Düsseldorf

[Esta es una historia real. El muchacho es el mismo personaje de El gran salto o caída libre, que se va a Alemania. Lo conocí en el bar del Amadeo Roldán, que desgraciadamente desde hace un tiempo está cerrado. Fue él quién me contagió este amor desmedido por La Habana. Quizá porque vivió su niñez y parte de la adolescencia en otro país -su padre fue embajador por varios años en un país árabe-, vino a descubrir nuestra tierra un poco tarde. También por eso pudo mirarla con otros ojos. Su partida hacia Düsseldorf me dolió tanto, que ni soltándolo en un cuento -en varios- me alivié. Creo que todavía hoy, después de tantos años, me pesa un poco. Aquí nació también Armando Guerra, ese personaje que representa a mi padre y que salió a relucir varias veces en los polémicos textos de Letra de molde.]

“Düsseldorf”

Mi casa
(Hoy)

No quiero hablar con nadie. Estoy sola en mi cuarto, oyendo música cuando Betty abre la puerta y asoma la cabeza. Debo admitir que su llegada me anima. Lleva un vestido largo y el pelo suelto. Su día fue bueno. Ha visto una película en el cine con unos amigos. Se encontró a varios enamorados.
–Te veo bien –le digo.
–Las cosas están mejorando.
–¿De veras? Me alegro por ti.
Empieza a hacerme cuentos interminables. El piropo de fulano, el guiño del otro. Betty tiene una habilidad especial para reproducir los diálogos de la misma forma en que fueron concebidos. La escucho a medias, por si acaso se da cuenta de mi indiferencia y se le ocurre comprobar si, en verdad, la estoy escuchando. Los cuentos de Betty suelen ser muy largos. Demasiado. Enciendo un cigarro. En verdad solo fumo cuando estoy triste o preocupada. Betty no resiste el humo del cigarro. Recién se lavó la cabeza y por eso protesta en seguida. Yo estaba segura de que lo haría, así es ella. Pero no me importó. Betty se va.
Estoy sola. No voy a ningún lado. 11:55 pm, en tiempo para gritarme: no he muerto, es solo un paso más, una oportunidad para empezar de cero. Aún eres joven, pienso para tratar de engañarme a mí misma. Aquel día descubrí que la soledad es inminente. No se puede vivir agarrado a nadie. El avión salió en tiempo. Al menos, eso decía la pizarra digital: Düsseldorf -11:55 pm- On time. Düsseldorf: Final, límite, nada, empezar de nuevo. 11:55 pm: número ordinario y a la vez intenso. Un número puede cambiar la vida sin querer, o quizás no sea importante del todo pero dice On time: en tiempo para borrarlo todo, para empezar de nuevo.

Opus bar
(Retrospectiva)

Yo no tenía deseos de ver a nadie, pero mi hermana insistió:
–No tienes que hacer nada si no quieres. Él solo te invita para compartir con unos amigos.
–Por favor, no estoy para perder el tiempo con niños.
–Vamos, chica. Es mi única oportunidad de conocer ese lugar.
–Está bien. Lo voy a hacer por ti.
Lo hice por ella. Música, ambiente, tragos. La conversación se volvió coherente. Los cristales grandes detrás de su espalda y la ciudad milagrosamente iluminada. Aquella imagen fue siempre uno de mis desvaríos recurrentes en las madrugadas de insomnio. Llevaba demasiado tiempo sola. 11:55 pm, un número ordinario y a la vez intenso: en tiempo para borrarlo todo, para empezar de nuevo.
–Mi país es Inglaterra –me dice– ese gris sobre los edificios de ladrillos me fascina. El sistema de gobierno, la forma en que pronuncian el inglés.
–Los ingleses son unos afeminados de mierda.
–Puede que tengas razón, pero saben lo que quieren. Llegaron a tener un gran imperio y se dieron cuenta a tiempo cuando la esclavitud pasó de ser un negocio a ser un estorbo.
–¿Y qué es eso del té a las cinco de la tarde? ¡No me jodas, eso es cosa de viejas! –le digo para molestarlo– ¿y el problema de Irlanda? Aplicaron una política injustificable…
–Nada es perfecto…Tienen a Beckham.
–¿Y la dama de hierro?
–Si las mujeres hubieran hecho la guerra, el mundo se habría acabado en dos días. Pero eso es otra cosa, mira la bandera, ¿no es linda?
Respondió delicadamente a todas mis agresiones. Para la tercera ronda de cerveza yo empezaba a justificar los errores políticos de Inglaterra, las guerras de conquista. Después solo fue conseguir una bandera enorme y cubrir una de las paredes de mi habitación. Esperar los partidos de fútbol, mi equipo era el inglés; Beckham, el mejor jugador del mundo.

