Making of (4) El paraíso es de las rubias

 

El del parqueo chifla y el otro, que estaba atento, sale corriendo, se monta en el Chevrolet y viene hasta las rubias, se baja, abre la puerta y las rubias se montan con sus movimientos lerdos y asustados, con la cara blancuzca por el protector solar. Las rubias se acomodan los espejuelos y sacan las cámaras. El Chevrolet avanza despeinando a las rubias, que pueden darse ese lujo, por la entrada, en sentido contrario a Amelia antes de tomar la calle O hacia abajo y el chofer le hace una seña con la mano ¡el paraíso es de las rubias! Amelia le devuelve el saludo con una carcajada. Este gigante la recibe con los brazos abiertos, un césped bien cortado y dos líneas de palmas de penitencia bajo el sol, frente al aire de mar y los taxistas de los Mercedes Benz y el jardinero y el de mantenimiento y el custodio del parqueo. Todo el mundo la saluda y espera a que ella pase para vacilarla por detrás. ¡El paraíso es de las rubias! Sobre el saliente costero de Punta Brava, en la loma de Taganana, nombres que hoy solo existen para nombrar sus salones: el hotel Nacional. A la derecha, arriba, las banderas. A la izquierda, abajo, Amelia caminando por entre los viejos autos americanos de Gran Car, quince pesos convertibles la hora esperando algún cliente para recorrer el casco histórico. El uniforme del portero es blanco con ribetes dorados, quizás imite el que usaba el portero cuando se inauguró el hotel en los años treinta, quizás no. Amelia le hace un guiño y cruza las puertas y saluda a los maleteros y le encantaría, le encantaría seguir hacia adelante hasta abrir las otras puertas que dan al jardín y avanzar hasta los bancos sobre el césped muy verde con vista al mar, con un mojito en la mano bien cerca de la gruta donde el bunker que se preparó en el sesenta y dos, cuando la crisis de los misiles, no por nada, sino para brindar por esta paz que gozamos hoy. Tirarse una foto junto al cañón, junto al mojito, un souvenir, un pedacito del pastel. El malecón habanero desde allí es un sueño perfecto, de esos que uno solo puede alcanzar en las películas del sábado, pero Amelia nunca se ha caído para arriba, ni es hija de papá, por eso no le queda más remedio que girar a la derecha hasta los elevadores, reparar con desgano en el buzón antiguo que aún resiste el paso implacable del tiempo, más de la historia que del tiempo, hasta que por fin se abre alguna de las cuatro puertas y pisa sobre la alfombra roja. Cualquiera pensaría que el Oscar la está esperando. Marca el número tres y espera pacientemente. Raúl llega corriendo y alcanza a entrar, detrás de él dos chinitos que comienzan a hacer reverencias, disculpándose por haber detenido el elevador. Raúl les sonríe con esa cara que tiene, que parece comemierda pero no lo es, porque si fuera comemierda no hubiera matado a tanta gente. Raúl se estira los ojos hasta hacerlos dos rayas. Amelia trata de contener esa risa absurda, mientras más evade esos rostros inexpresivos más insisten sus ojos en posarse allí, sobre esas caras redondas. Y Raúl sigue con sus payasadas A vel, chinitos de mielda ¿qué pinga hacen aquí con tanto mundo pa´ vel allá afuela? Y los chinos le sonríen hablándole alguna jerigonza amistosa que los inclina casi hasta el piso como si fueran muelles y no chinos que se ríen y los ojos se borran y Amelia se arrepiente de ser rubia y no china porque si fuera china podría burlar fácilmente a los de inmigración en el aeropuerto porque los chinos, esos sí que son todos iguales. Por fin se abre el elevador en el tercero, el color azul gana la alfombra y las puertas se reparten silenciosas a ambos lados. Ojalá fuera un barco, Amelia pensativa, un barco hasta el fin del mundo. Y Raúl que no se calla, parece una mujer leyendo los últimos mensajes que le mandó la jevita del momento que estudia en la CUJAE. Ella le pone una mano en el hombro Mira que los hombres comen mierda y Raúl sonríe orgulloso, luego guarda su celular en el estuche del cinto.

