El móvil que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura

 

[Esta entrega de Letra de molde es de 2014. Su buena dosis de ironía molestó a unos cuántos, que dejaron numerosos comentarios en la página. Otros apoyaron, rebloguearon, reenviaron, comentaron a su vez: se desahogaron. Como un spam se coló en no pocos buzones de correo. Hubo llamadas -esas mismas que están pensando- y hasta provocó una respuesta pública. Por suerte, las cosas por estos días andan un poquito mejor. Ahora mismo no es tan difícil comprar papas, ya no hay que alimentar tanto la cuenta y, al menos en los parques, nos llega el Internet.]

“El móvil que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura”

 

Si la muerte fuera un usuario más de la telefonía móvil en Cuba, si la parca recostara su incansable guadaña a una pared desconchada de la Habana y sacara un celular para anunciarte que te ha llegado la hora: puedes dormir tranquilo. Ese mensaje demorará horas, días… o no te llegará.

Lo bueno de esto es que, cuando la muerte llama, si no estamos localizables, mejor así. Lo malo de esto es que, en la vida real, llegarás tarde –o no alcanzarás a llegar- a la reunión, a la cita, a la urgencia que ocurría en el hospital, al amor, al encuentro, a la clase, a la cola del agromercado donde están vendiendo… ¿papas?

Lo malo de esto es que pase justo ahora cuando habías “upgradeado” –desvirgando tus ahorros- tu viejo Nokia a uno de mejor cobertura, y llevas años pagando un servicio más que caro comparado con tus ínfimos ingresos. O mejor dicho, cuidando tu línea de celular como un Tamagotchi –furor de otros tiempos- que no puedes dejar de alimentar, porque se te muere literalmente.

En estos tiempos de nuevas “oportunidades” como la recarga doble para pedirle el favor al que está “afuera”, en estos tiempos donde las noticias, la publicidad, el parte del tiempo y las tasas de cambio te llegan directamente al celular, tiempos donde ya resulta necesario y cómodo estar localizable, parece un chiste que volvamos a tropezar con el mediocre agujero de la incomunicación (ahora no solo en las fechas festivas, sino cualquier día del año).

Así son (serán) las cosas, pero mi letra de molde es inquieta, curiosa, y quiere saber si será tanta consulta de correo electrónico en el móvil lo que ha puesto mala la red. Si será porque mientras más líneas abren, menos cabemos dentro. Y cómo es eso de que mi información personal, la misma que figura en mi contrato de servicio, fue a parar a computadoras personales.

¿A quién le pregunto? ¿Quién asume las responsabilidades? ¿Quién entiende que nadie me está haciendo un favor sino que, muy por el contrario, yo estoy pagando –desangrándome para pagar- un servicio? ¿Con qué compañía me contrato si no me parece bueno el servicio de esta?

Eso mismo, repitan conmigo a ver si nos oyen –nos oímos-: Etecsa, Cubacel (que no es lo mismo, pero es igual), somos clientes, aquí-todos-pagamos, usted(es) no nos está(n) haciendo una obra de caridad.

Tiempo atrás, una semana de cuyo lunes no quiero acordarme, un amigo me hizo una pregunta que podría pasar por trivial, pero según como se analice termina siendo concluyente: ¿cómo vivía la gente en Cuba antes de tener celular?

Curioso viaje a ese pasado reciente: no había manera de avisar que ibas a llegar tarde, imposible aclarar a última hora que la cita no era en la esquina de 23 y L sino en la de 23 y 12, que tuviste un contratiempo y por eso te fuiste, que para rematar no tienes teléfono fijo (todavía hoy muchísima gente sigue sin tenerlo y peor, sin la esperanza de tenerlo) y no se puede molestar tanto a ese vecino que, como Etecsa hoy, gozaba en placentero silencio su monopolio.

Y es que, como seres sociales que somos, ya nos acostumbramos a las obvias ventajas del teléfono móvil. Ya no solo lo usamos como despertador, reproductor de música, cámara fotográfica o plataforma de juegos y videos, sino también como localizador personal, vía facilitadora de encuentros, herramienta para informarse de ocios y noticias (y dicen, d-i-c-e-n, que tendrá Internet). Moderna manera de estar disponibles las 24 horas, los siete días de la semana.

¿Disponibles? Sucede que hoy, día lunes de Elegguá en esta Cuba contemporánea, si la muerte intentara marcar tu número, es decir, hacerte una llamada perdida como acostumbra tanta gente a “empujar” el sms en tu buzón de entrada, es muy probable que esa voz que todos hemos escuchado diga: “el número que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura”.

¿Se imaginan que a la muerte le dé por reclamar sus derechos de cliente? ¿Se imaginan que a alguien se le ocurra declarar el día mundial sin celular y todos, absolutamente todos, apaguemos nuestros móviles? ¿Se imaginan que de pronto surgiera en Cuba una nueva compañía de teléfono?

Ambas –Etecsa y Cubacel- pueden estar tranquilas, nada de eso va a pasar.

Por ahora seguiremos con nuestros brazos extendidos al cielo buscando el milagro de la cobertura, revisando insistentemente el reporte de entrega del mensaje, cazándole la pelea a la recarga doble, esperando a las 11pm para que salga más barata la llamada o colgando y respondiendo de un teléfono fijo, recibiendo la publicidad de lujosas fiestas y bares a los que no iremos y preguntándonos cómo estamos incluidos en ese disparo en red al que no nos suscribimos nunca.

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