La noticia

[Este cuento también es de principios de 2007 y ya perdí la cuenta de las versiones que he escrito desde entonces. Raro en mí, porque no soy muy dada a la reescritura. Hay algo en el cuento que se me resiste, o quizá es que la idea -a veces nos pasa esto- me llegó cuando todavía no tenía lo que hace falta para ponerlo en blanco y negro. Luego pasó a ser un ejercicio divertido, al que me regreso a cada rato.]

La noticia

 

El amo: Allá arriba estaba escrito que
alguien aquí abajo escribiría nuestra historia
y me pregunto si la ha escrito bien.
¿Tenía talento, al menos?

Jacques y su amo
Milán Kundera

Una emisora cualquiera y, con la mano temblorosa, le da un poco más de volumen. La cafetera sobre el fogón. En la radio están hablando ahora de la noticia, no hacen más que repetirlo desde ayer. Qué fastidio. Con su dedo índice y apenas sin mirar, mueve el dial buscando algo de música pero no tiene caso –pero-es-inútil–, solo la estúpida noticia por todos lados. Se queda un rato mirando el fuego azuloso que sube y le calienta el culo a la cafetera y se da cuenta de que la ha cerrado mal otra vez, porque empieza a gotear el agua por el medio, como siempre. El vapor hace un ruido continuo, una queja sin voz ni voto hasta que por fin comienza a colar. Ya sabe que no se llenará el depósito, a lo sumo, dará dos tazas. Ahí va la noticia otra vez. Sentado a la mesa le asalta todavía la pereza del cuerpo, ese despertar que todavía es sueño, que da tantas ganas de pasarse las manos por la cara para borrar la modorra pero mejor no lo hace, mejor no, teme olvidarse de las orejas y tocarlas sin querer. Si se desprenden es el fin, no hay vuelta atrás, nada que hacer. Michina llega con la maletica de arreglar las uñas, la coloca al lado de la taza, sobre la mesa. Bebe el café a sorbos pequeños, sin mirarlo siquiera, como quien tiene algo más importante en qué andar pensando. Sin decirle un buenos días.
–¿Tan temprano? –la pregunta de él suena un tanto ingenua.
–Sí, tengo muchos arreglos hoy.
Michina da un portazo tras de sí. No lo ha mirado de frente porque sabe que las orejas de él se ven mal, muy mal. Hace meses que no es capaz de mirarse al espejo, y sabe que deben lucir horribles. El pelo está largo –pero-es-inútil– pero no lo suficiente como para taparlas. Temprano, sí. Ella lo abandonará. Lo sabe. Como hace todo el mundo, más tarde o más temprano: se irá.
La canícula es peor cada año que pasa. La canícula, la espera, los edificios que se ven desde este balcón. La gente que pasa temprano al trabajo con unos treinta y ocho grados Celsius –pero-es-inútil- la canícula sigue, el trabajo sigue y el único alivio es sentarse delante del ventilador. Por eso el cuarto de Michina tiene aire acondicionado. La canícula, los edificios, el gordo de la esquina que pasa cerca y lo mira con insistencia. Está más que claro que intenta verle las orejas. Ahora va y le cuenta el chisme a todo el mundo: que-es verdad-lo-que-se-dice, que si las tiene así, que si las tiene… –pero-es-inútil-en-Cuba-es-así. La canícula, la noticia, la espera, hasta que por fin Norah Jones Come away with me… sube un poco más el volumen come away y pasa el trapeador así cuando Michina llegue cansada de tanto trabajar todo estará limpio y recogido. Tal vez cocine papas al horno, o el gordon blue que tanto le gusta. La canícula, el trapeador, Norah Jones y alguien que toca a la puerta. Pero no es un vecino con algún pretexto estúpido para verle las orejas, no, cuando abre la mirilla ve a Baby haciéndole una mueca. Orejas abajo y lengua afuera. Quién pudiera. Seguro trae los blumers que le encargó Michina.
–¡Qué, de limpieza? ¡Verdad que Michina tiene una suerte! Ya quisiera yo… –Baby lo empuja, no le importa el piso mojado y entra.
¿Qué quieres, Baby?
