Making of (2) Esto no es Hollywood

 

Su boca reseca. Los ojos entumecidos. Menos mal que esta vez había ido a parar a su propio cuarto. ¿Por qué siempre las pintaba verde limón? Más allá de sus manos hinchadas la cortina se había corrido un poco y la luz de la tarde daba sobre la sopera de Yemayá, la reina. Qué horror aquel fango en sus pies que había manchado además las sábanas, qué horror no recordar por qué estaban así y el estúpido reloj de la sala que no dejaba de joder con la estúpida campanita insistiendo con las seis de la tarde. Una vuelta la cabeza, dos más, era inútil, el cuarto giraba a su alrededor y no la dejaba incorporarse. ¿Por qué siempre verde limón las putas paredes? Carola arañaba la puerta del cuarto desde afuera, se le oía gimiendo. Estiró el brazo todo lo que pudo hasta alcanzar el teléfono y marcó el número. Esperó. Por favor, por favor… uno, dos, tres timbrazos. Nada. Ni rastro de Carlos. Si no fuera por esta hambre bestial. El auricular dio un golpe seco en el piso y podía escuchar el tono ocupado con la cabeza casi descolgada al borde de la cama. Había un letrero a medio borrar sobre el espejo, un mensaje que debía haber eliminado hace tiempo, qué cobardía, si de todas maneras ella vive en Alaska. ¿Por qué verde limón? Las manos por la cara eran un alivio transitorio. Nada de cigarros sobre la mesita de noche. Mierda, se quedó encendida la lámpara otra vez. Si tuviera un control remoto para correr las cortinas y evitar que entre la luz, Yemayá, no me vengas con sermones ahora, ahora no, madrecita. Qué ganas de vomitar ese olor a levadura y enseguida el hambre insoportable avanzando con las manos pegajosas por todo el cuerpo desnudo hasta poder bajar, las piernas primero, pisar el suelo frío, luego alzar el tronco y quedarse unos minutos sentada en la cama. Por la vagina se escurrió algo hacia afuera, qué asco, por favor, por favor, dime que no es semen. ¿Será semen? De pie frente al espejo. Las ojeras. Eres una rubia descojonada con pajuzas en el pelo, qué mierda. ¿Qué mierda? A duras penas se abrió la puerta del cuarto, Carola contenta de verla, ¡ahora no me jodas, chiquita!, a duras penas la del baño y la bañadera que no acababa de llenarse por unos segundos que amenazaban con derrotarla, cabeza abajo entre las dos manos, pero se deslizó al fin, al fin por el borde de la bañadera. La bolita era un remolino entre sus piernas, perfumada, con algo de femenino y por eso no la dejaba recordar, la mareaba, y no había nadie para alcanzarle los cigarros. Déjá vu en los peces de papier maché. ¡Si tienen algo que contarme, díganlo ahora!, pero los peces permanecían en silencio, ni las sandalias, ni las ropas enfangadas en el piso, nadie le dirigía la palabra. Ah, sí, las llaves se cayeron tantas veces en el elevador, gracias a Dios no había nadie a esa hora y una frase que repetía, algo que no debía olvidar, de seguro le habían cambiado la cerradura ¡la gente es tan envidiosa! ¿qué era exactamente? No, no era cerca del mar donde había estado anoche. ¿Sería semen?
El café baja despacio, caliente, reparador. Lleva la taza en la mano como en las películas y el cigarro tiembla entre sus dedos. Tras el humillo que asciende todo se ve en orden aparente. Las llaves. Todo en orden, como a ella le gusta y hasta el reloj permanece en silencio ahora, sin tantas campanadas de mierda. Menos mal que aún queda algo de dinero en la billetera ¿Qué era exactamente? Un perfume de mujer entra por la ventana –pensativa unos instantes– para dejarle colgando la sospecha. El humo del cigarro subsiste flotando en el ambiente, se quedan unos gritos que entran desde la calle San Lázaro. Unos golpes insisten en la puerta. Pueden seguir tocando todo lo que quieran porque esta vez ni siquiera se va a tomar el trabajo de pararse tras la mirilla. A la mierda la fumigación ¿Semen?
–Me cago en tu madre, Carola, te volviste a mear en el balcón –por fin las fuerzas recobradas. Mejor vestirse y salir a comer algo antes de ir al cabrón aeropuerto. Carola se meneaba junto a sus pies, movía la cola, feliz de ver a alguien en el apartamento. Después se cansó de que no le hiciera caso y se subió en la butaca con las patas cruzadas, como era su costumbre. Parecía una persona.

