Si por lo menos la telenovela cubana…

[Otra de mis letras incómodas, publicada en abril de 2014. La verdad, pensé que a estas alturas esto sonaría desactualizado, ya no haría falta, tomando en cuenta que acaban de transmitir “Latidos compartidos”, novela que estuvo bien realizada, amena, esperable y más, con el logrado personaje de Luz Marina (Ariana Álvarez), entre otras actuaciones loables. Por el contrario, la que están pasando ahora mismo -de cuyo nombre no quiero acordarme- parece un chiste mal contado, entre otras cosas peores. Me bastó capítulo y medio para comprobarlo y apagar el televisor. De modo que esta letra, lamentablemente, vuelve a cobrar sentido.]

Si por lo menos la telenovela cubana…

 

Este lunes la pregunta va doblemente en serio: ¿alguien ve la telenovela cubana? No hace falta que respondan, lo hago yo misma: la mayoría del pueblo cubano. Abuelas, padres, jóvenes, amas de casa, mujeres y hombres trabajadores que al otro día comentarán alguna escena en plena oficina, a la hora del almuerzo, en la parada de la guagua, en el puestecito de viandas.

Incluso, incorporarán a su lenguaje cotidiano la frase recurrente de algún personaje –para ridiculizarlo o por espontánea simpatía-, como el involvidable “Oh, Charito”, de Armando Tomey, el “Dime algo, Fernández”, de Edith Massola y el tan popular “Te atreves tú”, de una actriz cuyo nombre ahora no recuerdo. ¿Se acuerdan?

En un currículum que ostenta honorables títulos como “Sol de batey”, “Tierra brava” y “Cuando el agua regresa a la tierra”, entre otros, si repasamos los aciertos en orden cronológico, al llegar a nuestros días, veremos languidecer penosamente el bregar de la soap opera cubana hasta llegar a un producto de dudosa calidad que, desde hace varios años, se enfrenta al espectador escéptico que ella misma generó.

Son cada vez más los que –por este y otros motivos/programas- han abandonado la práctica televisiva, otros que deliberadamente usan el mute o le tiran la chancleta a la pantalla, ofendidos por la simplicidad de las tramas –entre otras simplicidades. “Escribe de eso a ver si se enteran de lo que piensa la gente”, me dice la vecina y mi letra de molde sale con otra de sus preguntas: ¿la telenovela cubana sigue siendo hoy un acontecimiento esperado y feliz?

Esperado, sí. Feliz, no.

Esperado porque la hora de la telenovela, cubana o no, es “sagrada” y de tan extendida práctica que hasta puede convertirse descansadamente en momento oportuno para enamorados en apuros, rateros, tráficos ilícitos, custodios bajando la guardia y puertas cerradas a cal y canto. Es la hora en que tenemos transitables calles desiertas porque, para decirlo en cubano, todo el mundo se recoge.

“El público cubano le exige mucho a la telenovela cubana, pero no hace lo mismo con la brasileña”, escuché decir a cierto crítico –me reservo el nombre-, hace unos días, en televisión. ¿“Error” que “justifica” el otro error? Saquemos en silencio nuestras propias conclusiones. O mejor, vayamos a la gran pregunta que todo aquel que trabaja para un público debería hacerse en principio: ¿qué busca el cubano en las telenovelas?

¿Se busca a sí mismo, su tiempo, su gente, su país, sus costumbres, sus problemas o todo lo contrario? Así me soltó el chofer de un almendrón: “me gusta más la brasileña, porque aunque sea una bobería, la gente se ve linda, las casas son lindas, hasta los malos son lindos y los enamorados se casan al final. Mira, chica, para ver problemas no, para eso salgo a botear todos los días. ¿Tú me entiendes?”

Lo entiendo, aunque hay otros que apuestan por esa función social formativa de la novela, lo entiendo. Más porque en estos tiempos donde el esparcimiento remonta cada vez el precio de su vuelo y los problemas del de abajo tardan tanto en resolverse, el espacio de telenovelas es para muchos el momento único de despegar los pies de la tierra, relajarse después de fregar los platos, reunirse con la familia, olvidarse de que al otro día hay que enfrentar nuevamente la “batalla” diaria.

Esperada será entonces y, a pesar de todos sus defectos, consumida, pero no dejemos de ir al otro extremo y mirar a los ojos de productores, directores, guionistas, y la casa productora de telenovelas, únicos responsables de estos sospechosos productos televisivos.

¿Habrá realmente una intención artística, social, respetable detrás de estas realizaciones? O es simplemente ese ser conocidos –ya que no “reconocidos”- públicamente, ese (re)llenar un espacio en la programación. ¿O será que hay que sacar a toda costa la rodaja-pan-nuestro-de-cada-día de ese presupuesto de rodaje?

No, aunque esté de moda presentarla con bombos y platillos haciendo ver que –al menos- el equipo de realización la pasó de maravillas y aquello fue una gran fiesta “en familia”, para la familia cubana, la que más debería importarles y que espera silenciosa –ahora resignada- desde el hogar, la telenovela cubana no es hoy un acontecimiento feliz.

Es todo lo contrario. Es el penoso “imagínate, no hay nada más para ver” de mi vecina cuando le pregunté su opinión al respecto, “es un horror, pero bueno, en algo me tengo que entretener”. Precisamente para entretenernos a todos, algunos –no pocos- sacarán a plena luz del día la oreja peluda de la falta de presupuesto.

¿Y con qué presupuesto se filmó la respetable realización de ciertas novelas como “Bajo el mismo sol”, que hasta se montó en el carro moderno de la entrega por temporadas y, mejor o peor, retumbó en temas polémicos que llegaron, entre otras resonancias personales, hasta un “Vale la pena” de Calviño?

Digan lo que digan, cuando se quiere, se puede –dice mi vecina y la veo arrastrando los pies porque tampoco hoy alcanzó papas, no le alcanzó el retiro para el mes ni le alcanzó la paciencia para las guaguas. No le alcanzan los dedos de las manos para contar las veces que, decepcionada, apaga el televisor. No le alcanzarán los años para ver esa Cuba mejor que siempre está al llegar y me dice: Ay mi´ja, si por lo menos la telenovela cubana…

Anuncios