Making of (8) ¿Tú siempre fuiste tan puta?

—¡Para el carro! —gritó Amelia.
Ya el chofer estaba curado de espanto y le obedeció sin chistar. Amelia corría junto al auto y el chofer avanzaba despacio junto a ella. El tráfico en la avenida disminuyó tímidamente primero, luego agresivo comenzó a sonar cláxones, a proferir gritos a favor de Industriales, una lata de cerveza vacía pasó rozando su espalda. Casi. El chofer se había detenido unos metros más adelante y la esperaba con el anhelo de que esta vez se montara finalmente y dejara de formar todo aquello. Pero ahora Amelia estaba haciendo planchas sobre el asfalto, los brazos le temblaban por el esfuerzo así es que continuó con las cuclillas descompasadas perdiendo el equilibrio a cada intento. El chofer la miraba por el espejo retrovisor, cuidando de ella desde la distancia y preguntándose qué se habría metido esta vez para reventarle el cuerpo de aquella manera. Fue entonces cuando Amelia la vio. Dicen que los caminos no se cruzan por gusto, que cuando las líneas del destino se mezclan de esa manera hay que vivirlo porque se viene a este mundo solo una vez y es preciso tener cojones suficientes para vivir el presente como Dios manda. Por eso se levantó, por eso fue con todo lo que tenía hasta la ventanilla del conductor, se sacudió el polvo que podía haber acumulado en su demostración y medio cuerpo hacia dentro por la ventanilla recostó la cabeza sobre el timón.
—Cántame —le dijo y su voz sonaba como si estuviera de vuelta a la caja de su pecho—. Cántame como si no fueras hija de quien eres. Como si fueras una desconocida que canta bajo la ducha… Yo soy tu escenario. Prometo que no le digo nada a tu papá… ni a tus hermanas…
La otra se sonrió y dejó ver esa expresión que suele tener en sus ojos, que no le deja a uno enterarse, que no se sabe si es timidez o indiferencia, pero resultó una mezcla de lo primero con algo más y entonces puso la mano sobre el asiento a su lado y Amelia, a pesar de toda su carga, entendió. Le hizo una seña al chofer que arrancó inmediatamente, aliviado, y se perdió en un giro a la esquina siguiente. Amelia le dio la vuelta al auto y, obediente, se sentó.
Ella cerró las ventanillas, veintiséis arriba hacia Nuevo Vedado. Entrecruzaron los dedos sobre la palanca de velocidades y no dijeron palabra alguna, salvo cuando llegaron frente a los venados, porque a Amelia se le metió en la cabeza que ella cantara frente al zoológico. Allí, la hija de papá cantó bajito, con esa dulzura de que es capaz, cantó solo para ella. Luego fumaron largo rato, porque ella es hija de papá y los hijos de papá en este país siempre tienen yerba, mucha, y nadie sabe de dónde la sacan. Así.
No lo hicieron en aquella casa porque Amelia insistió, y ganó. Avanzaron despacio veintitrés, dieron dos vueltas al malecón, las calles de Centro Habana lucían milagrosamente inofensivas detrás del parabrisas. Cualquier cosa servía para estirar la noche.
—Esto te pertenece —susurró Amelia alcanzándole la G-Star Raw Notes con carátula negra llena de apuntes de canciones, listas de músicos que irían a alguna que otra gira y el orden de las canciones que tenía montadas para aquel día en El Sauce cuando Amelia se encontró la libreta, descuidada sobre una de las mesas. No pudo contenerse y se la llevó a casa. Miró los dibujos atentamente, leyó hasta el cansancio las frases de amor: D… te extraño mucho papi… tengo ganas de abrazarte y besarte ya… Martes, nueve y media, Radio progreso, Miércoles, mediodía, ICRT, DVD con video en alta resolución para Tele Sur, Gira, México, Gira Nacional, catorce provincias… GRAMMYS…
—No sé tú, pero yo no puedo aguantar más —dijo Amelia y se le acercó sin darle tiempo a estremecerse o a salir corriendo o a alegrarse o a avanzar ella también, por qué no.
Era húmedo, suave, la lengua penetró juguetona y tímida. Cayeron al suelo dos blusas, dos ajustadores, dos pantalones y dos blumers rodaron caderas abajo hasta descubrir dos triángulos apuntando al suelo, uno de ellos penetrado súbitamente por una lengua larga, esponjosa, fértil de saliva. Uno de los cuellos se quebró hacia atrás y de la boca salió un gemido seco.
Templaron delante de los santos, sin pedir permiso:
—¿Qué sientes cuando clavas una mujer? —y un dedo penetra esa voz que quiere saber tanto, hurga dentro de sus cavidades rugosas, mojadas—. Disculpa, es que me gusta hablar mientras hago el amor. Si te sientes incómoda con alguna pregunta tú solo dime —Amelia se sonríe al escucharse a sí misma— y te hago otra.
La otra no pudo evitar reírse, también le daba risa pero el motivo real era que no encontraba respuesta para su pregunta, o quizás no una excitante como se esperaba de ella. La palabra que le venía a la mente era cursi, totalmente inapropiada para el momento. Por toda respuesta le abrió bruscamente las piernas y empujó todo su sexo hacia adelante.
—Qué rico te mueves —susurró Amelia con los ojos cerrados-, no pares.
Y la otra cayó en un trance exagerado, se sentía un hombre. Era muchos hombres penetrando esta mujer debajo. Presionó los hombros de Amelia para fijarlos a la cama y la embistió con hosquedad. Le rechinaron los dientes, estalló la cabeza pero al sentir unas enormes ganas de golpearla se dijo que ya había sido suficiente hombre por una noche y dejó que la otra ganara terreno en el lecho alzándola hasta colocarla abierta sobre sus piernas. Y se dejó hacer. Por delante, por detrás con el otro cuerpo a todo lo largo de su espalda. Dos sudores, dos cuerpos, dos gemidos que ahora eran, por fin, solo uno. Encendió el cigarro y solo entonces se atrevió a preguntarle a Amelia:
—Chica… ¿tú siempre fuiste tan puta?
—Siempre fui así, allá el que no quiso ver las cosas como son en realidad. Te explico, si el cartel dice Topografía, yo leo Pornografía, Foto color será para mis ojos Toto color, Telas en rebaja, este es mi favorito, Tetas en rebaja. Es serio, no te rías. Recuerdo que de pequeña no había ser humano que me hiciera tener el blúmer puesto por más de dos minutos. Me vestían linda, con vestiditos hechos por mi abuela Antonia. Me dejaban sentada en el portal, o en frente del televisor viendo los muñequitos, o en el corral. Poco tiempo después venían a revisarme y ni rastro del blúmer. Yo lo escondía y no se daban cuenta hasta que no venían a revisarme. Porque yo me quedaba tranquilita, sin moverme, sin dar motivo a un regaño pequeñito siquiera. A veces les llevaba tiempo encontrar el blúmer, ese símbolo del recato y la decencia. Era tan pequeño que cabía debajo del colchón, bajo la tierra de una maceta o en alguna cazuelita de juguete. A la única que no le hacía gracia aquello era a mi abuela. Fue tanta su preocupación que me llevó a varios psicólogos, hasta un espiritista, por si acaso era un muerto de mala vida que se me había encarnado al nacer. No hubo remedio, yo lo seguí haciendo cada vez con mayor frecuencia. Nada… que eso de quitar blúmeres siempre fue lo mío.

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