Tenía que acordarse, cómo no iba a acordarse con la buena memoria que tiene, si ella se acuerda de las canciones de Maggie Carles, de Tanya, de Mirta Medina. La sopa está buena, menos mal que se la hicieron justo como la pidió, como la pide siempre. Esta muchacha es nueva, no la había visto trabajando aquí. Cuando le trajo el plato vio las zanahorias flotando y un par de tetas que se inclinaban para entregarle su sopa, caliente, humeante. Sin mucho puré la había pedido. Cuidado no te quemes con el plato, dijeron las tetas. Y ella que ni tenía fuerzas para sonreír. ¡Cómo es posible que le pase esto a una rubia! Carajo, y que nadie le ha escrito ni un mensaje al celular. ¿Qué era exactamente lo que tenía que recordar de la noche de anoche? Miró el cartel de aeropuerto con el nombre del cliente. Atentamente. No le revelaba nada, Harry, un nombre simple, extranjero, intruso y las tetas ¿Desea algo más? Sí, ¿podrías dejarme ver tu culito? Nada, es la resaca, ya sabes, las resacas me ponen a mil y ya sabes que las rubias estamos hechas para Hollywood. Dicen que una cerveza es lo mejor que hay para una resaca, las tetas sonríen, se merecen una buena propina y un paseíto por la ciudad la próxima vez cuando vuelva a ser ella y no este aliento de muerte.
Llegaste al límite, pensó y arqueó las cejas inconscientemente, tres noches sin dormir no es un juego. En la frente se dibujaron unas líneas y bajó las cejas inmediatamente, infló los cachetes. Mejor echar un poco de gasolina, el tanque está casi vacío. Esta ciudad que huele a cuerpo muerto, se quejó en voz alta, menos mal que ya es de noche. ¿Y si nos damos un toque? La del espejo sonríe cómplice y entonces sube por J y frente al Calixto parquea. Cualquier cosa voy al hospital. ¿Sería semen? Habrá que visitar a las socitas del policlínico dentro de unos días. Ah, qué tiempos tan tranquilos aquellos del consultorio, los viejos pidiendo recetas, aquel servicio social en el fin del mundo, Bejucal y esos suculentos platos de comida que le traían los pacientes aquí tiene doctora que usted no se puede ir sin comer, qué barbaridad es esa. Se mira en el espejo retrovisor para cerciorarse de que no ha aumentado ni una libra. Mira, te pones a comer mierda con los recuerdos y mira, la yerba se cae del papel, como si eso fuera una posibilidad real pero ni se te ocurra que cuestas muy caro, ven acá yerbita de mi corazón. Qué mierda como le tiemblan las manos, gracias a Dios no es cirujano y se dio la primera y el viejo del parqueo avanzó hacia ella. Humm. Sospechoso. Pero no, pero no. Falsa alarma. El viejo señaló al carro que venía detrás un lugar vacío. Ya era tiempo de ir arrancando y en el reproductor sonaba dale como es aguantó el humo hasta que le reventó el pecho en una tos dale pa´que aprendas loma abajo a buscar la avenida Boyeros dale como es. ¿Realmente quería casarse? Separó una mano del timón y la sostuvo abierta delante de sus ojos, le había vuelto por fin, eso, yerbita de mi vida, serenita serenita, ahora sí podía ser cirujano. Tenía que casarse, de lo contrario habrán sido demasiados años y tarjetas de teléfono malgastados. No lo puedo creer, ni siquiera le preguntó el nombre a la muchacha del restaurante. Qué vieja te estás poniendo esperando que el Ministerio de Salud responda a tu carta de renuncia. Coño, ¿no sería algún pretexto que se inventaba para estar con alguien? Mejor nos concentramos que Harry está llegando y todavía le faltan por definir un par de locaciones y algunos tipos de las entrevistas no han respondido todavía. Claro, no es tan fácil, a la gente se le ponen los pelos de punta cuando hay que dar una opinión de esto. Carajo, que nadie le ha escrito ni un mensaje al celular para saber cómo es. ¿Será alto, bajito, trigueño? No, debe de ser rubio y además ese nombre lleva ojos azules, ¿hablará español? Y es una suerte que en el radio estén poniendo a Elena porque esa señora siempre dice la verdad y no la deja concentrarse tanto en el trabajo que eso es tan malo. Malísimo. Es una lástima que Raúl no haya venido porque ella seguro habría ganado la apuesta, además Raúl se pondría a hablar inglés y así ella podría manejar con tranquilidad. ¿Dónde decía Tropicana que ella no lo vio? La negra saca una pierna fuera del separador, deja ver el muslo que es una pierna de jamón envuelto en una malla tan negra como ella, las frutas de la cabeza se inclinan a la par del farol, y así toda la curva es una curva de mujeres blancas, mulatas, negras, jabás que bailan con el tambor a ver quién se menea más, y eso suena como si todos en esta isla estuviéramos de vacaciones, que es algo así como la verdad porque ¿quién trabaja, serio, quién trabaja de verdad en esta isla de mierda? Eso pensé, nadie se atreve a levantar la mano.
