Making of (6) Venceremos

 

Eran las cinco de la mañana. El reloj había sonado las tres veces correspondientes y ya no podía quedarse más, no podía, de lo contrario llegaría tarde al almacén. Al estirar los brazos descubrió un cuerpo a su lado y al instante reconoció los rizos negros desparramados sobre la almohada. Suspiró inconforme y se levantó en silencio y luego de una ducha caliente lo mejor era la taza de café humeante, el cigarro quemando parejo, despacio, en el silencio de la ciudad dormida. El semáforo de San Lázaro, a esa hora, tenía más tiempo entre luces. A Carola tampoco le importaba que fueran las cinco de la mañana con tal de que hubiera alguien en casa. Sacó la cabeza por encima de la baranda y observó la calle, se quedó pensativa, como si fuera una persona.
Amelia entró al cuarto, la miró un rato como para confirmar su decisión. Por más que intentó ser amable, no lo logró.
—Despierta —le dijo lo más suavemente que pudo—, ya tienes que irte… Aquí está el desayuno.
La otra, obediente, se sentó en la cama y a duras penas se comió aquel huevo hervido con tostadas, mantequilla, café con leche, segura de que después de aquello su estómago nunca sería el mismo, pero reconociendo en el menú el esfuerzo de la otra. Se metió en el baño solo un par de minutos para salir con esos ojos enrojecidos, con esa mirada de que son capaces las mujeres, igual distancia entre la resignación y la insistencia. Por desgracia Amelia había sido bien clara la noche anterior, demasiado.
—De todos los personajes en mi carrera de actriz… y en mi vida real —aquí hizo una pausa breve, como para dejar que sus palabras retumbaran en la cabeza testaruda de Amelia—, el mejor personaje es ese cuando estoy contigo. Cuando estoy contigo no me da miedo ser yo misma.
Abrió la puerta y ahí se quedó, esperando. Entró una brisita cursi dando tumbos por todo el pasillo y vino a mover uno de los rizos que caían tristemente sobre sus ojos. Amelia respondió con su torpeza de siempre, sin saber cómo reaccionar ante las frases de cariño, ante los regalos y las rupturas inevitables. No dijo nada. Y habrán pasado unos tres minutos incómodos, estériles, escalofriantes. Amelia le dio la espalda y acto seguido el portazo, la reja que se cerraba, la puerta del ascensor que se abría y la imaginó llorando con la frente recostada a los grafitis de las paredes del ascensor mientras bajaba hasta el primero. Lo que no supo es que la otra vomitaba el desayuno en los escalones de la entrada y no podía parar de llorar. Cerraba la puerta del edificio y la brisa de la madrugada le refrescaba, gracias a Dios, le refrescaba la cara y se lanzaba sin miedo a la calle San Lázaro, tan vacía de todo a esa hora. La calle San Lázaro era la viva estampa de la resignación, que no sabía para dónde iba esta mujer pero la guiaba, sin dudas, la custodiaba. Si tan solo alguien la hubiera visto se habría dado cuenta de que aquella mujer no estaba actuando.

 

—¿Por qué el almacén tiene que estar tan lejos? —Amelia jamás había hecho esa pregunta, mucho menos en voz alta, como ahora. Quizás porque sentía que hoy no era un buen día para trabajar, más porque Harold López Nussa tocaba el piano en la radio como si estuviera de vacaciones. La ciudad pasaba de negro a gris y luego el sol intentando en vano arreglar las cosas pero todo olía mal, todo peor que nunca y el aura chocante, insolente de las vallas Venceremos… Yo sí puedo… Por aquí no pasarán… y la sensación de haber sido demasiado cruel, ese regusto desabrido de las cosas mal hechas. Raúl no dejaba de hablar de sus mujeres, alternaba el timón con su teléfono celular y leía los mensajes papi, eres el hombre de mi vida, muero por ti, mi sol, si no apareces voy a morir, luego el tac de la tapa al cerrarse y el dime algo de Raúl con esa cara de cabrón que tiene. Amelia abrió la ventanilla lo más que pudo y sacó la mano para que el aire, al menos, la refrescara. Eso.
—Estás más loco que el carajo, mira que gastarse dinero con esa tipa.
—Verdad que tú no entiendes nada —Raúl da un manotazo en el timón y tira un beso al aire, un piropo a la muchacha que está pidiendo botella—. ¡Mami, ella no entiende nada!
—¡Y nada menos que ese restaurante, con lo caro que es! Chico la misma cena podías haberla tenido en mi casa, con velitas y todo, yo te hubiera dejado libre el otro cuarto y te la hubieras templado ahí. Al final era lo que querías ¿no?
—Es que, mira, tenías que haberla visto. Esa niña jamás vio un lugar así en su vida, asere.
—Si tu mujer te coge…
—¡Ni sabía lo que era un molino de pimienta! …y, no sé, me gusta enseñarle esas cosas, para que aprenda. Eso no lo enseñan en la escuela ¿me oíste?
—¡Ni tu experiencia militar te va a salvar el pellejo! Paciencia —dice Amelia abriendo la puerta del carro—. Dale anda, apúrate en cargar los equipos que hoy tenemos un día largo con ese dichoso viaje a Playa Girón.

