Tierno azul

 

[Este es mi primer cuentecito. Lo leí uno de esos sábados en que los estudiantes del Centro Onelio tenemos que ir al frente del aula y leer algo, lo que sea que hayamos escrito hasta ese momento. Luego los demás hacen trizas el texto mientras uno permanece callado, sin derecho a ripostar. Luego hablan los profesores y solo al final se nos permite abrir la boca. Algunos lloran, otros tiemblan, se sonrojan, se molestan: pasa de todo. Y lo que es peor, a algunos no les queda invicto ni el título. Yo tuve suerte. Cuando terminé mi lectura quedó un silencio largo del que no supe si alegrarme o llorar. La verdad, me aplaudieron bastante y de manera espontánea antes de señalarme errores como un queísmo tremendo (Yannis Lobaina fue quien lo dijo), alguien más señaló muchos peros, entre otros detalles gramaticales y de redacción que revisé un poquito antes de ponerlo aquí. Jose, el estudiante que se sentó a mi lado todo el curso y que hoy sale algunas tardes en el programa de Raquel Mayedo mostrando sus modelos textiles, me apodó, desde entonces, Tierno azul.]

“Tierno azul”

Es una práctica general meter el dedo en la leche para saber si ya está caliente. También lo es preguntarse cuándo se está verdaderamente listo para el amor. Quizás sea porque el cuerpo también hierve y, si no se apaga a tiempo, todo el mundo se da cuenta por el olor a fuego quemado. Al hacer la leche en las mañanas ella imagina su primera vez en el amor: Azul, como el cielo tierno que se asoma, algunas veces, por la ventana de la cocina. Pero entonces oye a su mamá diciéndole que hay hombres tan “desarrollados” que pueden “acabar contigo” (según sus propias palabras). Por eso le cogió miedo a su novio Alberto y después de la semana lo botó. Él le insinuó algo, ella tocó… Aquello era demasiado grande. Hace un tiempo conoció a Andy: cuerpo insignificante e indefenso. Fue capaz de entregarle el bolso nuevo, por el que había luchado tenazmente toda una semana, el pulso de madera, su anillo de plata, y una foto de los quince, copia única. No se sabe cómo es posible entregar tanto a semejante decadencia física, pero ¿acaso alguien recuerda por qué se bota la leche? Ella lo hace cuando nadie mira; al final, no se sabe quién vigila a quién. Ayer por la mañana, otra vez, tuvo que limpiar la cocina. En un instante de descuido la cazuela se desbordó y, cuando la leche derramada se endurece, no es fácil de quitar. Después del desayuno la hermana se metió con ella en el baño. Le dijo un montón de cosas sobre su primera vez, cosas tan descaradas que si papá lo oyera no creería más en su hija universitaria. También le dio un libro donde se habla de todo: ”aquello”, incluso con imágenes, que fue lo único que le interesó, puesto que a ella no le gusta leer. Cuando papá se dio cuenta gritó con todas sus fuerzas. Eso está muy fuerte, dijo, pero igual se encogió de hombros. Andy vive con su abuelita, no muy lejos. Un pequeño apartamento en el tercer piso de un edificio de microbrigada adonde está invitada a desayunar. El cuarto de Andy es bonito, pero el beso le gustó más. No sabe cuándo se quitó la ropa. Desde que la mano la tocó ahí los ojos se le fueron a cualquier lado hasta que llegó la abuelita. Según los ruidos, la vieja inoportuna deja el pan sobre la mesa, en la cocina pone a hervir la leche mientras ellos se pegan a la puerta. Algo duro y caliente se desliza entre sus muslos, se le aflojan las piernas, se mueve con paciencia primero y después, ya no tanto. Un golpe en la puerta casi los derrota. La vieja inoportuna va para la bodega. Atiende la cazuela… ¡prepárate si se bota! Nadie ha medido el tiempo que demora en hervir la leche pero ella piensa: tanto tiempo vigilándola, bien puede esta devolverme el favor, sobre todo ahora que una boca juega… Se acuerda del azul tierno pero en el cuarto de Andy no hay ventanas. No importa, ahora todo está dentro, o fuera, en los dos lugares a la misma vez. Se mueve. Se mueve y el mundo se resume a esta habitación: habitación sin ventanas. Mientras, el líquido blanco comienza a superarse a sí mismo, se va pegando a las paredes de metal, las abraza, las besa, las va venciendo al punto. Un final desconocido parece anunciarse, todo se transforma. Se anima una explosión donde el tiempo se detiene. Quedan suspendidos en el aire los “desarrollados”, la hermana universitaria, el padre indiferente, el libro, sus imágenes. Ocurre un abrazo. La abuelita llega a tiempo para apagar la leche que llegó justo al borde, próxima al suicidio.

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