De la imaginación y otros asuntos menores

[Este cuento, o mejor dicho, esta última versión tras la cual no lo intenté más, es de 2012. Debe tener unas tres o cuatro versiones anteriores que nacieron entre el Onelio y el edificio América, donde trabajé y viví respectivamente. Recuerdo que Ernesto Pérez Castillo, siempre tan acertado, cuando leyó la primera versión en 2007 me decía, me gusta, pero le falta. Una cosa es segura, aunque saliera algo bien distinto a lo que me proponía, fue divertido escribirlo.]

“De la imaginación y otros asuntos menores”

Ay del que no marcha esa marcha
donde la madre ya no le sigue,
ay.

“Llamado del deseoso”
José Lezama Lima

 

Pasó sin que se diera cuenta. Qué mierda, de alguna manera las grandes cosas de la vida pasan así, sin que uno se dé cuenta. Era lo último que se esperaba de ella además porque su pelo apenas crecía cuando era niña. Escaso. Opaco. Demasiado quebradizo. Eso dijeron siempre. Se lo cortaban, según su madre, para darle más fuerza.
Todo intento fue inútil. Su pelo, de niña, apenas creció.
En la secundaria llevaba un cerquillo ralo, apenas si cubría su frente amplia como una gran avenida. Eso sí, sin un granito siquiera, sin una mancha. Total. Cabeza de huevo, cuatro pelos, así le llamaban siempre. Todos. Hasta el profe cuando era la única que levantaba la mano negándose a hacer lo que hacían los demás: trabajo voluntario. De alguna manera hacer lo mismo que hacen los demás se va haciendo costumbre, pasa sin que uno se dé cuenta, qué mierda. A lo mejor por eso entró en la Facultad de derecho. Su madre era abogado, su padre y el padre de su padre, dos tíos y la bisabuela, que no era abogada pero tenía más leyes que la constitución.
No podría decirse que se graduó por un pelo, primero porque siempre fue, lo que se dice, inteligente, solo estaba desmotivada, eso dijo; también porque al terminar la escuela de derecho ya tenía claros en la parte posterior de la cabeza. Stress, dijeron siempre. Fibromialgia, la enfermedad postmoderna. Cuando se lavaba la cabeza perdía, en un cómputo de quien no quiere las cosas, unos doscientos cabellos diarios. Trescientos, para ser más exactos. Solo una vez logró que le llegaran hasta los hombros, pero a partir de allí las puntas se abrían resecas, desteñidas. Casi pudiera decirse que el pelo se evaporaba y había que cortarlo para eliminar el exceso descomunal de horquetillas. Era tan escaso que ni los piojos le entraban. Por donde quiera dejaba un rastro tras de sí, en la almohada, en el espaldar del sofá, en la bañadera.
No hay plaza para abogados, dijeron mirándole a la cabeza, en el Ministerio de Justicia, cuando andaba buscando trabajo. Pero necesitamos un archivero. Si bien los abogados solo alcanzaban a ver su brazo saliendo por el resquicio de la puerta, todo el mundo daba fe de su presencia por algún mechoncito de seis centímetros de largo, castaño y muy fino, que quedaba rezagado entre los files de los casos más complejos, esos que archivaba después de escudriñar en ellos como un consagrado alquimista. Se amoldó a la soledad del local sombrío, se acostumbró a la acumulación de objetos en desuso que, cada seis meses, iban a parar al archivo. Presilladoras oxidadas, revisteros, marcadores y la última Underwood que se había visto desplazada tras la marea de computadoras. Así pasaron años en los cuales el archivo se convirtió en su bosque mitago, su deslinde con un mundo donde, para causar una buena impresión, no solo había que tener pelo, sino mucho pelo.
