Making of (3)

 

Es una pregunta que me hecho casi siempre porque eso es lo que yo más he hecho en esta vida, preguntar y preguntar. Lo tremendo es que nadie le conteste a uno, porque no contestan, se quedan mirando al piso, los zapatos y se encogen de hombros y te dicen imagínate, qué puedo hacer yo. Y uno insiste, esta vez preguntándoselo uno mismo ¿Yo tendré, en verdad, una historia? De tener una historia ¿dónde está? ¿Comienza con el diario, con la foto, acaso comenzó aquel día entre banderas bajo el sol? Miles, millones de personas a mi alrededor, hormigas locas haciendo camino a la plaza, —mentira— pastando como las ovejas de algún cuento. Dos horas después habían desaparecido carné y dinero del bolsillo de mi pantalón y la gente caía desmayada a mi lado, por el calor. Desfilamos parte de la madrugada, toda la mañana, y un poco más, no porque quisiéramos sino porque no había manera de salirse de allí. Fue el único desfile de mi vida, prometí que nunca más permitiría que hicieran aquello conmigo. Perdí la mano de Alicia en un momento al voltearme para ver el atajo más cercano hacia el espacio desierto, pero descubrí que no había tal espacio, que solo había gente, gente y más gente a mi alrededor, luego me percaté de que Alicia tampoco estaba. Rostros y sudor, sudor y rostros, y cansados, y gente con botellas de ron porque aquello había que pasarlo de alguna manera, y banderitas, muchas banderitas agitándose hasta el cansancio. Unas señoras con gorra, inaudita gozadera. No sé, una eternidad más tarde logré alcanzar el otro lado, me fui desgajando del tumulto y gané soledad, por fin. Muerta de sed, apenas si tenía unas monedas en mis bolsillos, suficientes para tomar un refresco si hubiera habido algún lugar donde comprarlo. ¿Por qué nadie me responde? Era inútil, de modo que me senté bajo un árbol. Me vi como un punto oscuro, un agujero negro en la primera página de un periódico que tiene solo dos hojas miserables. No. Fue como un estado de iluminación, una epifanía, pensaba que yo misma podía lograrlo y saqué la libreta de apuntes que te mostré:

Ancestros I

El bisabuelo de mi padre nació en el Líbano, llegó a mi país cuando era un hombre. Se instaló en las provincias orientales y allí regó la estirpe de los Chelala. Mi abuela, la madre de mi padre, lleva el apellido y el carácter dominante que les caracteriza. Mi abuela era amante de los juegos de azar, de la comida y del dinero. Tenían una barbería, la mejor del pueblo, la más elegante; y vivían bien. Estableció un tenaz matriarcado después de la muerte de mi abuelo, incluso, puede que mi abuelo también lo padeciera un poco. Mi abuelo era dulcero, hombre noble y de andar rápido. Mi padre, al abandonar el hogar materno para probar su suerte en la capital del país, sembró el germen de su destierro. Incumplir las leyes del matriarcado equivale, en la familia de mi padre, a pasar definitivamente al rebaño de las ovejas negras (Condición que, en mi caso, se heredó).

Ancestros I (detalles)

Mi padre es el único hombre de los hijos de mi abuela. Las demás son mujeres, dos de ellas mellizas. Todas de nariz alargada y rasgos varoniles. Una de ellas se casó con un negro. En el matriarcado implantado por mi abuela, tener relaciones sexuales con un negro equivale no solo al destierro sino también al desprecio. Parirle a un negro equivale a negarse la condición de ser “parte de la familia”.

Ancestros I

El abuelo de mi madre era español. También vivía en la parte oriental del país y tenía un buen negocio, una bodega. Antes de morir mi bisabuelo viajó por última vez a España. Justo antes de su viaje cambió las monedas de oro que había enterrado, con ayuda de su mujer, en el patio de la casa; las enterró en otro lugar, él solo. En el viaje de regreso enfermó en el barco y murió antes de llegar a tierra. Los hermanos de mi abuela removieron cielo y tierra pero nunca encontraron el dinero. Dicen que en ciertas noches sale un cocuyo con una luz tan grande que alumbra dos metros a su alrededor, luego se posa en un tronco, y que ahí está el dinero. Eso dicen. Pero nadie se atreve a buscarlo.

Ancestros I (detalles)

La madre de mi madre cosía para la calle. En los tiempos de revolución cosía camisas para los alzados y llevaba mensajes en el pelo, hacía banderas cubanas con retazos y telas viejas. Toda la comida que podía conseguir la llevaba para las lomas.
Cuando el gobierno prohibió matar vacas, (ni siquiera sus dueños pueden hacerlo, y no porque sean sagradas) los hermanos de mi abuela fueron acusados, interrogados, perseguidos, por matar vacas para comer. Mi abuela murió de un infarto masivo, sentada en la máquina de coser, ganándose el sustento de la familia con cinco hijos que alimentar: uno de ellos era mi madre, con doce años de edad.

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