—¡Este es el sitio por donde atacaron los mercenarios! ¡Aquellos hombres querían destruir el sueño de un pueblo entero, un pueblo que había puesto sus esperanzas en ese hombre que alumbraría como una estrella de luz eterna el sueño de los cubanos y…!
Se alza un murmullo, tenue primero y luego va in crescendo hasta hacerse todo en una sola voz. Aprobado por unanimidad, antes de irse hay que aprovechar y comprar un poco de viandas, frutas, queso blanco y esas cosas que venden lo guajiros mucho más barato que en La Habana.
—¡Corten! ¡Silencio todos, que estamos grabando sonido! —grita Carlos y Harry se seca la frente con la mano, blasfema en voz baja. Qué manías la de estos cubanos, por eso viven en el cabrón subdesarrollo. Carlos le alcanza un vaso de agua gaseada con unas goticas de limón y le asegura que esta vez reinará el orden debido—. Otra vez, por favor, desde el principio, gracias.
, era todo lo que decía el mensaje de Elenita, pero era más que suficiente. Amelia cerró la bandeja de entrada, guardó su celular en el bolsillo y la miró como si ya. Elenita desvió los ojos para ver si alguien más se había llevado el pase pero nada, hasta las moscas estaban pendientes del discurso del miliciano.
—No es tan difícil —insiste Luigi.
—Nadie ha dicho que lo fuera —contestó Amelia, firme en su decisión—, pero a mí no me cogen para eso, no y no. Ni aunque me paguen.
—Piénsatelo.
—No tengo nada que pensar. Mira a ver tú, a lo mejor Raúl quiere montarse el personaje. Conmigo no cuentes.
—¡Esto es Playa Girón, el sitio por donde desembarcaron los mercenarios. Aquellos hombres sin escrúpulos querían destruir el sueño de un pueblo, ese pueblo que había puesto sus esperanzas en un hombre que alumbraría con luz eterna el sueño de los cubanos y…!
—¡Corten! —Harry se quita la gorra y se pasa la mano por la cabeza. Da dos vueltas y vuelve sobre sus pasos. Su cara de manzana de mierda está tan roja que parece que fuera a reventar de un momento a otro. Cuando dijo que quería saber la verdad no significaba toda la verdad, la muy puta es tan relativa…
Elenita le hace una seña a la maquillista y aquella viene corriendo hasta el miliciano y le pasa una mota por la cara para aplacar un poco el brillo del sudor que comienza a aflorar por el esfuerzo.
La voz de Carlos se oye nerviosa esta vez:
—¡Se fue el sonido! Dime, ¡qué pasó! ¿Ya? Ok, una vez más, vamos.
¿Lo harás rico para que yo te vea? escribió Amelia y Elenita le contestó Como mismo te lo conté.
—¡Pero no pudieron lograrlo, porque…
—Disculpe, señor —Carlos interrumpe al miliciano—, ¿puede repetir desde el principio, por favor? Gracias.
—Pero si es algo sencillo, por favor —le dice Luigi.
—Eso es lo que dicen ellos y uno va de comemierda a pararse delante de la cámara. Te dije que no. Si no tienen presupuesto para pagarle a un actor que se pare delante de la cámara y diga que no le interesa la política, que se jodan.
—¡Por aquí entraron los mercenarios, dispuestos a todas las fechorías, a acabar con el sueño de un pueblo, un pueblo que había encontrado un hombre que es una luz eterna de los cubanos y cubanas! ¡Pero no pudieron lograrlo, porque se encontraron gente dispuesta a todo, a todo! ¡Patria o muerte, compañeros!
—¡Bravo, bravo! —el director, complacido, se acerca al hombre vestido de miliciano y lo abraza—. ¡Buen trabajo, muy buen trabajo! ¡Gracias, señor!

El mudo empieza por recoger los cables. Un rollo largo e interminable de cable grueso, negro, sucio de polvo y tierra y de los pisotones de la gente. Su trabajo es importante. El mudo ama su trabajo y por eso está concentrado en lo que hace, por eso no advierte que el de montaje se le acerca por detrás, demasiado cerca, demasiado, y sus intenciones no son buenas. El de montaje mira hacia todos lados como para asegurarse y le toca una nalga al mudo. El mudo empieza a manifestar su protesta, abre los ojos así de grande y abre los brazos dejando caer los cables, abre los labios pero no sale nada, apenas una jerigonza pequeñísima, y en medio del coro de manotazos y carcajadas muestra su dedo de la conveniencia, recto, bien duro y amenazador. El grupo por fin libera toda la risa que tenía reservada para el momento y Carlos dice qué cómicos son ustedes, de modo que el mudo termina lanzando manotazos al aire, que es el final de la función. Siguen pasando con las cajas, los cables, los trípodes. El día vuelve a nublarse y la gente empieza a subir los equipos en la guagua. El chofer poco a poco se despereza.
—¡Arriba caballero, hay que llegar a La Habana antes que anochezca!
Amelia pone una mano en el hombro del miliciano, le sonríe mientras le da las gracias. Mira a todos lados para asegurarse de que nadie esté mirando y, muy discretamente, le pone unos billetes enrollados en el bolsillo de la camisa:
—Una ayudita, usted sabe que siempre viene bien. Ha hecho muy buen trabajo, le quedó buenísimo. Menos mal que lo encontramos a usted, nos ha salvado la vida, el documental tiene que estar listo para la semana que viene y usted sabe como son esas cosas. Óigame, a propósito, usted se ve muy bien en cámara, debería tomarse en serio eso de la televisión. A ver, una firmita aquí —dice y le extiende el release.

Anuncios