carcoma, se afianzó a los barrotes, se sentó en la silla del ascensorista, una vieja silla tejida con nylon azul. Sus manos blancas de dedos larguísimos accionaron la palanca hacia adelante, su boca se abrió en un gesto de criatura agonizante, atrapada en un extraño mecanismo diabólico. Tras el arco de sus piernas, en punteo impecable, se divisaban toda una serie de objetos en venta: cigarros Aroma, paquetes de café, cremitas de leche, barras de maní molido, cajas de fósforos y sobrecitos de pan molido para empanar. Era el encuentro de los mundos, salvajemente estropeado por un frenazo repentino, una oscuridad tremenda que provocó en la muchacha pálida el más sincero gesto de desesperación de que había sido capaz hasta ese momento, un gesto que contagió al señor fotógrafo y fue haciendo extensiva su dolorosa complicidad hasta el asistente. El ascensorista los miraba desde afuera, más preocupado por la integridad de su mercancía que por la salud mental de los visitantes, solo alcanzaba a ver la mitad del ascensor a través de las rejas mal pintadas. No pudo evitar la risa al ver las caras desencajadas de los forasteros, atrapados entre el tercero y el cuarto. El América permaneció imperturbable, respiraba con la resignación de quien ha padecido demasiadas interrupciones en el flujo eléctrico. Lástima, no sucedía lo mismo con los artistas, los visitantes venidos de tan lejos no conocían los peligros, mucho menos la autonomía del tiempo en esta selva inexplorada. Les resultó sumamente difícil perdonar, acaso imposible. Ofendidos, escaparon por la única entrada, que es, a su vez, la única salida. “Son unos salvajes” se le oyó decir al señor fotógrafo mientras ganaba la esquina de Veintisiete y N tropezando con el carretillero que pregonaba sus dulces y sabrosas frutas tropicales “no sé cómo pueden vivir así”.

 

—Los trenes hacen otro ruido, no como el de los trenes viejos. Van demasiado rápido –dice Ernesto con voz arrepentida.
El viejo Andrés insiste con su tabaco, contempla el humo con desgano. Mira al edificio como a la única cosa que realmente le queda en esta vida.
—La puerta sigue pintada de verde –dice.
—Lo sé –Ernesto se pasa la mano por la cabeza–… no pude tocar. Luego pensé que estarías aquí.
—Ah, todavía te haces eso en el pelo –dice adivinando su gesto.
—Es la costumbre.
—¿Y el reloj?
— Un buen día dejó de funcionar, no pudieron arreglarlo más.
—Tengo que trancar bien el balcón del quinto, mira, está a punto de caerse. Si algún chiquillo de esos se asoma… ¿Te estás alimentando bien?
Ernesto asiente. El sol casi los alcanza, amenaza con ahogarlos, arrancarles la sombra. El bochorno del calor hierve desde el pavimento hasta sus caras, les obliga a sacar el pañuelo y secarse el rostro.
—¿Cómo es la nieve? –preguntó el niño Ernesto.
—No lo sé, nunca la he visto –dijo Andrés-. Anda, rápido, hay que terminar antes del mediodía.
Llevaba entre sus manitos una postal de Navidad. Cuando la señora abrió la puerta Andrés la saludó y ella le sonrió al niño. La última puerta del tercero, solo faltaban los dos pisos inferiores para terminar la entrega, después podría irse a jugar.
—Ahora la gente se suicida… el otro día se tiró el loco del quinto. Tengo que trancar bien ese balcón –se queja el viejo Andrés mientras coloca sobre el suelo el bulto de sobres–. Ahora la gente cría perros. Hasta en los apartamentos más pequeños hay perros. No se quita el olor, hay mierda y orine por todas partes ¿Para qué limpio?
—La señora del tercero, ¿ya se fue, viejo?
—Todavía está esperando.
—¿Sigue recibiendo aquellas postales?
—Sí, todos los años. La pobre, ya los nietos están grandes y nunca los ha visto, salvo en fotos.
—Siempre me cayó bien esa señora. Ojalá pueda irse, antes de que sea demasiado tarde. Tengo que confesarte algo… –anuncia Ernesto.
El vecino del primero, el viejo profesor que vive solo, tocó en la puerta verde. Andrés escuchó su regaño en silencio. Sabía que el viejo tenía toda la razón y debía hacer algo al respecto. Es que su balcón es bajo y se presta para esas bandolerías. Nadie puede obligar al viejo profesor a poner los cristales que le faltan a su ventana, ni siquiera sugerírselo sería digno. Todo el mundo sabe que el viejo ha sido profesor en la universidad toda su vida pero lo que gana es una mierda que no le alcanza ni para comer.
—¿Lo juras? –preguntó Andrés.
El ojo izquierdo le salió disparado rumbo a la sien.
—Lo juro –contestó el niño.
—Aquel día –dice Ernesto–… aquello que tiraron por la ventana… Fue idea mía. Yo tiré el primero y, cuando vi que entró, me asusté y salí corriendo. Por eso no me vio. No sé si fue puntería o buena suerte.
—Siempre lo supe –el viejo ríe con picardía–, sabía que eras tú. Pobre hombre, murió el año pasado. Casi se puede decir que murió de hambre.
El viejo profesor vuelve a la vida en el silencio respetuoso de los dos. Existe hasta que el camión de la basura termina de voltear los tanques en la esquina y les demuestra, con aquella peste insoportable, que la muerte es algo definitivo.
—Y Verónica… ¿sigue en la televisión? –pregunta Ernesto al verla con su sombrero y el perrito entrando al lobby del edificio.
—A veces –el viejo bota el cabo en el suelo, y suspira–. Cuando se llega a viejo solo quedan los nietos y los perros, si es que hay suerte. De nada sirve ser famoso.