Esta ventana deja ver el mar, el malecón, una parte de la ciudad, esa de faroles en la avenida y la luz del sol, pero esta vez sin calor, menos mal, desde este aire acondicionado, que Dios lo bendiga, porque allá afuera la gente se ahoga y no me refería precisamente a ese mar que se abre inmenso frente a esta ventana en este día. Este día no cuenta, no, es un día común, acaso un poco más de brisa viene a marcar la diferencia, pero será lo mismo, la gente camina por los pasillos del hotel, por el lobby y el jardín, probablemente haya clientes en la piscina y el gimnasio y ¿qué era exactamente lo que debía recordar? K se había acercado en el entretiempo del concierto con su boca de tiburón abierta en una sonrisa sospechosa y sus cuatro pelos disparados hacia arriba, escasos, amarillos, electrificados, el aguaje de sus gestos como de costumbre y en la mano aquel paquetico mortal que le robó parte de la noche. Se metieron en el baño y haló aquel polvo de muerte. A partir de allí los recuerdos se le dispersan como un pelotón histérico, tomado por sorpresa en una emboscada. Casi se cae a la piscina en Don Cangrejo, una de las cajas de talco más grandes que tiene La Habana, después aquel loco que manejaba su carro, y la distancia entre casa y casa que crecía, y los portales se retiraban de la acera, lujosos, mansiones para nada discretas con garita y policías particulares. ¿Cómo llegó a casa? Maité abrió la puerta del baño y la vio sentada en el inodoro, sumida en aquellos pensamientos.
—¿Qué —le dijo Amelia con mala cara—, nunca has visto una mujer meando?
La pobre muchacha se quedó sin aliento unos segundos, cerró la puerta rápidamente y se quedó parada, sin atinar a más. Carlos levantó su calva lisa y burlona de viejo jodedor qué cómica eres y se acomodó los espejuelos. La vio aguantar la respiración hasta que entraron los clientes a la oficina y empezaron a ojear el expediente de los permisos. ¿Ya tenemos las visas de trabajo? pregunta el polaco y Carlos lo mira No te pases polaco de mierda que tú mejor que nadie sabes cómo funciona esto le habría gustado decirle, pero le responde a lo cubano Ya estamos en eso, falta poco. Tú no te preocupes que eso lo resuelvo yo.
—Lo último que me faltaba. Otro más de quien ocuparme, ¿quién dice que me hace falta un asistente que le abre a uno la puerta del baño sin avisar? —protesta Amelia al salir del baño.
Luigi por toda respuesta le da la espalda, que para algo es el jefe. Tiene un día de esos en que bendice esta isla mina de oro en locaciones vírgenes y mano de obra barata, pero lograr que se cumplan los pagos no es tan sencillo y cuando algo así acontece ni siquiera ella, la consentida de la oficina, tiene derecho a protestar.
—Paga la multa —dice Luigi en tono autoritario y le extiende la latica de Mister Potato.
Debe pagar la multa porque es cierto, dejó la puerta del baño abierta y bien podría decirle ahora el paraíso es de las rubias pero hoy no es un buen día para bromas, no es un buen día para que los indios hagan chistes. Amelia sabe que no está jugando y saca su billetera del bolsillo de atrás del pantalón. La moneda choca con media fortuna dentro de la lata y Carlos esconde la cabeza tras la computadora para reírse a sus anchas. Si pudiera hablar ahora diría qué cómicos son ustedes pero solo alcanza a verse el brillo de la calva que sube y baja y vigila a los comemierdas de los clientes que siguen reprendidos con el expediente azul. Maité la mira en silencio, pequeña, con los ojos tímidos, estancada en la imagen Amelia con los pantalones arrollados hacia abajo. La escena respira por el ruido del steamer al caer y las fotos de los extras que se riegan por el piso, Elenita intenta recogerlas lo más rápido que puede, uno siempre la caga el primer día, coño. Amelia se arrodilla y la mira reconociendo este nuevo material de oficina. Elenita no es capaz de sostenerle la mirada cuando la oye decir:
—Dime, ¿tú sabías que el paraíso es de las rubias?

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