No todo el mundo se limpia con lo mismo

 

Si es sábado, por ejemplo, y la paloma te hace la gracia en el hombro, será solo eso: una embarradita simpática en medio de tu paseo. A lo que algún metiche de esos que nunca falta en las calles de la Habana comentará para darte ánimos: eso es suerte, tú verás.

Por el contrario, si ocurre un lunes, si una paloma osa premiar tu hombro un lunes camino a la oficina, al médico, a la escuela, en la parada de la guagua, bajándote del taxi. Ay mi madre qué mal humor, qué mala cara, qué mala suerte por andar aguantando el resto del día la pestecita.

Como ya les había comentado: La vida es cuestión de perspectiva.

Por eso seamos justos y llamemos a las cosas por su nombre. No señalemos a quien no debe culpas. Caballero, una pobrecita paloma no reconoce entre sábado y lunes, no sabe de geografía, ni de políticas, ni de suerte, ni de viajes al extranjero. Para la paloma no existen las diferencias.

Las diferencias, mal que nos pese, las vamos haciendo nosotros mismos.

Le damos merienda al niño y le decimos que no la comparta, porque uno se sacrifica mucho para que él la vaya regalando así como así. Al coterráneo le tratamos de oye tú, y al foráneo de buenos días, señor. Le celebramos los quince a la niña por todo lo alto, cueste lo que cueste, y tú verás cómo quedan mejores fotos que las de fulanita. Y ese novio no te dará nada, mejor consigues un extranjero. Estudia una carrera con futuro, turismo, por ejemplo, o mejor, búscate un trabajo en una paladar de las nuevas para que el futuro empiece ahora mismo.

Pero la paloma sí, contrario a nosotros, es un ave de vuelo popular. Popular y democrático. Tan democrático como antes cuando repartía lo mismo en el hombro del obrero, del maestro, del médico, del miliciano, del estudiante.

Hoy, aunque los tiempos sean otros, la paloma sigue siendo la misma, y chispea por igual las gafas Ray-Ban del regueatonero de turno que la cabeza cenicienta del constructor, le da igual el parabrisas del audi del gerente que la bicicleta del mensajero de la bodega, lo mismo santigua el pelo queratinado de la empleada de hotel que la mano temblorosa de la viejita del maní.

Puesto en letra de molde sonaría así: le da lo mismo un pionero que mastica chicle como uno que no lo mastica porque no lo tiene.

Lo increíble es que años atrás casi todo el mundo se limpiaba con lo mismo. Con la hojita seca tomada del parterre más cercano, lo único que había que hacer era bajarse de la bicicleta –o agacharse, porque andábamos a pie-, y recogerla. Así, quedábamos igual de olorosos, pero limpitos todos.

En ese sentido la Cuba de hoy va trazando cada vez mayores diferencias. Diferencias claramente marcadas por ese tan llevado y traído concepto: poder adquisitivo. Cuando a uno se le van los ahorros en una comprita de fin de año, día de los enamorados, de las madres, de los padres, del maestro, el grueso de la cola ante la caja registradora muchas veces nos hace exclamar: ¡de dónde saca la gente el dinero!

Pregunta del tipo: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿por dónde le entra el agua al coco? ¿quién le pone el cascabel al gato?

Mientras seguimos –seguiremos- sin respuesta en este lunes de “la misma Cuba para todos”, si una paloma nos hace la gracia solo hay una cosa segura: no todo el mundo se limpia con lo mismo.

Claro que sigue estando el que usa el cucurucho de maní vacío, el carnet de identidad, el muro desconchado de una columna de la Habana Vieja, el comprobante de cambio en la cadeca, la mitad de un artículo del periódico Trabajadores, el papelito que nos pasaron en medio de la clase de ayer proponiendo: ¿nos fugamos?

Está uno de nuestros más honorables clásicos, el que se hace de la vista gorda, porque a él sí que la paloma no.

Suertudo el que se limpia con toallita húmeda para bebé, con un rollo abundante de ese papel sanitario que cuesta dos pesos convertibles, con almohadillas desmaquillantes, con un pañuelo perfumado dolce & gabbana o un peso cubano de papel, sin que ello represente un sacrificio.

Son cada vez más los que sacan la servilleta de debajo de la taza de café en una de esas mesas en la Plaza Vieja y reaccionan ante la vejación susurrando: shit, sheiβe, merde, porca miseria, joder… estas palomas cubanas, tío.

Pero ni el lunes, ni la suerte, ni la oportuna traducción de las imprecaciones, ni las preguntas sin respuestas, ni siquiera las diferencias son lo más importante.

Hoy lo más importante, insisto, es el pionero. Ese que no vio la paloma de antes, pero le tocará la de después. Insisto, ante todo, para que empecemos este mismo lunes -día en que se abren todos los caminos-, porque será mejor limpiarle al pionero la mierda de la paloma de hoy, que quitarle del zapato el chicle de mañana.

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