 

Ni Sara Waters, ni Margaret Atwood, tampoco Jeanette Winterson o Alice Munro podrán comprender jamás. Ni siquiera los tomos de más adelante, los que le faltaban por leer, podrían enseñarle algo. Había alcanzado el punto más alto, ahora era capaz de comprender a fondo. Tenía el control y hubiera podido escribir una enciclopedia, un tratado filosófico, un best seller, acaso el mejor de los best sellers que se hayan escrito jamás, pero ganar dinero tampoco tenía caso, su comprensión iba más allá. Su felicidad hubiera sido completa de no ser porque estaba siendo vigilado. Después de cometido el error con la vecina sabía que estaba siendo definitivamente vigilado, asediado, el enemigo esperaría el más mínimo error para atraparlo. Se sentía como en una casa de cristal donde era perfectamente capaz de ver el exterior con lujo de detalles, pero los de afuera también podían verle, no tenía un segundo de privacidad, no había un rincón donde esconderse. Si una de esas manos extrañas osaba lanzar una piedra, por pequeña e ingenua que fuera, sus paredes se vendrían abajo completamente. Recluido en su apartamento, apenas salía para alguna diligencia cumplida lo más rápidamente posible. Al levantar el auricular del teléfono sentía que la línea se abría y había alguien más allá presto a escuchar sus conversaciones, puede que hasta grabarlas. No dejaba pasar a nadie a su apartamento, ni cobradores de ningún tipo, ni inspectores de mosquitos, que son los más atrevidos e insolentes. Todos quedaban de la puerta para afuera. No, no les daría la oportunidad de husmear. Sabía que su foto había sido circulada, eran demasiado sospechosas esas miradas de los desconocidos en la calle. Cuando encontraba a algún amigo le hablaba en voz baja, evitando ciertos temas, por si acaso alguien extraño alcanzaba a escuchar, no fuera a ser que el amigo hubiera sido captado por los otros y fuera a delatarlo.

 

Bajar al sótano es saberse en los feudos de la muerte. Es un sitio lúgubre, lleno de tarecos, cables y humedad. Es tan profundo el corazón del América que a las seis de la tarde es preciso una linterna para orientarse y poder identificar los relojes contadores de electricidad. Algo extraño respira, algo vivo y maltratado por el tiempo, como un animal retorcido que exhala polvo y rencores acumulados por tanta carencia. De este lugar nacen los cables que se riegan por las paredes como arterias, suben por los pisos sin ser vistas, atrapadas entre el cemento y las viejas tuberías que a ratos revientan sin avisar, sin pedir permiso. No es fácil identificar el reloj contador del vecino del quinto. Si no fuera por los gritos de ese loco habría dejado su apartamento sin luz hasta el día siguiente. Pero Andrés no es hombre que se deje vencer por la fatiga, así es que, acercando el mocho de vela pasea sus ojos asimétricos por los números: 501, 203, 401 A… si al menos estuvieran en orden… 607 C, cuidado no vaya a quemar alguno. La mugre reposa sobre los cables, los cables se trenzan en un rompecabezas infinito que serpentea por la pared, enredadera salvaje. Pero el encargado es el único dispuesto a hacerlo, solo él es capaz de entrar allí cuando cae la noche. Tantos años tienen sus ojos que ya conocen hasta el más mínimo rincón, como si hubiese parido el edificio. El parqueador lo custodió solo hasta la entrada del sótano y allí se detuvieron sus pies, maldecidos por alguna suerte de poder que le impidió dar un paso más. Andrés continuó solo, hacia las mismísimas entrañas del América.