A nadie importó nunca la clasificación de los files, el orden de los gaveteros, como tampoco era importante facilitarle el trabajo a alguien que no se dejaba ver ni un pelo –literalmente hablando. Alguien que entraba de madrugada y se iba de noche, ¿para qué necesitaba una computadora? Solo se escuchaba de ella un tecleo obsesivo organizando por número de caso, ciudad, año, tiempo de duración del proceso. Solo había que buscar en los catálogos donde todo estaba debidamente registrado, clasificado, numerado. Había catálogos por la fecha en que se habían presentado las causas, por casos resueltos, por criminales, reincidentes o no, por psicópatas, violadores, políticos, niños, reclamaciones de ancianos. Si se buscaba en el gavetero del final, el más grande, se encontraba esbozado para cada caso el perfil psicológico del demandante, del acusado, del abogado y cualquier otro implicado en el caso. El caso lo narraba como si realmente hubiera estado allí, como si pudiera oírlos respirar, matarse a puñetazos, violar a la mujer, obligar al anciano a firmar el testamento. Así fue narrando cada una de las historias hasta la última, justo cuando al Ministro de Justicia lo descubrieron en una movida ilícita y así fueron tronando a cada uno hasta dejar una gran parte del ministerio cerrado bajo investigación.
Cerrado por tiempo indefinido.
Se redescubrió a sí misma frente al espejo, una vez más de frente a su escasez capilar, en uno de esos momentos de la vida donde uno se saca las cuentas y termina por reconocerlo: qué mierda. Comprendió que, más que todo, extrañaba el sonido de las teclas, el golpeteo de sus dedos sobre las letras y del percutor rubricando la hoja de papel. Extrañaba echar atrás el rodillo y cambiar el adjetivo, mejorar el personaje para que el anciano abusado luciera más débil y el violador más cruel, con un aspecto demacrado el viejo, con una imagen angelical el niño huérfano. Lo extrañó tanto que, en un rapto de valor, entró por una de las ventanas del sótano, la que daba justo al archivo.
Y se la trajo a casa.
Cuando pasó con ella en brazos su madre alzó la mirada y la posó, despiadada, sobre su cabeza, sobre los mechones que se habían desprendido por el esfuerzo, cayendo sobre sus hombros. Porque había que buscarse rápido otro trabajo aunque fuera con una peluca de esas, que vienen con todo y brillo. ¿Okey?
Advirtió con horror que no tenía material para proseguir su tarea. Le faltaban la queja, el damnificado, el infractor, los testigos, el retrato hablado. Ahora no tendría materia prima, pero era tan grande la necesidad del sonido de las teclas que se atrevió con una palabra, luego otra hasta formar una frase muy sencilla. Después se hizo difícil porque era preciso hilvanar esa frase con la siguiente, darle curso a las ideas, no repetirse, tejer un desarrollo coherente: contar algo.
Un cuento cualquiera.
Era tan grande su esfuerzo, tanta su concentración, que no advirtió el calor en la nuca. Se limitó a echarlo a un lado y proseguir en su tarea. El pelo le cayó sobre los hombros y se deslizó suavemente por la espalda, como una serpiente somnolienta. Unas tres horas después llegaba al piso y entonces le dio por arremolinarse un poco, como quien reconoce el terreno y se achanta, se estira los músculos para luego salir bostezando por la puerta del cuarto. Su madre se enfrentaba, después de un arduo día de trabajo, a las labores domésticas, quizás por eso protestó tanto en la cocina, porque esto era el colmo además de tener que mantenerla ahora que no tenía trabajo, después de tanto sacrificio para sus estudios, después de tantos años de tratamientos capilares. ¿Qué pasaría ahora con la tradición familiar? Ahora el pelo tenía un tono como más rojizo, los folículos se habían fortalecido y resultaban en un rabo de mula muy pesado. Muy pesado. La montaña que se fue armando frente a la meseta crecía por segundos, así es que a la madre no le quedó más remedio que enfilar las puntas por la puerta de la calle.
Que se saliera de una buena vez.
Al bajar toda la calle J hasta 23 es probable que algún estudiante universitario lo hiciera doblar a la izquierda, porque se había formado como una especie de meandro cerca de la estatua del Quijote, pero algún funcionario torció su rumbo en algún punto -nunca sabremos los motivos reales, pero nadie dude que fue un funcionario-, porque tomaba derecha para seguir recto hasta la famosa esquina de 23 y L.
