Quebec-Habana-Quebec

No he sabido nada más de este personaje. No recuerdo si le di a leer este texto, como he hecho con otros personajes reales. Tiempo después de su partida me habló por el chat y me informó que desaparecería, que había encontrado a alguien y necesitaba borrarme de una vez y por todas. Me dijo que quería “ser feliz” como si yo fuera el principal obstáculo para alcanzarlo, el motivo de todas sus desgracias, de todas. Deseo que seas muy feliz, fue todo cuanto dije siguiéndole la rima. Y he aquí un hombre que cumple con su palabra. Solo espero que donde quiera que esté ahora haya encontrado lo que buscaba, porque este fue uno de los hombres más solos que yo conocí en mi vida.

 

QUEBEC-HABANA-QUEBEC[1]

 

Quien no tiene valor para padecer
ni la muerte ni la vida,
quien no quiere ni resistir ni huir,
¿qué hará?

Michel de Montaigne

 

–Espera en el auto –me ordena sentencioso y luego da la vuelta para abrirme y ayudarme a bajar. Me da gracia tanto protocolo, seguramente piensa que estoy complacida por sus maneras elegantes aprendidas en el Norte.
Pide una botella de vino. Está avinagrado y pide otra. Al final desiste y soportamos el vino mientras hablamos durante la cena.
–¿Te asusta que tenga tanto dinero? –no puedo creer lo que me dice, ¿quién se cree que es? Me río en su cara, sabrá Dios lo que piensa de mí.
–No, no me asusta.
Vive allá desde hace años y busca alguien para compartir su vida: eso, busca un complemento. La conversación llega a la situación política del país y a mí el vino me desinhibe:
–Es muy fácil criticar cuando escogiste irte en lugar de hacer algo por esto. Puedes irte, claro está, es tu decisión y debe ser respetada pero no te sientas con derecho a criticarlo todo, cambia el tema por lo menos, para ti es algo más de qué hablar, para mí es la vida ¿recuerdas?
Como un macho apenas civilizado da un puñetazo en la mesa y todos nos miran. Ríe, goza su masculinidad excesiva:
–Me gustas, eres una chiquilla salvaje. Así es como te veo: tú despeinada y descalza corriendo por el medio de la calle, libre…
Tiene razón, esa soy yo, en alguna de mis versiones.
Luego de la cena caminamos por la avenida del puerto. Después de un largo e incómodo silencio me pregunta si quiero pasar la noche con él, entonces lo beso. Insiste en hospedarnos en el Hotel Ambos Mundos pero es inútil, si no estamos casados no se puede. El carpetero nos recomienda un negocio privado. Nos alquilamos en una casa de la Habana Vieja. Nuestra primera noche juntos.
–¿El señor de dónde es?
–Canadá.
–Vaya, parece cubano. Habla tan bien el español.
De mí no preguntan nada. Yo soy: la puta. A las putas no se les pregunta de dónde vienen.
La habitación es muy pequeña pero al menos está climatizada. Hacerse el amor a medio desvestir, amar lo que esconde la ropa, lo desconocido, la forma sugerida que no se conoce a ciencia cierta. Caerme dentro de un perfecto desconocido, un hombre musculoso con un pene exquisito que hace interminable la noche. Desnudarlo por fin, amar todo el mundo que ha visto y que ahora está sobre mí, provocando otro orgasmo. Después la madrugada, su sueño tranquilo y yo espantada al ver su rostro de cerca, un rostro que parecía abrir los ojos en cualquier momento y descubrirme. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo llegué? Este hombre de rostro duro y piel oscura me inspira temor… tengo miedo.