Trae jeans, gafas, blumers, un secador de pelo, tintes, el último champú que salió al mercado, una máquina podadora de bolsillo, un exprimidor de naranjas, aceite de motor, un pedal de máquina de coser y tres libros: El Antiguo Testamento, La inmortalidad y El señor de las moscas. Basuritas en los zapatos. Aquí no va a vender nada y la ayuda a guardar todo aquello. Otra vez el trapeador para borrar las huellas de Baby, ¿Gordon Blue o papas al horno? Mentiras piadosas canta Sabina mientras cáscaras-afuera-pela-las-papas y enciende el horno. Horno caliente. Si algo no ha podido soportar nunca es la mentira, ante todo prefiere –cáscaras-afuera-pela-las-papas– que le digan la verdad, por dura que sea. Por eso se lleva bien con Michina –horno caliente–, y si ella cree que sus orejas están cada vez más horribles pues se lo dice y punto, no hay más que hablar. Ahora, eso sí, sabe que no debe tocárselas –cáscaras-afuera-pela-las-papas–, si se desprenden es el fin, no hay vuelta atrás, nada que hacer. Están dando la noticia otra vez, quizás dentro de un rato digan algo interesante. –horno caliente–, sale al balcón. La gente camina por la acera. Bella ciudad, aún sucia es una bella ciudad. ¿Qué pasará si la temperatura sigue subiendo? Un negocio de hielo no estaría mal, verdad-que-el-cubano-se-la-inventa-en-el-aire.
Michina cruza la calle y entra al edificio, trae una bolita de fango en la suela de los zapatos. Apenas sin mirarlo, va directo a sentarse en el sofá.
–¿Y eso? –le pregunta mientras lo ve trapeando las huellas frescas.
–La canícula –dice él exprimiendo la colcha, encogiéndose de hombros, reconociendo que Michina no se atreve a mirarlo de frente.
–Tú lo que necesitas es salir a la calle a luchar lo tuyo.
Michina no cree en los efectos devastadores de la canícula. Para ella solo existen pomos de pintura de uñas, acetona y dinero a cambio. Gafas Calvin Klein y ropa deportiva Adidas para mantener su cuerpo sano y joven haciendo aerobios.
–¿Baby me trajo los blumers? –la pregunta suena un tanto dictatorial.
–No, no traía de los que te gustan a ti.
–¿Y “La inmortalidad”… ya la vendió?
–No, todavía no.
–Quizás con la ganancia de hoy pueda comprarlo. Aunque también me interesa el exprimidor de naranjas; no sabría decidirme por una de las dos cosas.
Así es Michina, por eso la quiere tanto. Es una bella mujer, sí, eso, una bella mujer. A Michina no le gustan los animales domésticos, ni las guaguas, ni los niños; en cambio le gusta leer aunque después no se acuerde de muy poco –solo-del-título-del-libro–; adora el gel de baño y los letreros de las calles, las señales del tránsito; le gusta saber por dónde va y cuánto le falta para llegar. Michina camina demasiado, luchando, por eso él le masajea los pies cuando llega de arreglar uñas en la calle. Sus clientas son las mejores del barrio, gente de dinero.
–Te hice papas al horno –la frase suena un tanto servil, en voz baja mientras le masajea los pies.
–Sírveme, sírveme ya, tengo que irme. Me faltan dos tintes y un arreglo de pies.
Michina come –cáscaras-afuera-pela-las-papas-papas-al-horno–, y sale otra vez. En la radio Sabina canta la Balada del abandonado con esa voz de borracho sin remedio, luego la noticia, luego dormido en el sofá gravita sobre la esquina más concurrida de la ciudad. Hay gente caminando hacia todos lados. El cine, la heladería, el hotel… todo lleno. Oye sus pensamientos mientras avanzan, todos los pensamientos a la misma vez. Voces entrecruzadas: –horno-caliente-gente-que-sale-y-entra-del-horno. Abre la puerta del horno y los cuerpos se detienen: un brazo arriba, la pierna derecha amagando con un paso al frente, la mirada hacia ninguna parte… –nadie-sale-del-horno– desciende y se mezcla con la gente, tropieza con algunos pero no se mueven, se quedaron inmóviles, muertos –horno-caliente–. Observa sus cuerpos: viejos, niños, hombres, gente… la misma expresión siempre. Miles de cuerpos atravesados por el calor, miles de cuerpos unidos en un solo rostro y una sola queja. El calor va a hacer mierda esta ciudad –horno-caliente–. Cierra la puerta del horno y todos comienzan a moverse otra vez. Un hombre se detiene en la esquina frente al cine y comienza a gritar, desesperado, se arranca la ropa hasta quedar desnudo completamente. Vienen unos policías y le lanzan varios cubos de agua al pobre infeliz que ya no grita, solo llora acostado y desnudo sobre un gran charco de agua mientras la gente se aglomera a su alrededor, –la-gente-murmura–: el calor va a hacer mierda esta ciudad…
