El seguidor

 

[Este cuento fue escrito para la antología de mujeres “El retrato ovalado”, compilada por Soleída Ríos y recientemente publicada por ediciones Unión. Se suponía que habláramos de un personaje, conocido o no, que lo encarnáramos y dejáramos correr la imaginación. Por esos días yo había finalmente conocido, de visita en casa de una amiga, a un muchacho que me había estado enviando poemas por correo electrónico y ya de regreso, efectivamente, compartimos un taxi a casa. Me sorprendió quedar anulada, casi indefensa, tras ese personaje que los lectores se crean con el escritor, y luego de dejarle claras un par de cosas, no pude resistir la tentación de usarlo en un cuento. Como tampoco pude evitar usar el mote que, según una amiga escritora, cariñosamente a mis espaldas me había asignado José Miguel, Yoss.]

“El seguidor”

 

-¡Es ella! -gritó Alejandro y me quitó las revistas de la mano.
Me daba tiempo, claro que sí, por eso salí corriendo. En la esquina de 23 y L ella subía a un almendrón con esa lasitud propia de las mujeres. La verdad, pensé que sería más ágil, quizás por eso de que uno se imagina a las personas de la manera que más le place. Ni siquiera pensé qué iba a decirle, solo me lancé delante del almendrón como un loco, aguanté los insultos del chofer y cuando me preguntó para dónde iba le dije, olvídate de eso. Cualquier mujer se habría asustado, pero ella no, ella iba como metida en sus pensamientos y la verdad, no le vi esa cara seria que dicen. Es bastante pequeña, y eso, debo confesarlo, me decepcionó, con todo lo que escribe pensé sería un mujerón de esos que todos los negros se dan la vuelta para vacilar.
Ahora que la tenía tan cerca me pasaron por la mente todas y cada una de las escenas de Cuerpo Público. Ahora podía imaginarla en las historias que ella cuenta en ese libro y verla, ahí, en vivo, solo para mí. Ella encima, debajo, desnuda con gorra militar, con una mujer, o dos, con un tipo, con dos. Ella sacó un moleskine negro y amagó con escribir algo, pero en eso la señora que iba a su izquierda se quedaba y tuvimos que bajarnos los tres. Aproveché para mirarla de frente, para medirme con ella. Dios, apenas me llegaba por el hombro. Tan frágil, tan delgada, tan poquita cosa con el pelo rizado cayendo por la espalda y la nariz larga y fina, culito de bonsái, había dicho José Miguel y yo pensaba que era jodedera de él, como que es costumbre joderse así entre los escritores. Pero no estaba mal el culito, después de todo, pensé cuando se volvió a montar. Ahora quedé más cerca de ella y hasta 23 y Paseo me aproveché y leí lo que escribía en su moleskine: mi mano recorrió la distancia demasiado rápida, tan rápida que ella aún no terminaba de orinar. No se resistió. Sentí el orine caliente resbalando por la palma de mi mano y, más allá…
Cabrona. Seguro lo hizo a propósito. Me revolví en el asiento y ella dejó de escribir y miró otra vez por la ventanilla. Yo aproveché los baches y me le fui arrimando cada vez más, tanto, que hasta el chofer empezó a mirarme por el espejo retrovisor. Me acordé del cuento de Evelyn Pérez Yo también estuve una noche con Dazra Novak y pensé si no me pasaría como al tipo del cuento, que termina sintiendo lástima por ella. A lo mejor y hasta es virgen de verdad, pensé y me pareció tan posible que se me aflojaron las piernas. Ella había dejado resbalar la moleskine por su muslo y ahora se podía leer mejor. Se puso el bolígrafo entre los dientes y creo que lo mordió hasta 23 y 12, a partir de allí lo chupó con alevosía, eso, lo chupaba y lo chupaba como si el puto bolígrafo de mierda supiera a fresa, a caramelo, a…
Se lo dije. Fue en un rapto de valor. Ni siquiera lo pensé. Le dije que era yo el que le había estado escribiendo porque había conseguido su mail y no podía contenerme después de leer su Cuerpo Público. Ella se merecía mis mejores poemas. No me molestaba en absoluto que no me hubiera contestado ni una línea, yo no esperaba respuesta alguna, que no, seguramente a ella le llegaban muchas cosas obscenas de gente que piensa que ella es una… Pero no, que yo no pensaba eso, yo no. Con los labios me hizo una mueca de quien no se traga el cuento, y suspiró. Miró por la ventanilla y el aire vino a lanzar sus rizos sobre la frente. Me llegó el olor de su pelo, su perfume 212 de Carolina Herrera, tal y como cuenta en su novela Making of. ¡Entonces era verdad!
Le dije que la admiraba mucho, era preciso ser muy valiente para escribir de esa manera tan desinhibida. ¿Cómo se las arreglaba para manipular así la realidad? Porque de seguro no era verdad todo aquello, ¿o sí? Me miró atravesado, como suelen mirar las mujeres inteligentes cuando van perdiendo la paciencia. Luego volvió a mirar hacia afuera y entonces fue cuando vi sus tetas por primera vez. La sayita corta no era para tanto, si bien dejaba ver sus muslitos tiernos, con una piel bien cuidada, muslitos hay muchos en esta ciudad. Se sabe. Pero José Miguel no había dicho nada de esto, solo había hablado del culito de bonsái, en el cuento de Evelyn tampoco hacía referencia a sus tetas, que ahora se salían por el escote, redondas y quizás demasiado abundantes para un cuerpo tan pequeño como el suyo. Me acordé del cuento Té de coca, cuando ella le hace sexo oral al tipo sin siquiera haberlo besado en la boca. Le dije que yo lo que más escribía eran poemas, que tenía varios libros pero ninguno me parecía bueno y se los daba a una amiga para que me los corrigiera. Soy muy exigente y no me creo mucho eso de ser escritor, por eso no mando a concursos, porque me tomo muy en serio la literatura.
Así me dijo con voz calmada, melódica, curada de espanto:
-¿Y cómo esperas que los demás se crean lo que tú mismo no te crees?
En eso agarrábamos la curva antes del puente Almendares y del nerviosismo me fui torpemente hacia el otro lado. Me incorporé a duras penas y le tomé la mano para demostrarle que no era lo que ella estaba pensando, que yo soy un tipo romántico, un tipo de caricias, ramos de flores y piquete de mariachis en el muro del malecón. Se mantuvo tranquilita por toda la avenida 41. Demasiado. Sospechosamente tranquilita. Yo me aventuré un poco más y entrelacé mis dedos con los de ella, rocé su muslito con el reverso de mi mano y me sorprendió esa piel como de delfín, increíblemente suave. Aproveché una, dos, tres pasadas más. Por no tener qué decir le solté:
-A ver cuándo nos tomamos un té de esos y revisamos juntos mis poemas.
Y me cagué en mi madre, porque la vi guardar la moleskine dentro del bolso y supe, yo supe que la había cagado. Íbamos llegando a Tropicana cuando se inclinó hacia el asiento delantero y le dijo al chofer:
-Aquí, por favor.
Antes de volverme a montar advertí su gesto de la mano en señal de paz, apenas dos segundos, y siguió hasta el medio de la calle. Mientras esperaba en el separador para cruzar al otro lado vi que la blusa se le había subido un poco dejando ver el tatuaje, la golondrina de la que habla en el libro Cuerpo Reservado, sobre la nalga derecha, rumbo a la cadera. Entonces era cierto que…

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