¿Con qué juegan los niños cubanos?

 

[Esta letra la publiqué en agosto de 2014 y con ella empezaron los comentarios y la incomodidad de unos cuántos. Siempre pasa así con la realidad. Unos de un lado, otros del otro, y ella, la vida, transcurriendo en medio… con los mismos precios.]

 

Recuerdo cierto día en que, cursando yo el cuarto grado, mi mamá solo pudo comprarme el varón de una pareja de juguete que vendían: dos muñecos de trapo con carita de goma y una etiqueta de tienda que, en esa época donde las muñecas empezaban a decir “mamá” con un apretoncito en la barriga, ciertamente añadía valor.

Niña que gustaba más de los libros, pero niña al fin, me conformé en silencio con el “mi amor, no alcanza el dinero para los dos”. Y puedo decir, honestamente, que vivíamos más que desahogados con el único salario de mi padre. Honestamente, tiempo después me compensaron con el estuche de treinta y dos crayolas blandas que despalillé en un fin de semana. Gracias, mamá. Gracias, papá.

Más de veinte años después, un lunes como hoy, estoy en una juguetería. Repaso los estantes buscando un regalo para el hijo de una amiga y… caramba, pienso en mi madre. Yo diría que mucho. El dinero ni siquiera me alcanza para un bebé de la colección My angel que acumula más de veinte cajas –son los mismos babys, pero con otra ropita. Más de veinte cajitas a 10.55 cuc por ángel. Dios mío, pienso, ya ni los ángeles están de nuestro lado.

Toma nota para Cuba Contemporánea –ordena en un susurro mi letra de molde.

Y saco mi libretica. Por solo 93.60 cuc un comodísimo coche baja dramáticamente mi tasa de natalidad. Claro que mis defensas se aflojan con el juego Warrior de 13.90 cuc. Y ya no me dan ganas de construir algo más, porque entre el juego de bloquecitos para armar casas de 25.70 cuc y el de constructor de 9.15 cuc suman casi mes y medio de un salario promedio.

Siempre optimista, como buena cubana que soy, este Teddy Bear de 20.60 cuc me sugiere una fábrica de Palmiches de peluche (como paliativo ante la avalancha de héroes infantiles importados, digo yo), pero los 72.20 cuc del carrito para bebés de 18 a 36 meses de vida es demasiado, más los 13.10 cuc del salvavidas My baby float, terminan por ahogar mis impulsos.

¿Te puedo ayudar en algo? –me pregunta amable y -¿nerviosa?- la tendera.

Sonrío a pesar de que los 20.95 cuc de aquella Lovely house han apagado mis sueños de familia. “Gracias”, digo, “solo estoy anotando los que me parecen… interesantes”.

Es que te veo escribiendo y escribiendo –dice en un puchero la tendera mientras yo zarandeo con mi mano izquierda los 26.40 cuc de un bebé que mueve los huevos de los ojos. Yo creo que si le apretara ahora la barriguita a la tendera me diría clarito, clarito: “ay, mamá”, como las muñecas de batería. Me lo diría de no ser por ese miedo cubano que trae en la mirada.

(Un día de estos y bajando el puntaje, como quien no quiere las cosas, les hablaré del miedo cubano)

Y es que en mi estómago se arman varias interrogantes como carísimas piezas de lego: ¿cuántos salarios tendrían que reunir un maestro, un médico, un obrero para comprar esta carriola de 24.60 cuc o esta pequeña bicicleta de 160 cuc? Si está tan claro que estos y tantos otros trabajadores –la mayoría- no pueden permitirse estas “lujosas compras” entonces ¿con qué juegan los niños cubanos?

Rectifico: ¿con qué juegan “esos” niños cubanos que no pertenecen al mundo flotante? ¿Los que no reciben remesas del extranjero, ni tienen padres solventes?

¿A qué juegan? ¿Juegan al quema´o, a los escondidos, a los trompos, a las bolas, al chucho escondido, al dale al que no te dio chiquillo-malcriado-que-grita-en-la-esquina? ¿Juegan con fósforos, con palomas, con tirapiedras y tirachícharos? ¿Todavía se juega a héroes vs villanos? Lo más seguro es que, de tanto decirles que el dinero es para la leche en polvo, los zapatos de la escuela y la ropita del cumpleaños, esos niños juegan a ser grandes lo más rápido posible.

Más que la mirada insistente del custodio –y eso que ni siquiera intento sacar la cámara fotográfica-, me interrumpe un chiquillo que entra a la tienda y, como un bólido, se lanza sobre el carro de batería de 266.10 cuc. Se agacha y observa las ruedas como un experto, mira los letreros que rezan speed y, sin pensarlo dos veces, se sienta al volante.

Los niños son sabios, inteligentes, hábiles. Los niños son creativos y este de ahora, no me cabe duda, imagina soberanamente la velocidad. (Asimismo la imaginan los adultos cubanos ante los inalcanzables precios de los autos en Cuba)

Imagina a los amigos del barrio pidiéndole una vuelta, imagina que se acabaron las pelotas de trapos. Imagina una patineta con gomas de caucho y unos zapatos para no jugar al fútbol descalzo. Imagina un juego de Xbox nuevecito de paquete y olvida por completo a Elpidio Valdés.

Adivina antes de tiempo el regaño de la tendera y de un salto ya está fuera del carro. Corre haciendo zigzag entre los juguetes. Rumbo a la salida. Se para del otro lado de la vidriera como si solo nos dividiera el inofensivo cristal de una inmensa pecera. Se despide sin mucho drama de este, su juguete por unos segundos. Chifla, salta, ya anda pensando en otra cosa, pero yo sé… reconozco en sus ojos la esperanza de volvernos a ver.

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