Decir “buenos días” en La Habana

[En aquel abril de 2014, después de hablar de celulares, juguetes y telenovelas y generar cierto revuelo de comentarios –unos publicados anónimamente, muy pocos dichos de frente y otros por detrás del telón–, como suele suceder en estos casos la editora me dijo: afloja, mamita, afloja. Escribe de algo menos polémico. Escribe… como si llegaras de unas buenas vacaciones. Hoy, al leerme esta entrega, me siento feliz. En casi tres años que han pasado desde que la escribí mi cuenta arroja un saldo nada despreciable de personas que dicen buenos días, gracias, por favor, tenga usted un buen día, al subir al almendrón, al entrar a la oficina de trámites, al marcar en alguna cola. Señal de que la campaña en los medios y la valla que habían colocado en la Ciudad Deportiva –lástima que la quitaran– demostró que entre “las gracias por los buenos modales” y “la lucha por los buenos modales”, la primera palabrita puede más.]

 

Decir “buenos días” en La Habana

 

Este lunes mi letra de molde amaneció repartiendo “buenos días”. Mi padre, sin dejar de revolver el café, me los devolvió con un besito en la frente. El mensajero me sonó dos veces seguidas el silbato. Algunos en la parada me miraron como diciendo ¿ella está bien? y el que vendía jabas en la panadería, al ver que no iba a comprarle, tampoco me respondió, pero el panadero sí: “A ti te doy los buenos días y la vida entera, muñeca…”

Un pionero soñoliento, por toda respuesta, me miró con intranquilos ojos de “no se habla con extraños” mientras la viejita con bastón hasta me abrazó después de cruzarle la calle. Los adolescentes demoraron en responder, dudando si no sería yo una profe que los agarró llegando tarde para la primera clase, pero al menos, reaccionaron.

Por la acera uno se quitó los audífonos y, al ver que efectivamente no me conocía, con gesto molesto prosiguió su camino mascullando algo feo entre dientes. Buenos días, paré en seco al custodio del hospital cuando me recibió a la entrada con aquel horrible: “oye, tú, ¿adónde vas?”

Buena pregunta: ¿Adónde van -se han ido- los “buenos días”, los “permiso”, “por favor” y “gracias” en los últimos tiempos? –rumiaba anoche, medio dormida, mi letrica de molde. ¿Permutaron estas y otras frases de cortesía hacia algún lugar de la indolencia? ¿Emigraron al país de nunca jamás?

No lo creo si reconocemos que, para el visitante extranjero, siempre hay una frase de cortesía allí donde para el cubano a la una, a las dos, a las tres veces que le di los buenos días a una dependienta que hablaba de tintes con una amiga, fue que me atendió y al darle las gracias, me reviró los ojos evidentemente por haberla “interrumpido”.

Por su lado el güagüero, ceñudo y escéptico, casi me gritó: “¡Niña, ponte de lado y avanza, que la guagua está vacía allá atrás!”

Y sí, con este arduo batallar de la realidad económica cotidiana, con este “ponte de lado y lucha tu espacio” tan necesario para dar un paso más, no nos percatamos que el fondo de la guagua y de las buenas maneras para con el otro, -da la casualidad que ese otro es nuestro coterráneo-, se nos han quedado vacías en plena cara. Eso mismo: como-una-galleta-sin-mano.

Por suerte, cuando le regalé un caramelito al pequeño sentado frente a mí, la mamá le dijo: ¿qué se dice, nené? Por suerte, anoche vi en televisión un spot que llamaba a conquistar el estilo propio graficando “permiso”, “por favor” y “gracias” como modernos graffitis callejeros. Por suerte últimamente he escuchado decir a choferes, dependientes, vendedores ambulantes: “gracias a usted, que tenga un buen día”.

Seamos sinceros, reconozcamos que las buenas prácticas sociales, así como las diferencias, las vamos haciendo nosotros mismos. Tantas veces como suena el teléfono de casa y escucho esa maleducada voz que, más que presentarse, ordena: ¿Quién habla ahí? Y yo recobro el aliento para, con impostación delicada y soberana, responder: “Buenos días, ¿con quién desea hablar usted?”

Pero, ¿cuándo fue que torcimos el camino y estas frases devinieron lugar común, oración que sobra, pérdida de tiempo porque “total, nadie contesta cuando uno da los buenos días”? Digo, porque según mi madre tiempo atrás no hacía falta conocerse para saludar una vez llegados a la sala de urgencias del policlínico, a la parada de la guagua, a la cola de la panadería.

Paciencia, la (re)alfabetización es un proceso lento, dice mi letra de molde cuando la que cuida el guardabolsos, el vendedor del kiosco o en la farmacia me dicen: “Mi amor, enseguida te atiendo”, “Mami, ¿qué tú querías?” o “Dime, mi vida”. Gracias damos en silencio porque nos atienden y sí, sonríen, pero en serio… ¿mi amor?, ¿mami?, ¿mi vida?

Paciencia, repite ahora mi subconsciente mientras voy llegando a mi destino. Pago diez pesos al chofer que ni baja el volumen del reagueaton ni escucha mi agradecimiento, en cambio un muchachito que ha bajado antes me extiende su mano. Aunque no la necesite para bajar, me apoyo en él y sonreímos ambos –aunque por motivos distintos. “Gracias”, le digo cuando amaga con ponerse el audífono otra vez, “buen lunes para ti”.

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