Pido vacaciones en el trabajo y él alquila una casa en la playa, nos vamos los dos solos. Sentados frente al mar, viendo caer la tarde interrumpe mis pensamientos:
–Estoy enamorado de ti.
–Eso no es verdad.
–¿Cómo puedes ser tan fría? ¿Cómo puedes hablarme así?
–Porque es la verdad. Nos gustamos y tenemos algunas cosas en común pero enamorarse, enamorarse es otra cosa. Vivo en un país de ciegos voluntarios y no quiero ser uno más. En realidad lo que me gusta es lo que el capitalismo hizo contigo. Si vivieras aquí no nos hubiéramos acostado nunca. Tú no abrirías la puerta del auto ni tendrías maneras elegantes al sacar tu billetera, serías un muerto de hambre igual de machista y sin ninguna educación.
–Puede que tengas razón pero no sucedió así. He triunfado, tengo mucho dinero y estoy enamorado de ti.
–Eso no es verdad. Tú lo que estás es completamente solo. Ahora tienes casa, comida, vives bien y viajas a dónde te da la gana pero estás solo. Nadie te abraza en las mañanas al despertar, nadie se alegra de que existes. Eres tan pobre, o más, que yo. Necesitas a alguien y lo necesitas ya, eres un hombre desesperado.
Me deja en la orilla y se va a comprar unas cervezas. El agua llega hasta mis pies y luego se regresa. El mar tranquilo me hace pensar en los cuerpos que esconde. Tanta gente, en su afán de tener todo lo que él tiene ahora, se lanzó al mar y nunca llegó, tampoco regresó.
Habla de él, de cómo es su vida allá, lo que es capaz de hacer por una mujer. Quiere darse a conocer a toda costa, pero no me lo creo. Nunca sabré cuál será su reacción en el momento que yo no pueda atenderlo porque estoy escribiendo, estoy escribiendo y no quiero que nadie me mire, ni me hable. Nunca sabré qué pensará cuando yo deje los platos sucios hasta el otro día en la mañana, o no me peine porque no tengo ganas, o quizás, ese día, no sienta deseos de hacerle el amor o de decir: te quiero. Para conocer eso tendría que irme y me asusta la idea.
¿Hay algo que desees comer? ¿Algo que te guste mucho y no comas hace tiempo?
–Nada.
Trata de calmar su hambre del espíritu saciando mi hambre del cuerpo. Somos dos hambrientos. Ninguna respuesta acudió a mi mente. De pronto pensé que comer, como dormir, es un estorbo, una pérdida de tiempo, si no es porque el cuerpo necesita recargar sus energías yo podría prescindir de ambos actos. Sé la respuesta que darían muchos conocidos: langosta, helado, canelones, chocolates, hamburguesa. Y yo respondí: nada.
–¿Nada?
¿Acaso salvar el cuerpo salva la mente, o al revés?
–Nada.
Pero sí le hice el amor. Le di placer porque él lo necesitaba y me excité con la idea de dar todo lo que tenía por dentro a un hombre desesperado y solo, un hombre al que nadie espera, como yo: los no-esperados.
Los días pasan rápido, las conversaciones se acortan, solo hacemos el amor y nadamos en las tardes, desnudos, cuando hay poca gente en la playa. Me dice que quiere llevarme con él, pero no pregunta si yo quiero irme. Me habla de lo que exige a cambio, no me pregunta lo que yo deseo. Habla de su dinero, no voy a pasar trabajo pero no sabe quién soy.
–Si algún día me voy de este país será por mis propios medios, no quiero deberle nada a nadie, yo puedo hacerlo sola.
–Tienes que aprender a recibir. No hay nada malo en recibir si la gente te ofrece cosas de corazón –aprieta con fuerza el asa de la maleta y me habla por última vez–: Te quiero mucho, ven conmigo, por favor.
Llora como un niño. Lo abrazo. Amo el dolor que siente, amo la soledad que le obliga a reconocerse frágil delante de mí. Solo en ese momento es él verdaderamente y entonces lo amo porque en ese instante efímero: es solo un hombre.

[1] Este personaje lo conocí por chat. Es cubano y vive en Canadá desde hace algunos años. No conté el verdadero comienzo de la historia porque es exactamente como sucede en las películas y, ¿quién se creería algo semejante como para terminar de leerlo?

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