El grito

[En el tramo de la calle San Lázaro, donde muere la calle 27, está El bodegón de Theodoro. La torre que se ve más arriba, que ahora luce bien pero en 2013 estaba bastante despintada y decrépita, me llamaba la atención cada vez que pasaba por allí,  y supe que quería escribir algo. En principio no sabía qué, pero debía ser, sin dudas, algo liberador, una escena de borrón y cuenta nueva. La escribí casi de una sentada y sentí como si realmente yo hubiera vivido allá arriba por mucho tiempo, como si yo hubiera dejado salir mis miedos y su resultado, mis años malvividos, en un grito tremendo.]

“El grito”

El grito salió de su garganta como un torrente de agua turbia, liberada sin avisar. Al fin, la muerte de ese silencio. Ese silencio que se había apoderado de sus noches y de sus días, de esos cincuenta años en que había estado confinada -por voluntad propia, es cierto-, cumpliendo la promesa que se había hecho de no bajar de la torre hasta que la revolución no hubiera abandonado el país. El grito no era una protesta, ni siquiera un discurso disidente, no pertenecía a la diáspora. Era, simplemente, un cúmulo de años atorados en su pecho, con una rústica escalera de servicios como único puente al mundo exterior. Tenía medio cuerpo descolgado hacia afuera, pero ya no le preocupaban sus años ni la fragilidad de la arquitectura –esa torre era lo único que permanecía en pie después del derrumbe-, solo quería sacarse del pecho todas esas imágenes de desfiles, las censuras, los castigos, la música “a la moda” del vecino, la maldita circunstancia de esa agua por todas partes. Con el grito salían también los años felices –enredados alevosamente con los malvividos-. Y así exhaló la sonrisa de los hijos, las respuestas, las negaciones, el abandono del hogar, el pobrecita-mamá-qué-sola-está-aquí-tienes-un-poco-de-dinero ¿necesitas algo más? Su espalda está rígida, tensa. Sabe que aún habrán de desfilar los políticos, los maestros de escuela, el que barre la calle, ese que pone-el-cuño-sobre-papel-solo-cuando-así-lo-estima-conveniente… y los no/abogados. Faltan las vallas, los permisos y la prensa… La prensa hace que el grito de Herminia suba dos, tres, cuatro decibeles más. Sale disparado hacia afuera el momento en el que debió haber alzado la mano, haber dicho no, pero tuvo aquel miedo. Salió también el miedo, y todos se llevaron las manos a los oídos.

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