Dazra Novak se rehúsa a estropear fantasías, por Mabel Machado

Raro que una cubana nacida en el 78 tenga un nombre y apellido tan polaco o tan alemán como el suyo, pero ella insiste en llamarse Dazra Novak y punto. Con ese pseudónimo ha firmado los libros con que ganó los premios David y Pinos Nuevos y acaba de llevarse la Primera Mención del Cortázar. Esa “cubierta” le ha servido tal vez para cruzar de manera más fácil lo que Ahmel Echevarría describe como la barrera o el acceso restringido del cuerpo, la memoria, el deseo y el peligro.

No puedo decir qué aspecto tiene Dazra Novak. Perdónenme por decepcionar a los que gustan de descubrir a las muchachas jóvenes detrás de unas cuantas líneas desinhibidas, pero ella se valió del correo electrónico para responder a mis preguntas y no envió fotos. No obstante, su apariencia no es un secreto, como tampoco lo son su nombre real y —vuelvo a Ahmel— su mapa personal volcado en los textos. Paramalfraseando al autor de Rayuela —y colocando un par de palabras por otras de su cuento “El Perseguidor”— Dazra, como Johny, parece contar con la literatura para explorarse, para morder la realidad que afronta todos los días.

“Alguien se ha robado los cacatillos” vuelve a insistir en historias que a primera vista no parecen tener grandes resonancias. ¿Elegir a personajes comunes, de los que pueden encontrarse en cualquier barrio de la ciudad, es acaso un camino más expedito para derivar en la ficción o en la fantasía en que a veces recalan tus cuentos?

La elección de las historias también tiene que ver con la persona que lleva dentro cada escritor. Narramos a partir de conceptos, experiencias de vida, gustos que conforman un amplio mapa de intereses. A mí me interesa la gente común, por lo general prefiero escuchar a hablarles. Me interesa saber cómo piensan, cómo ha afectado su vida personal un hecho determinado, sobre todo el por qué de sus elecciones. Narrar lo cotidiano inmediato como leçon de vie, la persona sencilla y sus avatares diarios. La gente.

Aunque con dos libros publicados en Cuba y estudios literarios cursados, tu formación profesional no fue inicialmente en este campo. Sin embargo, a tus textos se les reconoce —como lo ha hecho recientemente el jurado del Cortázar— el amplio dominio de los recursos narrativos. ¿El cuidado al pulir las técnicas literarias se debe a una impronta de los talleres?

El cuidado por las técnicas, que si el jurado lo vio debe de ser cierto, no es algo consciente. En mi caso particular es la historia quien manda en todo momento, es ella quien señala un narrador, es ella quien elige entre “escena” o “resumen” sin estar etiquetados en mi mente como esto es escena y aquello es resumen en el momento de narrar. No diré que una voz me dicta en el momento creativo, pero sí hay algo de posesión, de sensibilidad-otra una vez derrotada la página en blanco con la primera frase. Eso sí, reviso una y otra vez, en ese sentido soy obsesiva. De los talleres literarios te diré lo que digo siempre, a mí me ahorró tiempo. Honestamente creo que igual hubiera logrado cosas, pero a mayor plazo. El Centro Onelio me mostró los caminos posibles, así como las cosas que no quiero para mí.

¿Cuáles consideras los principales retos para abordar con novedad desde el arte temas como la sexualidad y la emigración, tan recurrentes entre los creadores cubanos en las últimas décadas?

Los temas sexualidad y emigración son un peligro, justamente porque son temas que venden y es muy cómodo recostarse a ellos. Basta con una verdad escandalosa o pervertida, basta con un amago de flexibilidad sexual para que los más te tilden de depravado después de haberte leído, los otros te lean a hurtadillas, o a la cara. Y te leen. Pero lo difícil es ir más al fondo, no quedarte en la impresión que causan “sexualidad” y “emigración” al primer golpe de lectura sino explorar el universo que encierran ambas, esbozar qué de nuevo puede haber tras eso e impulsar al lector, también al lector perezoso, hacia dentro. Son temas, como tantos otros, lo difícil es hacer literatura con ellos.

Al referirse a tu escritura, la mayoría de las críticas llaman la atención sobre un posible carácter autobiográfico de tus cuentos. ¿Consideras que la narrativa de ficción escrita por jóvenes en Cuba consigue, en alguna medida, exiliarse en un terreno ajeno a la propia experiencia de vida de sus autores?

Una vez que el cuento llega al lector ya deja de pertenecernos, los textos, como los hijos, hacen su propio camino. Autobiográfico. Puede que sí, puede que no. Me abstengo de estropear lecturas y fantasías. No sé cómo es en el caso de otros escritores, quizá estén más apegados a la realidad, quizá no. Lo que sí es cierto es que tomamos de nuestra vida, de las anécdotas de los amigos, de los trozos que a veces asaltan a nuestra memoria, es muy difícil la abstinencia en ese sentido.

¿Logra ser la literatura una vía a través de la cual los jóvenes participan en una realidad cada vez más ávida de diálogos?

Sí. La literatura como espejo de la sociedad, así también las artes. Es una plática constante que muestra votos a favor y en contra, conciliaciones y desafíos, deserciones, incluso ángulos devastados, esas ansias de la juventud por pasar del diálogo a la acción aunque quizá no proponga demasiadas soluciones pero al menos pone el dedo sobre ciertos conflictos.

¿En cuánto influye —o no— en tu literatura, el contacto, el intercambio con otros escritores de tu generación?

Debo confesar que hay poco intercambio, casi ningún contacto, salvo encuentros esporádicos en lecturas y presentaciones donde se habla poco de literatura. Una vez pasado el taller, el momento donde nos reconocemos socialmente, la gente se dispersa, toma su rumbo. Ya sabemos que el oficio de escritor es uno de los más solitarios del mundo. De cualquier modo influyen más como personas que como escritores. En mí influye la gente, en general, me hace crecer al hacerme preguntas e inventarme ficciones a partir de sus realidades. El acto escritural es un ejercicio constante.

[Tomado de La jiribilla, 2011]

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