La que llega

 

[La persona a la que dediqué este pequeño texto le dio importancia igual a cero. Cosas que pasan en la vida, qué le vamos a hacer. Me dolió en su momento, para qué decir una cosa por otra. Han pasado algunos años desde que borré la dedicatoria y, olvidado entre tantas carpetas, hoy lo he encontrado por casualidad. Releyéndolo me di cuenta de que, en verdad, me lo había escrito a mí misma, como un pequeño guiño a esas veces en que una puede ser la de siempre y al propio tiempo, ser otra… gracias a alguien más.]

“La que llega”

Cuando una se acerca al mar es como si la otra lo presintiera. Se arriesga a quedarse en la orillita, escondida entre las rocas para verla llegar con sus pasitos cortos, su andar femenino y asustadizo. La que llega viene todos los martes y los jueves, a veces, los domingos. Mira hacia todos lados para ver si no hay alguien merodeando cerca, busca el lugar más solitario y extiende una manta a cuadros. Saca el termo. Se sirve un poco de té. Abre un libro. Ahí pueden pasar las horas tranquilamente porque cuando la que llega comienza a leer no tiene para cuando acabar. La otra se limita a observar en silencio, con miedo a espantarla, a ponerla nerviosa y que el libro caiga de sus manos al agua, a que la mire de pronto a los ojos y no se crea lo que está viendo. La que llega a veces levanta la mirada, recorre el mar y tiene dudas. La otra lo sabe porque la ve cuando se le endurece el rostro, le crece un monte pequeño entre las cejas. En cambio cuando está concentrada en la lectura o tomando notas en su cuaderno aprieta los labios, en un gesto muy suyo, por eso la otra sabe que no debe molestarla entonces. Solo a ratos, en esas semanas en que no aparece porque entra algún frente frío y no hay quien se siente a la orilla porque el mar es inhóspito y vengativo y la que llega sale con los amigos a recorrer la ciudad, a tomar algunas cervezas y a hacer el amor, la otra se dedica a explorar los corales, baja hasta la quietud del fondo y hace como que no le importa. Pero entonces vuelve a llegar algún martes, o jueves, muy pocas veces un domingo, y la que llega no trae libros, ni mantas, ni té. Llega con los ojos vidriosos y el rostro pálido, y a la otra se le pasa de golpe el berrinche, saca medio cuerpo abriendo los brazos a la que llega, mojándola con las gotas que se escurren desde el cabello por todo su tronco y en el abrazo los pezones se le despiertan como en un gesto de agua. La que llega enreda con sus dos piernas la cola escamada de la otra, suspira profundo y deja que el mar las bañe a las dos.

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