Making of (5)

 

A veces no tengo tan mala memoria. Aquel día llegaste a las cinco en punto, tal y como habíamos convenido. La estación estaba llena de gente. Miraste a todas partes, te acercaste a la baranda y recostaste los brazos. Luego compraste el maní que traía el viejo. Lo comiste despacio, sin dejar de mirar a tu alrededor, sin dejar de buscarme. Es cierto, yo te había dado las señas equivocadas, quería verte primero para asegurarme de no tener que lidiar en lo adelante con un ser repugnante, o una maniática sexual, disculpa, es que tienes un nombre tan raro. Después de todo fue una tontería, como si eso fuera a cambiar algo. Aquel día no me atreví a hablarte, discúlpame una vez más, lo confieso, me asusté. Regresé a casa y no tuve el valor de llamarte hasta la semana siguiente. Me reprochaste, con toda la razón del mundo, haberte hecho perder el tiempo. Entiendo que tuvieras que pensarlo dos veces antes de aceptar verme otra vez. Después te di la cara, no sin cierto temor, claro, pero ya lo había decidido, nadie más estaría dispuesto a hacer este trabajo y yo lo necesitaba… Lo necesito, creo.
Al principio me resultó muy raro que me pidieras cartas, fotos, ropa usada, y eso de ver mi casa para entender cómo vivía. Cuando me pediste mudarte un tiempo para ver cómo eran mis costumbres, mis manías, estuve a punto de desistir otra vez, pero creí que entonces te perdería definitivamente y en ese punto sabía que no habría alguien más dispuesto a esto. Debo confesar el tremendo esfuerzo que me llevó verte abrir mis gavetas, dejar que revisaras hasta mi ropa interior. Decirte mis gustos al comer o qué perfume usaba no se compara con aquello otro. Y yo que pensaba que darte mi diario de niña sería más que suficiente, contarte un par de cosas y esperar a que tuvieras todo listo. Recuerdo esa mañana cuando desperté y me observabas fijamente, Dios mío, esa cara que pusiste para preguntarme cómo había sido mi primera vez. Ahora sé que puedo contártelo.
Sencillo. El tipo había intentado varias veces pero siempre nos interrumpía alguien, eso no falla, en el mejor momento. Yo no estaba enamorada, más bien dispuesta, yo solo quería saber cómo era. Al final sucedió en casa de sus padres, un día en que milagrosamente no había nadie. Me dolió mucho y, para serte sincera, me decepcionó profundamente. Con el paso de los años y de los hombres comprendí que él era un mal amante, pero no hay problema con eso, no me quedó trauma alguno. Intensa sí fue la primera vez que vi un pene en mi vida, de verdad, no en películas ni nada por el estilo. No sé por qué las mujeres siempre tenemos que pasar por esas cosas, digo, a ti te habrá pasado también ¿no? No sé a las demás pero a mí esa experiencia me marcó para siempre. José era un novio que tenía mi madre, estudiaba medicina militar y vivía en la casa. Yo tendría unos dieciséis, ya sé, un poco tarde. Aquella noche estaba él estudiando, Lady Martínez (mi madre) se había acostado y yo me quedé mirando el televisor:
—Ven acá —me dijo.
De la sala a la terraza donde estaba sentado habría unos veinte pasos. Yo sabía que él estaba en eso. Claro que se le veía por debajo de la mesa. Ahora me doy cuenta de que yo pensaba, ingenuamente, que él no se había dado cuenta de que yo le miraba eso. Tan estúpida como le pregunté:
—¿Para qué?
—Díctame esto anda —y te juro que me lo dijo como si nada. Y yo hasta me lo creí y me senté en la silla junto a él. Empecé a dictar, cosas rarísimas de medicina que yo ni entendía. Él se masajeaba aquello con una mano, y con la otra escribía. Yo me puse una mano sobre la sien derecha, a modo de visera y, entre tanto y tanto, miraba por debajo. Yo hacía por no mirar pero miraba, tenía curiosidad, y tenía miedo. En el fondo nunca supe si me gustaba o le tenía miedo, las dos cosas quizás.
—¿Has visto la leche? —y su voz me asustó. Su voz lo derrumbó todo: mi inocencia, mis deseos, mi niñez. Y me sentí indefensa, sin fuerzas para responder, humillada, muy triste y solo atiné a decir:
—¿Eh?
—Mira hacia abajo —ordenó.
—¿Para qué, para qué voy a mirar hacia abajo? —intenté en vano reanudar el juego adolescente, resistirme al despertar.
—Que mires te digo.
Y yo miré hacia abajo. Sentí mi cuerpo temblar por dentro como una hoja marchita. Aquel miembro con el que tanto había fantaseado era un trozo de carne que escupía un líquido viscoso, con un olor intenso que a partir de ese momento sería capaz de identificar en cualquier circunstancia. Un pene enorme, bello, aunque me cueste admitirlo. Nunca más vi un pene tan bello como el suyo.
Se vino en la palma de su mano.

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