4 de julio

[Cuando escribí este cuento ya me pesaban bastante los amigos que ya no están. Ahora que lo revisito me doy cuenta, qué horror, los personajes también se van, emigran lo mismo las versiones de ficción que las reales. No obstante mi golondrina, con la tinta un poco corrida, sigue ahí, con su cola bífida, buscando verano. Le agradezco a mamá haber encontrado la forma exacta para dejarme una marca en el cuerpo real, algo que quedándose me recuerda  lo que se va. Algo que me ayuda a recordar… ]

“4 de julio”

–¿Estás segura de lo que vas a hacer? Fíjate que la aguja esté esterilizada, por favor.
–Sí, mamá. Voy con Anita. Ella es doctora, sabe de esas cosas.
–Si no fuera tan vieja, yo también me hacía uno.
La casa. Su casa. Una sola habitación. Él me limpia la piel con alcohol, me afeita, un espejo largo hasta el piso para mirar el dibujo y decir: sí, así me gusta. ¿De verdad? ¿No lo quieres un poco más abajo, del lado izquierdo tal vez? No, así está bien.
Me siento a horcajadas en la silla y me apoyo en el espaldar. No chequeo la esterilidad de los instrumentos, para eso está Anita. No es tan doloroso como decían, debe ser la zona del cuerpo. Él me pregunta si puedo aguantar hasta el final. Sí, puedo aguantar.
Fue el 4 de julio: Día de la independencia de Estados Unidos de Norteamérica. En la parte superior de mi nalga derecha, una Golondrina: Ave migratoria que recorre largas distancias. No sabía qué hacerme, yo quería algo que me identificara de alguna manera. No lo escogí yo, fue mi madre. El dibujo lo hizo el novio de Anita. Era el año 2001: Un año como otro cualquiera. Mi primer curso de Historia en la Universidad de la Habana. Historia: 1. Narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados. || 2. Disciplina que estudia y narra estos sucesos. Habana: Ciudad abandonada por el continente, mi continente, basura y gente en las esquinas y juegos de dominó.
Malecón. Siempre el malecón. Una cinta de hormigón desalmado comprimiendo a La Habana y su realidad. Pero la realidad no aguanta mucho y le salta por encima, llega al mar… y nada. Antuán y yo estudiábamos juntos. Entramos en el taller literario al año siguiente. El malecón estaba tranquilo ese día, alguna que otra parejita apretaba aquí y allá.
–¿Cuándo comenzaste a escribir? –me preguntó.
–No recuerdo.
En realidad no recuerdo muchas cosas. Estudio historia, soy mala para los números y detesto aprenderme las fechas de memoria. Una cosa es no querer aprender algo y otra bien distinta es tener mala memoria. La mala memoria te hace olvidar las caras de la gente que estudió contigo. Pasa alguien junto a mí, me mira. ¿Nos conocemos de alguna parte? Tendré que preguntarle a mi madre, ella sí se acuerda de todo el mundo. Cuando revisamos juntas los álbumes de fotos ella me recita uno por uno los nombres. Este es fulanito, se fue del país. Esta es… ¿está esperando la visa?, este es… sí, ese mismo, A…, se casó con una española. ¿Dónde estoy yo? Yo soy la de la esquinita, pequeña, a medio reír. Siempre salgo a medio reír en las fotos.
–¿Quieres ir al teatro esta noche? –me dijo Antuán.
–Bueno… está bien.
Los siervos, de Virgilio Piñera. «Declaración: (publicada en la prensa) ¡Ciudadanos! En vista de que la igualdad social no es tan igual como parece; en vista de que el caronismo se compone de partes desiguales de señores y siervos, mayor número de partes serviles, menor número de partes señoriales y en vista de que las partes serviles y las partes señoriales están obligadas por la razón de Estado a no manifestar su verdadera condición, en vista de todo eso, los siervos encubiertos, nos declaramos siervos serviles y juramos defender al servilismo hasta la muerte.»
Siempre me gustó el teatro. Siento ganas de haber sido actriz.
–¿Te gustó la obra? –preguntó después de un largo silencio, mientras caminábamos por el Malecón.
–Me gustó.
–… tienes un tatuaje.
–¿Te molesta?
–¡Qué va! ¿Te lo hiciste hace tiempo?
–El 4 de julio del año pasado.
– Me dan miedo esas cosas. Yo no podría hacerme uno. ¿Te dolió mucho?
–Más o menos…
–Ahora los tatuajes están de moda –respiró profundo mirando el mar y siguió–. ¿Por qué la golondrina?
Golondrina: Ave migratoria de cola bífida. Quiere decir que se abre y termina en dos. Como en las fotos, ni seria ni alegre, a medio reír, o a medio no-reír… a medias. Efectivamente el 4 de julio, un día igual a este pero del año 2001: Día de celebración junto a la Estatua de la Libertad. Una subida difícil, con trescientos cincuenta y cuatro escalones desde el pedestal hasta la corona, un viaje en espiral. La misma estatua que, en verdad, fue hecha por un francés para los Estados Unidos de Norteamérica. Mi primer curso de Historia: || 3. Obra histórica compuesta por un escritor. || 4. Conjunto de los acontecimientos ocurridos a alguien a lo largo de su vida o en un período de ella. Mi historia en La Habana: alcohol y sexo y carnavales: tiempo muerto, mente en blanco, la gente sonríe.
–¿Por qué no te callas y me pides hacer el amor de una vez? –le contesté malhumorada–. Preguntas demasiado. Nunca lo olvides: hablar es perder el tiempo. La Habana solo pare hombres y mujeres de acción, luego los escupe hacia el mar.
Cuando Antuán empieza a hacer preguntas no acaba nunca:
–¿Cuándo te escupe a ti?
–Yo no voy a ningún lado. La Habana no me ha parido todavía…
Yo no voy a ningún lado. Ese fue el año cero, mi vida desde una golondrina en vuelos flash-back/flash-forward. Yo debí ser directora de cine. El tiempo lejos de los amigos no se recupera ni con todo el dinero del mundo. No me gusta cocinar y salgo a medio no-reír en las fotos. Las ciudades siempre padecen de algo. En todas las ciudades hay siervos. Nadie se escapa… esta ciudad quiere escupirme, lanzarme afuera. Siento el salitre golpeándome la cara, pero no voy a ningún lado. Soy buena escuchando los cambios del mar. Yo debí ser músico.

