Sí, ella maneja un almendrón

 

Aquí no usaré la letra corrida, aunque sea mi favorita. No. Te escribiré en letra de molde, para que me entiendas mejor. Además porque a los lunes mejor entrarles suave. Ya sabes: el día que nadie espera con ansias. ¿Qué día no se puede llegar tarde a la oficina? El lunes. ¿Qué día empiezan las clases? El lunes. ¿Qué día se pone malo, más que malo, malísimo el transporte? El lunes, claro.

¿Qué día sacó ella la licencia para botear? Ni idea. Solo sé que hoy es lunes y yo saco la mano varias veces hasta que frena junto a mí y yo le pregunto: ¿Habana Vieja?  Me dijo así, sin anestesia: Monta… que te quedas.

Y yo me monto, por si las moscas, en el asiento de atrás. Que no, que lo mío no es machismo, caballero, nada que ver con ese mito absurdo de que las mujeres manejan mal, es que me di cuenta a última hora de que no había encendido mi elegguá y eso es, más que fatalidad asegurada, suicidio de lunes. Semana kaput antes de comenzar.

Por suerte para nosotros, los pasajeros que prendieron la vela y los que no lo hicimos, ella maneja más que bien. Su mano de uñas medianamente largas y pintadas agarra con firmeza esa palanca de velocidades que nace erecta desde el tronco del timón. Un timón de diámetro abundante, con forro rosado.
Ella maneja y habla.

Así le va contando al copiloto de turno: Muchacho, el día del exámen para la licencia de conducción aquel hombre era habla que te habla, intentando confundirme. Hasta que no pude más y le dije, cállese, compañero, y déjeme manejar. ¡Yo sé lo que tengo que hacer!

Aprobé –dice, muerta de la risa, y al detenerse ante otra luz roja se acomoda un pelo que se había escapado de su moño a lo rastafari.

Eso mismo, todos reparamos en su nuca delicada y blanca, muy blanca. Y de la nuca la mirada salta a los asientos rosados, miro el espejo retrovisor con reborde rosado y me doy cuenta de que es un chevrolet rosado con la cara de Kitty en un tapasol rosado sobre el cristal de la ventanilla izquierda, puerta trasera. No sé si alguien más se da cuenta de esto, porque cierto acuerdo tácito hace que vayamos más pendientes de sus movimientos que del lugar donde tenemos que bajarnos.
Para qué negarlo: todo-el-mundo-aguantaba-la-respiración.

Cada vez hay más mujeres haciendo trabajo de hombres –le susurra el señor que va junto a mí a la señora del otro lado. Y yo lo escucho sin querer. Y los ojos de la mujer son como los ojos revirados de mi madre cuando pasan los créditos de “Cuando una mujer” mientras su dedo sentencioso le dice a mi padre: ¿tú ves?

No sé en qué habrá parado aquello, porque en eso el pasajero de adelante se quedaba y en la guantera –rosada- tampoco había cambio. Ninguno de nosotros, los del asiento de atrás, tenía monedas ni billetes pequeños y ahí la veo sacar su brazo flacucho por la ventanilla y decirle al chofer del otro almendrón:
Papi, ¿tienes pa´cambiarme ahí un billetico, mi chino?

A mi chino le temblaron las manos mientras buscaba en su mazo dos billetes de a diez. Al que estaba al lado de mi chino y se los alcanzó cortésmente, también. Al que se bajó de nuestro chevrolet rosado no le cabía una gota de sudor en la camisa, lo cual me resultó sospechoso, hasta que le paramos a la mujer con el bebé y fue entonces que ella me dijo: Mi vida, pásate para adelante conmigo.

La vida es cuestión de perspectiva. Sobre todo si uno va en el asiento delantero de un almendrón –rosado- de Playa rumbo a la Habana Vieja y una mujer va manejando. Y le pita al que pisa la raya amarilla, al que se demora para salir cuando ponen la verde, al que va muy despacio por la senda izquierda, al que se le atraviesa intentando quitarle el pasaje.

Imagínate, la cosa está dura y hay que luchar, me dice con un gesto de hombros y rostro, y lo dice con tanta seguridad, con tanta esperanza, con tanta mujer adentro, que al llegar a Coppelia me dan ganas de gritar por la ventanilla ¡Arriba, caballero, Habana, hasta la Habana Vieja diez pesos! …pero no lo hago.

Ahora, mientras atravieso Centro Habana por San Lázaro, me limito a observar los otros taxis que pasan junto a nosotros, a los choferes que la miran al pasar y critican en silencio el capó rosado, las llantas, los cintillos de metal y una mujer que maneja con este short breve que solo alcanza a ver el pasajero junto a ella, pasajero curioso mirando hasta sus chancleticas –no rosadas, pero con una flor inmensa que casi le tapa los dedos de los pies-. Pasajero que paga veinte pesos al bajar y recuerda que hoy es lunes, no encendió su elegguá y aunque no sabe manejar, también es mujer.

Se los digo en letra de molde, para que me entiendan mejor: sí, ella-maneja-un-almendrón. Parado junto a mí frente al hotel Inglaterra, mientras vacila aquel Chevrolet rosado que avanza para descargar los últimos pasajeros frente al Capitolio, un hombre dice: ¡Las mujeres en Cuba están acabando, tú!

Anuncios