Un toque a la puerta, dos, tres. Alguien toca a la puerta y lo despierta. Alguien que es Baby otra vez. Le trae los blumers a Michina y además una minilavadora portátil, bolas de estambre con un gato de goma (un gato negro), monederos de camuflaje, unos binoculares, un juego de té, un par de patines de cuatro ruedas y un libro de recetas de cocina de Nitza Villapol.
–Déjame los binoculares –dice él y se le corta el bostezo.
–Está bien, después me arreglo con Michina. ¿Te enteraste de la noticia?
¿Quién no sabe la noticia? No hacen más que repetirlo en el radio, en la televisión, en todos lados. Esta vez trajo los zapatos limpios. Cierra la puerta. Nunca antes se había alegrado con la visita de Baby. Siempre deseó tener unos binoculares ¿Para qué? Para curiosear –para-mirar/ver-la-vida– las calles, la gente, por la noche, husmear a través de las ventanas de los edificios, pero sobre todo: para mirar el parque. Guarda el trapeador porque esta vez no hizo falta, y conecta el refrigerador que empieza a hacer un ruido extraño, seguramente es por el tiempo que lleva sin funcionar.
La canícula, la noche, el balcón, pero Michina no llega. La busca desesperadamente con los binoculares. Nada, ni rastro. ¿Se habrá desmayado en la calle?, con este calor nunca se sabe. No la ve por ninguna parte. En el parque no hay nadie. Es tarde, piensa y lejos de molestarse se le ocurre prepararle una sorpresa. Descuelga los cuadros de las paredes y empieza a escribir letreros. A Michina le gustan los letreros, sobre todo los que indican una ruta, los que dicen la cantidad de kilómetros que faltan para llegar –que-faltan-para-llegar–: COCINA 3m; (Curva ligera) RadioNOTICIA 0,25m; BAÑO 2m; (reducir la velocidad por el hall) CUARTO 3m; evite accidentes, velocidad máxima: una loza de piso por segundo (1lp/s); si se recuesta a la baranda del balcón no-nos-hacemos-responsables…
Pero Michina no llega, ¿llegará o no llegará? ya debería de haber llegado. Quizás no vuelva más. Lo sospechaba, sabía que en algún momento se cansaría de mantenerlo, se cansaría de él… –no-nos-hacemos-responsables–, y de esas orejas horribles. A lo mejor se fue a vivir a otro lugar, en Cuba siempre… Es mejor así, si algo no soporta él es la mentira. No puede contenerse, ya no tiene ningún sentido fingir que no lo necesita. Si no lo hacía antes era por ella, total, como si las orejas se le fueran a arreglar dejando de hacerlo. Se para en el balcón con los binoculares y hace un poco de tiempo observando la gente por la calle; las casas, las ventanas de los edificios, abiertas por el calor. La gente mira el televisor atentamente –la espera-de-balcón–, oyen la noticia otra vez. En el parque el vigilante corre detrás de esos muchachos que se dispersan en la esquina, gente que aprovecha la oscuridad del parque. La canícula, la espera, la noticia, la madrugada. Solo queda una ventana abierta en el edificio de enfrente. Un viejo sentado en un sillón oye la radio, sus manos petrificadas sobre el bastón y la barbilla apoyada sobre las manos: parece muerto. Un viejo disecado oyendo atentamente la noticia en la radio, se cansó de esperar y se-murió-allí-mismo.
¿Y qué? Le dio la gana de morirse… –¿y-qué?–
Se decide a entrar finalmente. El refrigerador debe estar listo. Saca las parrillas de metal y se acomoda dentro, en cuclillas. Cierra la puerta sin dificultad, es un refrigerador bastante grande. El frío le recorre el cuerpo. Apenas se mueve. Hacía mucho tiempo, desde que Michina se lo pidió aquel día en que amaneció con las orejas duras y la sangre se le empezó a coagular primero para después ponerse negra, muy negra. Se siente bien. Después de todo, es mejor que se haya ido, con él estaba perdiendo el tiempo. El ruido del motor lo adormece, cruza los brazos para evitar tocarse las orejas. Si se desprenden es el fin, no hay vuelta atrás, nada que hacer. Va entrando en el sopor mágico del sueño mientras, a lo lejos se escucha la radio… están dando la noticia.

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