Ella no se imaginaba que su pelo se acumulaba en la esquina, justo bajo el semáforo, en uno de los tantos baches que tienen las calles de La Habana. El pelo se acumulaba allí, se hacía un bulto, una montaña de pelo. Los autos no podían avanzar. Torcieron el cuello los vendedores, los choferes de los cocotaxis, los caminantes, la cola inmensa que esperaba turno en la heladería Coppelia, en fin, los autos pitaban, insistían en un escándalo mayúsculo. Nadie puede pasar por alto algo que pase en la esquina de 23 y L del Vedado habanero. ¿Pelo? Nadie. Un policía de tránsito, advirtiendo en tan rara infracción un posible ascenso dentro de la motorizada, siguió el pelo manejando despacio por toda la avenida, hasta dar con la casa.
-Ahora no, por favor, estoy escribiendo –replicó ella cuando el policía insistió con la multa, las leyes, la porra que traía colgando del cinturón. Nadie sabe qué habría sucedido de no llegar la prensa.
-Ahora no, por favor, estoy escribiendo –justifica ella cuando insisten con la entrevista.
Esa misma tarde la madre, orgullosa, miraba con lágrimas en los ojos el noticiero. El periodista luchaba contra una maraña de pelo que crecía delante de la entrevistada y casi no le permitía responder con la debida coherencia. Alguien que vio el noticiero le avisó a un amigo suyo, amigo de un amigo, y este, a su vez, amigo de un extranjero.
El extranjero llegó con ese desenfado propio de cualquier extranjero, hablando maravillas del país. El extranjero habló de la belleza de la isla, del desenfado de sus habitantes, habló de la emigración y de la situación económica mundial. Era ecologista, anarquista y hombre de negocios. En su opinión el precio que le ofrecía era justo, lo suficiente para que ella pudiera vivir holgada el resto de sus días. Él se encargaría del Big Bang en las redes sociales: hacerla famosa. Ahora que era socialmente aceptada, ¿ella no quería ser famosa?
Su madre contempló, horrorizada, cuando el Presidente hizo su entrada con una caterva de funcionarios y la hija, sin prestar la menor atención, viró el rodillo atrás para cambiar ese adjetivo que estaba tan fuera de lugar. El Presidente se enredó en tamaña discusión con el extranjero, lo llamó invasor, colonialista, apolítico, explotador grosero y, haciendo uso de sus facultades de jefe de gobierno, censuró la venta proclamando aquel pelo Patrimonio Nacional.
-Y el Patrimonio Nacional, compañero -dijo-, no tiene precio, no está a la venta. Ella no se metió en la discusión porque justo se había dado cuenta de que sobraban tres párrafos completos, que había un par de anfibologías y ¡tantas incongruencias! Sencillamente les dio la espalda y siguió escribiendo. Que decidan ellos sobre el Patrimonio Nacional, le contestó a la madre.
Y decidieron.
Su vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Pasó del anonimato del archivo a ser una celebridad nacional. La gente recorría el malecón admirando los vuelcos de su pelo que ora se enrollaba en alguna alcantarilla, ora se enredaba en el tronco de un árbol y proseguía camino siempre dando vueltas por toda la ciudad. El que andaba cerca de la estatua de Francisco Miranda, por ser el primero y haber bajado la Rampa, subido un par de cuadras por Humboldt hasta agarrar San Lázaro tomando rumbo hasta el Parque Maceo, estaba lleno de hollín, de agua sucia y ya comenzaba a advertirse cierto deterioro por la exposición al sol. Alguien -siempre hay alguien-, ante semejante desperdicio, tuvo la genial idea de montar una fábrica, una fábrica de pinceles. Con su pelo se fabricaron pinceles finos y gruesos, brochas de todo tipo. Pintaron todas las casas del barrio del Vedado, Santos Suárez, Centro Habana. La calle San Lázaro lucía fachadas como las más pintorescas casas de Venecia y hasta los barrios más bajos como Pogolotti, Buena Vista y El Canal, se vieron favorecidos. La ciudad era otra, eso, sin contar las grandes inversiones con el dinero de la venta de los pinceles: nacía una empresa nacional. Eso, sin hablar de los artesanos que fabricaron todo tipo de objetos para vender a los turistas con el Made in Cuba de rigor, tal como exige la ley.
