Cojímar

[Este post lo dediqué a la calle donde nací. Cada vez que regreso se me hace un nudo en la garganta. La recorro lentamente, para que no se me acabe. De solo pensarla me pongo triste. La gente no entiende muy bien lo que me pasa, me miran un poco raro, como asombrados: ¿lloras? Y yo siempre digo: para nada. Es que los ojos me están sudando de la emoción.]

Cojímar

 

Nací en Cojímar. En esta callecita que sale al bar La Terraza, adonde Hemingway se sentaba a hablar con el viejo. En mi pequeña casita no había mucho lugar, pero cuando yo nací todos se pusieron alegres. Yo tuve una abuela postiza que me cantaba décimas y me picaba en rueditas el plátano fruta para servirlas sobre los frijoles negros colados. Mi televisor era una maravilla en blanco y negro. Corrí y me jalaron las orejas por sobre los muros que limitan a aquella edificación inmensa que conocíamos como la Quinta Aguada, una casona vieja -frente por frente a mi puerta- que hoy tiene más de cien años y se está cayendo a pedazos. Entre el romerillo que siempre le creció tanto salvaje como silvestre, me inventé todo tipo de historias de tesoros y piratas y jugué a los escondidos entre los recovecos naturales de sus muros. Por las escaleritas junto a La Terraza bajaba a tirarle piedritas al agua con olor a pescado de la bahía. En el malecón me bañé tantas veces y recogí piedras y observé el mar. Desde ese mismo malecón, años después, en otra visita como esta, vi las balsas luchando contra las olas, metiéndose más y más adentro del mar, sin pensar que ese mar también podía ser la muerte. Me hicieron historias de la gente que vivió en el torreón, de la pesca de la aguja, del muelle y sus pescadores. Cojímar hoy luce algunas de sus zonas descoloridas y roídas por ese salitre constante, otras, lucen renovadas por negocios privados que ofrecen comidas, souvenirs, música callejera. Pero mi calle sigue siendo tranquila, sigue oliendo a aire limpio y a sol, sigue con ese cielo amplio robándose el horizonte y haciéndome pensar que todo es posible, todo.

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