Downstairs

-¿A que no sales con las tetas afuera? –le dijo.
Pero a ella le basta con dos tragos para perder la paciencia, entre otras cosas. Así es que, sin dar tiempo a más, se quitó la blusa y el ajustador y salió por la puerta del balcón, entre los gritos y risotadas del grupo. Se asomó a la calle y escuchó a sus espaldas:
-Ah, pero al balcón sale cualquiera –luego un instante de silencio, como esperando que sus palabras surtieran efecto-, eso también lo hago yo.
Nadie pudo darle alcance antes de la puerta de la calle. Nadie pudo evitar el desastre a tiempo. Incluso el elevador parecía confabulado. Salimos disparadas, como si fuéramos adolescentes en una estampida mayúscula escaleras abajo. En el tercero estaba el viejo Andrés, como siempre. Con la cabeza descolgada hacia afuera nos miró con cara de “parece mentira que hayan llegado a los cuarenta”. Y nosotras descendiendo, gritando y corriendo a pata suelta. Downstairs.
En el segundo una de nosotras resbaló, perdiendo un tacón en la maniobra. Pero seguimos adelante, aquello no se veía desde cuándo… Al traspasar la puerta abierta del edificio ya ella había ganado el mismísimo centro de la calle, el centro de la calle en una calle de Centro Habana, que ya es mucho decir. El tráfico se había detenido, la gente se descolgaba de los balcones, ya el viejo del parqueo se cogía los huevos y ella abría los brazos al cielo. Las tetas le colgaban, enormes, esparramadas sobre sus costillas, y dos areolas quemadas, dos dianas en un pezón increíble, centrado, bien clavado en medio.
Las viejas fueron las primeras en aplaudir. Parecía que fuera un extraño acto de liberación. Nadie sabía cómo reaccionar. No todos los días se ve a la doctora del médico de la familia exhibiéndose en plena vía pública. Precisamente ella, que ha visto medio barrio en cueros alguna que otra vez, ofreciéndose de esta manera a la vista general. Siempre hubo algún niño despierto a esa hora, viendo aquello que habrá de recordar para el resto de su vida. Y el policía aquel que hacía la ronda por primera vez agarrado inútilmente a su bastón. Nadie se atrevía a tocar a la doctora, por respeto, digo yo. Hasta nosotras nos quedamos tranquilas, sin bromas, sin risas. En una suerte de respeto fabricado en años. Dos minutos, fueron dos minutos de silencio. Y habría sido un lindo espectáculo de no ser por los hombres, que siempre la cagan. Yo creo que ella no habría llorado si aquel tipo no dice:
-Doctora, con todo respeto… usted necesita un hombre.

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