Los pinceles más finos los usaron para escribir carteles por toda la ciudad.
Viñetas de triunfo.
Cuadros al óleo con la imagen del Presidente.
Justo antes de que comenzara la demanda en el mercado negro, un experto en marketing hizo un gran descubrimiento -siempre hay un descubrimiento-, el pelo se podía vender en dólares, euros, libras, en el Mercado Mundial. Ahora, que estaban de moda las extensiones. No tardó en llegar algún inversionista proponiendo un puente amistoso entre naciones, un contrato, una empresa mixta donde, por una hábil pirueta de negociantes, la fábrica terminó siendo absorbida por el capital extranjero.
Ella no estaba al tanto del asunto, solo se paraba de la máquina de escribir para estirar un poco las piernas, sopesar algún detalle, decidir si el título sería realmente bueno. Puesto que el pelo crecía por minutos había desistido del cerquillo, y ahora casi le pesaba tanto andar con el rollo de pelo abrazado para algo tan sencillo como llegar a la cama y descansar un poco.
En el noticiero hablaban cada vez más de las quejas de la gente. La realidad era solo una, los nacionales perdían poco a poco el acceso al producto y la opinión pública se decantaba por el lado sensato de la balanza: ¿Por qué comprar brochas y pinceles importados si los nuestros son mejores?
Ella siguió escribiendo.
Su primer libro “Los camellos [1] pueden volar”, fue rechazado en cada editorial. Lo envió a otra, y a otra, hasta el cansancio. Lo rechazaron. El tema fomenta los ánimos migratorios -ya por sí solos desarrollados- en la población, genera inquietudes divisionistas, regionalismo, cacareo de pasillo, etc, etc, etc., eso dijeron.
Qué mierda.
Ni siquiera el grito de la madre la detuvo, ni siquiera el horrible recuerdo de aquellos años donde su pelo caía constantemente en unos flequillos ínfimos y con lo único que soñaba era con una melena abundante, preferiblemente rizada y con tonos rojizos, una melena que pudiera mover al viento como Julia Roberts en Pretty Woman. Tuvo que cortarlo cinco veces en lo que llegó la policía. Todavía siete veces más en el calabozo después de la multa por desacato y la carta de advertencia por atentar contra la seguridad nacional y el futuro del país. La soledad del archivo no era nada comparada con una celda, con esos hombres que la interrogaron amenazantes y le hicieron firmar un papel donde hacía dejación de su pelo como acto de voluntad propia. Ya ni siquiera podía desafiarlos cortándolo de nuevo porque el pelo, inevitablemente, volvía a crecer.
Era el momento propicio para que el extranjero, el colonialista-explotador-grosero se las arreglara luego del “así lo han querido, me voy” para sacarla del país en una avioneta. El anarquista, como buen anarquista que encuentra acomodo en cualquier parte, todo lo había calculado. Había alguien encargado de sacar el pelo por una de las ventanillas y cortarlo cada dos horas. Pero ella ya no pasaba desapercibida, ni siquiera cuando tenía tres pelos, aunque ciertamente no llamaba la atención como ahora, que la gente, al verlos despegar, reconoció la fuga del país y se colgó de su rabo de mula. El anarquista ordenó cortarlo anyway, que para hacer historia siempre había que joder a alguien por el camino, así dijo mientras la gente se ahogaba en el mar.
