Mi Elegguá juega con muñecas, ¿y qué?

 

Llámenme Elegguá. Soy negro. Soy bajito. Tengo tres años de edad. Soy cubano hijo de obreros. Asisto al Jardín infantil La Edad de Oro y me gusta jugar con muñecas. ¿Qué pasa, por qué ponen esa cara? ¿Si me gustan las muñecas yo dejo de ser yo? Respondan en voz alta para poder escucharlos, ¿si juego con muñecas… ya no soy más Elegguá?

En estas cosas pienso un lunes por la mañana cuando el fin de semana previo me da por hacer limpieza en los cajones. Y es que de mis cajones puede salir cualquier cosa. Las bolas y trompos que les gané a los varones del barrio, el librito de poemas de la secundaria lleno de pétalos de rosas secas, la muñeca con los ojos botados y tres dedos partidos que, no obstante, pudiéramos decir que no se pone vieja, porque arrugas, lo que se dice arrugas, no tiene. Ni tendrá.

(Pensándolo bien, esto de las arrugas… bueno, les hablo al respecto la próxima semana, porque en un solo lunes no cabe el mundo.)

Estarán de acuerdo conmigo si les digo que en Cuba los colores –yo creo que hasta el aché- están repartidos, incluso, antes de que uno nazca. Permiso, asómense por un segundo a una canastilla: rosadito para ella, azulito para él y el amarillo… seamos sinceros, el amarillo se evita por todos los medios. Ni siquiera se toma como un avance con precauciones mirando previamente a ambos lados de la vía.

¿Por qué no avioncitos y florecitas en un mismo pañal? ¿Por qué no verde? ¿Por qué no moradito, o color mamoncillo, o blanco? Hay familias que hasta se dan el lujo de rechazar donaciones para su bebé porque las blusitas, pantaloncitos y baberos son cromáticamente “incorrectos”. Caballero, ¿en serio? ¿con la necesidad que tenemos y se ponen con esa bobería?

Cuando abrí el cajón el fin de semana y encontré la muñeca –sin arrugas-, me puse a sacar cuentas y resulta que ese Elegguá que les habló al comienzo tendrá hoy unos 21 años. Han pasado ya 18 años desde que yo trabajé en aquel jardín infantil como auxiliar pedagógica y recuerdo que la maestra a cargo me repetía cada vez con mayor énfasis: hay que desviarle la atención hacia los juegos de varón, hasta que suelte la dichosa muñeca. Mira que para colmo de males, es negro.

¿Y si les cuento que la maestra también es negra?

Cómo decirles, Elegguá, para sus tres años, era más alto que el resto de los niños, corpulento, macizo, sonriente y delicadísimo. Un osito del cariño que –al igual que la niña mala de Pedro Luis Ferrer, era el más regañado por travesuras y coincidentemente también el más afectuoso-, se me tiraba arriba todos los días por la mañana y mejor que un puntapié a la pelota le daba una caricia tímida, una rozadita minúscula. Y volvía corriendo a jugar con lo que ustedes saben.

Les explico en letra de molde por si alguien no ha entendido lo que está pasando aquí: ¡Elegguá siempre le será fiel a su muñeca porque estamos hablando de su muñeca!

Cierto es que en la Cuba de hoy ya el tema no es nuevo y mucho se ha avanzado, pero yo insisto en que vayamos un poco más a la raíz del problema y pensemos que si todavía hay quienes dividen la vida en dos colores y hasta obligan a los hijos -zurdos naturales-, a escribir con la otra mano, porque “el mundo está hecho para los derechos”, ¿qué quedará entonces para los que eligen instintivamente las muñecas?

¿Los Elegguá tendrán que patear pelotas hasta la mayoría de edad, para entonces poder mecer muñecas –sin arrugas- a su gusto?

A todos se culpe. Recuerden que las diferencias las vamos haciendo nosotros mismos.

Cada vez que Elegguá me pasa hoy por el lado sacando tres cabezas por encima de la mía, con las pestañas y las uñas más largas que las mías, con ese meneo de caderas más rítmico que el mío, recuerdo al personaje protagónico de la película Fresa y Chocolate, cuando habla de ese amigo al que no le dejaron estudiar piano porque eso era para afeminados. Así resume Diego una verdad tanto arrolladora como indetenible hoy mi amigo tiene 50 años, es maricón, y no sabe tocar el piano.

Ni con arrugas ni sin ellas. Estoy convencida de que en los cajones de Elegguá no existe una sola muñeca vieja para arrullar el recuerdo algún fin de semana y despertar un lunes como hoy, queriendo mejorar el mundo. Un objeto querido que ayude a revivir emociones y revisitar la niñez desde esa libertad emocional al que todo ser humano, repito, todo-ser-humano-tiene-derecho esté donde esté, venga de donde venga, de la raza que sea, del sexo que sea.

Y yo pregunto, más que en letra de molde en mayúscula, a ver si acaban de comprender: ¿Con qué derecho eligen nuestros colores, nuestra mano dominante, nuestros juguetes?

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