Son caribeñas, son cubanas, son de silicona

 

Este lunes, más que ningún otro, afirmo que existe el “mundo flotante habanero”. Un estrato social que se desprende de entre nosotros y gravita bajo nuevos, costosísimos y hasta arriesgados códigos de belleza.

La meta de esta élite –accidente cada vez menos discreto en pleno rostro social-, es tanto el embellecimiento del cuerpo a cualquier precio como la vivencia de los más lujosos placeres. Claro que, obtener butaca en esta academia, dependerá entonces de la marca que uses, tu celular, tu carro y tú mismo te medirás por: hasta cuánto puedes consumir en una noche.

¿Dónde se ubica el command center de este mundo flotante?, cabría preguntarse. Con los tiempos que corren no es difícil de responder: en los negocios privados que han surgido por toda la ciudad. Paladares, gimnasios, bares de tapas, pequeñas discotecas, mansiones que -nada sutiles- elevan su emporio con ínfulas de pequeños rascacielos enrejados.

Precisamente este fin de semana pasado alcancé a entrar a uno de estos bares nuevos y me encontré a una vieja amiga, cómo decir, alguien que en mis tiempos de estudiante era lo que cualquier muchacha cubana promedio:

Poco peinaba aquellos rizos oscuros cayendo sobre sus ojazos negros. No lavaba mucho los jeans, ni los tenis. No usaba cremas y con despistada frecuencia olvidaba afeitarse piernas y demás. Nunca llegó a hacerse aquel inmenso tatuaje freak porque, justo antes de empezar, hubo un apagón de aquellos. (¿Se acuerdan de los apagones aquellos?)

Empiezo de nuevo porque yo sé que los lunes es difícil agarrar el hilo de las cosas: Este fin de semana pasado estaba yo en uno de esos bares nuevos cuando me encontré a una vieja amiga… y no la reconocí.

En lugar de aquella se me acercó una rubia queratinada, sin rizos, con sus piezas y partes depiladas, cejas y contorno de ojos tatuados, trasero y caderas descomunales, pechos abundantes y esa voz que, con acento extranjero, dijo una vez superado mi asombro: “Tócame aquí”.

Y sí. Le toqué una, caballero, no pude resistirme, tenía tanta curiosidad por saber cómo se siente la silicona. Dura, más que dura. Increíble cómo pone grandes las partes. ¿Es la misma de las nalgas? –pregunté disimulando. Y me anunció con sus labios tan inflamados como los míos aquella vez en que hice alergia a la tetraciclina: “La misma, ¿y sabes qué?, no pesa”.

No pesa, pero cuesta. Toda orgullosa me recitó la cuenta de lo que debió ser un presupuesto arduamente gestionado: “Ah, querida, traigo tanto en los labios, más-cuánto aquí arriba –y se las agarró-, recontra-tanto allá atrás y las caderas me salieron casi gratis. Cuéntame.”

Nice house, pero nobody home -iba a contarle cuando, en letra de molde, me asaltó aquel torrente de preguntas: ¿dónde quedó el otrora reino de la beldad latina que, por natural y espontánea, había ganado lugar en el olimpo de la belleza? ¿Qué nuevos códigos está importando Cuba a la par de las tecnologías, los préstamos lingüísticos y los “estándares” de vida?

No han sido pocas las ocasiones en que he estado a punto de preguntarle a un metrosexual cubano: “mi amor, ¿dónde compras el tiempo para cuidarte así?”

¿De dónde sacan también nuestros artistas estas cirugías provocando que uno mire al televisor dudando será ella o no será él? Y de paso dando pie a que gran parte de nuestros humoristas –cuando la cirugía no sale bien- se alimenten con el choteo de turno, para decirlo a la altura de los tiempos, con el bullying cubano.

(Por cierto, del bullying cubano les hablaré en estos días)

¿Y si no sabes nadar, igual flotas? –estuve a punto de preguntarle, pero me contuve. Mi amiga pestañeaba más de lo normal y pude ver que sus ojos negros ahora son más verdes que nuestras palmas.

Verdes y extrañamente enrojecidos por una alergia a los lentes fijos de última generación, que una compañía de esas que experimentan nuevos productos le implantó, gratis, pero no incluyó en el contrato las indemnizaciones ante un posible rechazo del organismo.

¡Y entonces! –exclamé horrorizada. Así respondió como quien lo tiene todo… pensado:

Darling, darling, ¿olvidas que somos una potencia médica? Eso me lo arreglan en el Pando Ferrer. By the way, te-puedo-resolver-con-un-amigo para que te quiten esa patica de gallina que te está saliendo ahí. Verdad que ustedes, los intelectuales, con esa cabeza entre los libros… ¡ni se miran al espejo!”

Impactada ante su inexpresión facial, típica de quien se inyecta Botox, recordé la muñeca que saqué de mis cajones la semana pasada, esa con los ojos botados y tres dedos partidos, pero que arrugas, lo que se dice arrugas, no tiene –ni tendrá. Y me dije, contra, al final los juguetes no cambian tanto. Cuba, por el contrario…

Bueno, los juguetes no, pero los precios sí, ¿alguien ha reparado en lo que cuestan una muñeca, un carrito de baterías, un salvavidas My baby float? Esto se los dejo para la próxima, caballero, que en un solo lunes no cabe el mundo. ¿Verdad que no?

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