Lo primero que hizo el invasor colonialista fue ordenar la traducción de su libro. Ahora: Camels can fly. Claro que su pelo no pasaba desapercibido. Vinieron miles, millones de periodistas. La Reuter, CNN, NBC. Ella era noticia en todos los periódicos, cadenas de televisión. ¿Ella no quería hacerse famosa, millonaria?, así le dijo el ladrón de cerebros, ahí tienes: Hair and Camels Foundation. Duró toda una semana la explosión de tweets, los mensajes de estado en Facebook, los videos en Youtube y unos cuantos millones de chinos teclearon jerigonzas en QQ.com hasta que encontraron un tipo en el Amazonas que se sacaba un diente y a la media hora ya le había salido uno nuevo, como las colas de lagartija, pero evidentemente más rápido y mucho más dramático.
Unos días antes de que el extranjero, -o más bien el inversionista, que ahora la extranjera-inmigrante-muerta de hambre era ella-, se fuera a buscar otra fuente de ganancias porque ya el negocio había dejado de crecer aunque el pelo no, ella se paró frente al espejo. Recordó los días sin pelo, los días del archivo en que escribía historias sorprendentes, muy reales pero difíciles de narrar con esa verosimilitud tan necesaria al lector y ahí estaba justamente el desafío. Recordó la vieja Underwood, y aquel sonido de las teclas la estremeció. Extrañaba el meneo de la mesa al llegar al final de la página y mover el rodillo completo a la izquierda, la cosquilla en la barriga por la página en blanco, la tranquilidad de su cuarto donde no había sesiones de foto con el pelo tras la oreja, el pelo sobre las rodillas, el pelo entre las manos como bebé recién nacido. Hubo de reconocer que la Underwood era a su imaginación lo que lo real maravilloso a las Américas, o mejor dicho, a Carpentier.
Advirtió los primeros claros en la zona del cerquillo. Volvía a ser escaso, disperso desde el nacimiento y más claro, como una ropa vieja y desteñida por el uso constante y el sol. La Hair and Camels foundation aplaudió esta nueva estrategia de mercado: su pelo, corto por rebeldía, de seguro aumentaría los precios de los pinceles.
Ella comprendió lo que significaba haber dejado atrás la vieja Underwood cuando se enfrentó a aquella Mac con miles de prestaciones y ventanas y sonidos de animación. Porque el traqueteo de sus dedos sobre el teclado apenas si resultaba en un sonidito de mosca, un silbidito sin gracia, un traqueteo penco. Con esto solo podría escribir alguna novelita rosa con un exergo de Corín Tellado. Así con las Dell, las HP, las Sony Vaios. Ya su dedo no se enterraba en la tecla, demorando una eternidad que le permitía ensayar varios adjetivos hasta decidirse, estar completamente segura de esa idea porque luego habría que tachar, esperar a que el corrector se secara, volver a intentarlo, y mientras, ella podía sentir la respiración del cuento, la queja de alguno de los personajes, si sería lícito ante el lector despegarse un poquito de la realidad con estos tiempos que corren. La Underwood debió haber ido a parar a algún viejo sótano o vertedero de basura, porque su madre le había comentado en el último mensaje, después de los consejos para el cuidado del cabello, que gracias a las remesas había cambiado el color de las paredes, las ventanas que tenían comején, en fin, todos los muebles de la casa. Comprendió por fin, con esa convicción de quien tiene un buen argumento agarrado por el cuello, que todo había pasado sin que se diera cuenta, y que de alguna manera las grandes cosas de la vida pasan así, qué mierda, sin que uno se dé cuenta.
[1] Era sobre los tiempos en que el transporte público veía llegar unos ómnibus enormes, cuya tripa, subordinada a la cabina de un camión, lucía dos jorobas y eran conocidos como camellos. La gente corría histérica tras de ellos y se colgaba como en racimos humanos por toda la ciudad. Justamente el camello era uno de los tantos motivos de queja entre los casos del archivo. La gente bien podía perder un bolso, una billetera, un zapato o el brazo al quedar enganchado de la puerta y ser arrastrado varios metros más allá.

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