Recuento
(Demasiado tarde)

Dos años pasan rápido. Arquitectura vieja: Habana, fotos, promesas de vida en común. El apartamento fue un sueño, se caía a pedazos y tuvimos que venderlo. Empezar de cero otra vez. La ciudad nos cayó encima con todo su peso hediondo. Crecieron latones de basura en las esquinas, el dinero desapareció. Tuvimos que conformarnos con mirar nuestras caras entre sábanas viejas. Cuando termine de estudiar… cuando termine de estudiar todo cambiará. Las cosas mejorarán… pero no: un trabajo estúpido, proyectos imposibles. La Habana es un sitio castigado por el tiempo de los balcones. La gente se asoma a nuestras vidas meciéndose en sillones viejos. Todo el mundo se asoma pero nadie se decide… Él se decidió. Demasiado tiempo viviendo entre la mierda. Demasiado tiempo oliendo la misma mierda a diario. Da lo mismo España, Australia que Sri Lanka. Un buen día: Düsseldorf- 11:55 PM- On time. En tiempo para desarmarlo todo.

Düsseldorf-Habana

Correos, fotos, las cosas no van bien: pronto, muy pronto. No pierdas las esperanzas. Ojalá estuvieras aquí conmigo. En las calles alemanas hay cámaras digitales encendidas de madrugada que te filman cuando vas en el auto a exceso de velocidad, luego te mandan la multa a casa. ¿No es genial? En las calles alemanas se pasean los perros y sus dueños, se saludan todas las mañanas efusivamente, se ven todos los días por primera vez. ¿No es genial? En las calles alemanas las guaguas que transitan tienen posicionamiento global por satélite, de modo que cuando se van acercando a una parada, una voz robótica les indica a los pasajeros la posición exacta donde se encuentran. ¿No es genial? El premio mayor en la lotería alemana es de catorce millones si adivinas los seis números, tres millones si adivinas cinco, cincuenta mil si adivinas cuatro y cuatro mil si adivinas tres. Si ganamos la lotería todo se resuelve. ¿No es genial?

Habana-Düsseldorf

Mi hermana calza el cinco y medio, mi cuñado adora el cine. Mi padre era Especialista en Reclamaciones y Seguros pero ahora es El carpintero. Mi madre… mi madre nunca logró despertar del sueño. Yo: universitaria; idioma inglés, italiano, francés; escritora; licenciada en tiempo muerto, veintisiete años… en tiempo para arreglarlo todo.
Mi padre se queja porque el pan está malo. ¿Por qué se fue la luz esta vez? Hay un basurero en la esquina; llama por teléfono, protesta, da un nombre falso: Armando Guerra. Mi madre no puede cocinar porque se fue el gas; no vino el aceite; mañana no hay desayuno; el café tupe los huequitos de la cafetera. Mi hermana ama el rock, mi cuñado la invita a un concierto, llegan tarde. A un socio de mi cuñado le partieron la cabeza de un botellazo pero él no estaba en nada, se van para el hospital. A los rockeros los botan de la calle G. Estoy sola. No voy a ningún lado.11:55 PM- On time.
A mi suegro le llevo los mensajes por la tarde. Al otro día envío la respuesta para Alemania. Correos, fotos, las cosas no van bien: pronto, muy pronto. No pierdas las esperanzas. En la sala el rincón familiar. Todos los hijos han viajado, padre orgulloso:
–Mi hijo ha tenido suerte. Eres una persona maravillosa. Gracias por todo. Este es el correo que debes enviar mañana.

Mi casa
(Hoy)

Betty cerró la puerta tras de sí. Acostada en la cama, terminé de fumar el cigarro y encendí otro. El aire movía la bandera de Inglaterra que cubría la pared, justo encima de la cama. La descolgué y empecé a doblarla cuando el teléfono comenzó a sonar. Las cosas no salen siempre como uno espera. La lotería es problema de suerte. Una maleta llena de ropa de invierno de regreso a un país donde el calor te hace matar a cualquiera, incluyéndote a ti mismo. ¿Y el dinero? La lotería es eso, problema de suerte. Se gana o se pierde: perdimos.
Cuelgo el teléfono. Cuelgo los guantes de invierno, la bufanda, cuelgo el gorro que tejió mi madre para abrigarme bien la cabeza y las orejas. Empiezo a sentir el calor hasta los huesos, yo, que había tocado la nieve, ahora no podré soportar este calor espantoso.

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