–¿Quieres descansar un rato?
–No. Puedo aguantar. ¿Cómo está quedando?
–Bien, muy bien. Me gusta el diseño.
–Un amigo lo dibujó para mí.
–Son seis dólares.
La casa. Su casa. Apenas una habitación. Seis dólares. Una golondrina. El precio no incluye sexo, no estaría mal preguntarle de todas maneras. Lo que no sé es cómo se lo voy a decir a mi padre. Subiendo por mi espalda, una Golondrina: Ave que se va pero regresa. Habita un poco en los dos lugares, no es de aquí, no es de allí. A medias… año 2001. Primer curso en la Universidad, carrera de Historia: || 5. Narración inventada. || 6. Mentira o pretexto. Mi historia.
Tiene tatuados los brazos y las piernas. Su piel es tan blanca que los indios saltan a la vista. Están bien hechos, pero ahora no es el momento de preguntarle quién le hizo el trabajo. Anita fingió prisa y nos dejó solos. La cabeza del indio de la derecha sube y baja mientras acaricia mi pelo, me agarra la cara y nos besamos. Yo debí ser puta. Está encima de mí: una cabeza adornada con plumas en el medio del pecho, la cara arrugada me mira fijamente. Presagio: sucumbirás bajo el espiral de tu memoria. Seis dólares, incluido el sexo. Tuvimos varios orgasmos en posiciones de súplica, forzadas unas y otras dominantes. El humo se acumuló sobre nuestras cabezas. Llegué a casa muy tarde, sin una excusa para mi novio, que ese mismo día dejaría de ser mi novio. Le dije la media no-verdad. Había sido secuestrada por unos indios salvajes y me acosté con ellos con tal de salvar mi vida, al menos una vez. Cerró la puerta en mi cara y no lo vi más. No volví a fumar de esa manera. Los indios se fueron en una balsa, se asentaron en otra ciudad. Civilizados ya, me escribieron una carta. Estaban felices de haber abandonado esta vida salvaje.
A mi padre le dije algo así como: no robé, no maté, no juré por alguien en vano… me hice un tatuaje. Mi padre suspiró, me pidió verlo y dijo: está bonito. Antuán no me preguntó nada más. Mi casa, mi cuarto. La piel de Antuán es blanca, demasiado blanca. No hay cicatrices, ni siquiera un pequeño rasguño en la rodilla, ni manos ásperas. Antuán a medio no-nacer, es perfecto. Le dibujé una estatua sin brazos en el pecho, con un plumón negro, un cuño sobre el brazo izquierdo: vuela o muere. La esvástica girando sobre la tetilla derecha. Sexo lento, posiciones perfectas, cuando llegó al orgasmo se puso a llorar como una niña. La paloma del vientre me quedó bien. Yo debí ser pintora. La estatua del pecho no me decía nada, no tenía brazos para agarrarme, gozaba a medio no-mover, un poco asustada, monótona. Me viré de espaldas y así terminó por tercera vez. Sexo a medio no-hacer.
Malecón. Siempre el Malecón. Una cinta de hormigón desalmado comprimiendo a La Habana y su realidad. Pero la realidad no aguanta mucho y le salta por encima, llega al mar… y nada. Soy buena escuchando el mar. El vuelo flash-forward: a medio no-vivir. Unos indios me mandan postales todos los años, hace cinco ya. Adoran la civilización. No más Historia en la Universidad de la Habana, no más acontecimientos… El tatuaje está como el primer día, perfecto, a medio no-usar, es el punto medio entre no-haber sido y seguir no-siendo. En realidad no recuerdo muchas cosas, tengo mala memoria. ¿Y esa quién es? Es Anita, dijo ayer mi madre, hace dos años vive en Alemania.
El Malecón, mi Malecón. Tengo una postal entre las manos. Unos indios que me parecen conocidos, pero no alcanzo a recordar, me mandan un saludo afectuoso. Le pregunté a mi madre ayer, pero no los reconoce. Ahora pasa un muchacho delante de mí, se detiene, está un poco nervioso y me mira, tiene un tatuaje en el brazo izquierdo, un cuño que reza: vuela o muere.
–¿Nos conocemos de alguna parte? –le pregunto.
–Soy yo, Antuán.

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