 

Si hubiera sido paciente. Si tan solo hubiera confiado en el viejo Andrés y le hubiera concedido otros veinte minutos habría encendido el interruptor y, como por arte de magia, se hubiera hecho la luz en su apartamento. Pero era demasiado grande la sensación de asfixia, un temblor infinito acariciaba su cuerpo con la frialdad de la muerte. Pensó que el enemigo, por fin, lo había vencido. Se sentía desenmascarado, expuesto, indefenso. Millones de ojos escudriñaban detrás de las paredes de cristal, trepanaban el vidrio y hacían arder su cuerpo en un infierno de voces que lo declararon culpable. ¡Culpable! A fin de cuentas, la verdad es una sola, y se parece a esta oscuridad a la que había sido condenado. Lo peor es que podía asomarse a su ventana y ver la luz en otros apartamentos, solo el suyo permanecía a oscuras, en una tiniebla fría y absurda. Le llegaban voces de niños que se negaban a ir a la cama, a dormir, tengo sueño ya, algún radio demasiado alto, alguien que sonaba el claxon mientras subía por la calle Jovellar rumbo a la colina universitaria. Oyó la voz de Andrés que hablaba con alguien de ventana a ventana y se sintió definitivamente abandonado en su desesperación. Ni siquiera intentó obturar de nuevo el interruptor, de modo que nunca supo que un simple click bien podía devolverle la luz, un click en un mero gesto de su propio dedo índice. Para colmo de males, el vecino asomó la gorra militar por la ventana, como cerciorándose de que había sido cumplida la misión.
En el pasillo del quinto no había nadie. Las amas de casa habían fregado los platos mientras daban el noticiero y ahora todas las familias estaban sentadas frente al televisor viendo la novela brasileña. No se escuchaba ni el ronquido del elevador. Por el balcón semiabierto entraba una brisa fresca revolviendo el olor a orine, corría por el pasillo ancho como una voz embrujada entrando al cuerpo del América, apenas un rumor. Sus pies avanzaban lentos, como quien se sabe observado todo el tiempo, como quien sabe que en el América es solo un latido más recorriendo esos túneles ennegrecidos y pestilentes. La puerta del balcón no brindó resistencia, es madera vieja, vencida por el agua de lluvia, el sol, las horas. Como la boca de un anciano se abrió, ruidosa y desvencijada. Pisó y era blando, piso de arenas movedizas. El viejo América no se lo pensó dos veces, lo vomitó cual bocado descompuesto: fue el hijo pródigo ofrecido en sacrificio.

 

El niño se dejó guiar por Andrés y subió al elevador.
—Mira, funciona así –le indicó este.
Y movió la palanca hacia atrás hasta que el elevador echó a andar. Ambos cuerpos rompieron bruscamente la inercia, luego se adaptaron al movimiento y volvieron a frenar en el sexto, donde un vecino los esperaba. Ahora se movieron hacia abajo y esta vez era el niño quien conducía. Sentado en las piernas del padre buscaba la aprobación en los ojos del hombre. El hombre sonreía orgulloso, como quien reconoce el gran talento del hijo y se precia de ello.
—La vida es del carajo…–Ernesto se pone las gafas–. Hoy es un lugar ajeno, no es el lugar que yo recordaba, al que quería regresar; y, sin embargo, es el mismo de siempre.
—Hace poco se mudaron unos vecinos nuevos –dice el viejo Andrés–. El tipo es militar. No sé por qué, pero nunca me gustaron los militares. Los militares necesitan la guerra.
—¿Adónde van los trenes? –preguntó el niño.
—Van a todas partes –le aseguró Andrés y le entregó la caja grande, con rieles plásticos y vagones independientes que se conectaban por una simple articulación.
Llevaba en la manito la llave para darle cuerda:
—Me gustan los trenes –sonrió mientras atravesaba el lobby del América sin apartar los ojos de su juguete nuevo. Era demasiado pequeño para reconocer su número de apartamento, pero no había pérdida, su puerta era verde, la única puerta verde en todo el edificio, detrás de ella podía jugar tranquilo con su tren.
—Ya sé, siempre supe que no te gustaban los militares –le dice Ernesto a Andrés–. Tengo algo que decirte, viejo, después de tantos años, pero… en realidad, ya no tengo tiempo para los trenes, viajo en ellos todos los días y apenas si me doy cuenta de que voy en uno.
El viejo saluda con un gesto de la mano al vendedor de flores que ya viene de regreso. Se incorpora pesadamente. La entrada del América es como una boca grande que lo llama a entrar. Antes de darle la espalda al muchacho e iniciar su marcha hacia el gran edificio se detiene un instante:
—Dijiste que a ti eso no te pasaría —el viejo Andrés no sabe disimular su angustia.
—Viejo…
—Parecías sincero cuando lo dijiste.

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