La gorda

[Este cuento lo escribí en 2010. Formaba parte de un libro inconcluso que se titularía Cuerpos, proyecto que abandoné y que contaba, entre otros textos, con Downstairs. En 2012 fue incluido en la antología “Ni más ni menos gordas”, publicada por editorial Extramuros. Compilación que estuvo a cargo de Teresa Medina.]

“La gorda”

Es una gorda de esas que no puedes dejar de mirar y repetirte a ti mismo cómo se puede estar tan gordo. Ella se da cuenta y eleva la barbilla: intenta demostrar al mundo que se ha aceptado tal y como es. Todavía se queda uno asombrado de tanta carne, de cierto placer inexplicable que lo hace a uno acercarse y pedirle permiso para compartir la mesa. Ella vacila, ante la duda de las verdaderas intenciones, porque una gorda de esas no recibe muchas ofertas, llega hasta acostumbrarse a las burlas y trata de atajarlas a tiempo por ese instinto de auto conservación que, incluso, las gordas tienen. Pero usted es un hombre de respeto, se le ve en la ropa, en la mirada detrás de los espejuelos, espejuelos gruesos por demás que denotan un erudito incansable. Sí, puede sentarse. ¿Acaso invitarla a tomar algo? Pues claro que sí, este hombre no viene a molestarme. Pero ¿cómo es posible que le gusten las gordas? Lo que ella no sospecha es que uno no es gordo pero tiene sus complejos ¿sabe? A la hora de quitarse la ropa, pararse frente al espejo grande de la abuela y ver ese cuerpo, desnudo, sin forma, puro hueso y pellejo no más, ese cuerpo que causa espanto en la playa provocó que nunca más intentara aprender a nadar. Sí, uno no es gordo pero no quiere decir que esté contento con lo que la vida le dio. Hubiera querido en cambio ser más apuesto aunque fuera más tonto. Hubiera deseado ser valiente, no asustarse cuando hay cucarachas ni gritar cuando llueve y los sapos entran. Un poco más de valor, hombre, que no se diga, como dice la vecina. Y ahora esta gorda, aquí, sentada en esta mesa, hablando con uno de que siempre ha sido gorda y de que está acostumbrada a que le digan foca, ballena, quién sabe cuántas cosas más. Al final uno no está tan solo como pensaba. Al final a esta gorda le dan ganas a uno de invitarla a su casa. Y ella acepta. Entra curiosa, comienza a pasearse y a elogiarlo a uno. Mire para eso cuántos libros tiene usted, debe ser un genio. ¿Vive solo? ¿Tiene hijos? ¿En qué trabaja usted? ¿Es escritor? Sí, debe ser escritor, se le nota en las manos, porque no son manos de trabajo duro ¿O acaso profesor? Su mirada parece noble, por eso le acepté la invitación ¿sabe? No es mi costumbre hablar con extraños y mucho menos ir a sus casas, así, de a la primera. La gorda se sienta en la cama. Qué rica está, dice, y se menea. Tiene buen colchón usted, seguro duerme muy cómodo aquí. Pero, ¿qué pasa? No ha dicho nada usted. ¿No me trajo para tomar una copita y conocernos mejor? Pues sí, cómo no; uno va, le prepara un trago a la gorda y se prepara uno, y comienza a sorber despacio, a mirar toda aquella carne que se mueve por la habitación husmeando los cuadros, el escaparate, la máquina de escribir. Después la gorda se arrima y trae ese olor raro de la persona que suda gordura, que huele distinto. Uno no puede evitar tocarla para saber si es de verdad, entonces la besa. Los labios gordos, la lengua gorda, la saliva gorda pero sabrosa que resbala, llega al cuello y los brazos no le alcanzan a uno para abrazar tanto cuerpo. Es fascinante sentir que no puedes dominar algo porque es más grande que tú. Entonces uno se desnuda y comienza a sentir aquello porque no se puede hacer más, no se ve nada. Uno se pierde, las dos manos no alcanzan para un solo pecho y el pezón parece un biberón gigante para un niño desnutrido. Se resbala uno hasta que por fin logra metérsela y a la gorda no le basta con ser gorda y grita, para que todo el mundo se entere de que es gorda, pero siente, y hay un hombre que la está gozando como no pudo hacerlo con esas rubias de las películas y las revistas, que antes eran compañeras de escuela pero nunca lo vieron porque él era flaco y débil y feo y torpe y bueno para nada. Pero está flotando ¡al carajo las rubias! ¡a la mierda sus tetas! Uno baja y sube en esta montaña de carne, hace bulla también y el vecino de arriba golpea el piso con la escoba y grita que parece mentira, después de tantos años; y uno también lo grita: ¡parece mentira… después de tantos años!

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