Hay que disminuir la velocidad, siempre hay que disminuir la velocidad cuando se llega al aeropuerto. Uno va despacito para que puedan verte bien clarito, tu cara, la chapa de tu carro y contar las veces que vas al aeropuerto por si acaso andas en algo y poner tu nombre en la lista esa donde cabemos todos. Y si vas hacia arriba, la zona de departures (que suena más bonito en inglés) para que te desesperes viendo tu caramelo con alas parqueado esperando a que pases la aduana para poder irte de una vez y por todas; y si vas para abajo pues a ver en qué andas ¿es familiar tuyo ese que sale llorando con la maletas a todo reventar y llorando de puro dolor, es familia tuya o es un negocio, y por qué lloras tú, por qué llora él, por el que sale o por ti, o por la mercancía que le quitaron los cabrones aprovechados de la aduana que no se cansan de joder a la gente? ¿Quieres un taxi? Y Amelia dice que no meneando las llaves del carro delante de sus tetas que es realmente a quienes les preguntó el taxista si querían un taxi. El vuelo está repleto y repleta está la sala de espera. La vieja saca el pomito con agua envuelto en el pañito, el hombre ya no tiene tabaco, se fuma un cabo que apenas si le cabe entre los dedos, se fuma los dedos, la jinetera escribe algo en el celular en medio de los padres, los hermanitos, y su primo querido y de pronto un grito, una mujer que corre y se cuelga al cuello de ¡papi! cuidado no me rompas las cadenas mi china, le desacomoda la gorra que venía de lado con tremendo aguaje, y el carrito que no podía más con esta gira llena de pacotilla qué ¿qué estás formando tú? El custodio hacia atrás por favor, aquí solo pueden estar los representantes de agencia. Mira, ¿este que sale no es el del noticiero? Seguro viene de Haití, el pobre. Y la gente, compañero, compañero, ¿faltan muchos por salir? Un toquecito en el hombro, ¿y ahora quién coño es? Harry le sonríe con su cara de manzana de mierda, con ojitos tiernos que cualquiera se creería y señala el cartel con la mano. Amelia sonríe, pone la mano en el hombro de Harry que le queda por debajo de sus tetas, el mundo está hecho a la medida de sus tetas, ah, eres tú, y si ya estamos todos ¿por qué no nos vamos? Let´s go Y Harry le dice, vamos y camina hacia la salida dejándola un tanto sorprendida con ese español tan bien pronunciado.
Menos mal que no se le fue la lengua y se puso a hablar mierda en español, porque si no el tipo la habría sorprendido. Menos mal que este tiene cara de buena gente. Quiero saber la verdad, dice Harry con rostro compungido y Amelia lo mira de reojo como diciendo me caías tan bien cuando estabas calladito. Pero eso no se le dice al cliente porque el cliente siempre tiene la razón. Le pone un disco de Beny Moré porque mayor verdad que esa no la hay y le sube el volumen para que Harry mire por la ventanilla la falta de luces que tiene esta ciudad, la cantidad de carros viejos que transitan cayéndose a pedazos, la contaminación, las arengas rotuladas al borde de la carretera y en todas partes sustituyendo a MacDonalds, Peugeut, Adidas, Chanel. Puede decirse que Harry es un hombre de suerte, porque esta verdad a Harry le da sueño después de tantas horas de vuelo con tanta gente despierta en esta isla que no puede dormirse ni un segundo y Amelia se baja en la gasolinera, entra al baño que es una fiesta popular del amoníaco –frase de un escritor famoso–, saca las pastillas y ¿para qué sirven las tarjetas de teléfono una vez que usas el saldo? Para hacer maravilla en polvo, dibujar una puerta de salida a la realidad, abrirla y entrar por ella. Un billete de cincuenta es la vía de escape perfecta. Amelia mira a Calixto García y lo enrolla bien –un héroe asfixiado–, hace un pequeño tubo de pesos convertibles y lo coloca en su nariz, polvo adentro y escucha a Harry sonando el claxon que ya no se dice pito después de haber pasado esa puerta en la isla de las maravillas, y sonreír ante la idea de Harry esperando tantas veces por la verdad en esta isla donde el tiempo es otro y no pasa no pasa no pasa nada. Ahora puedo decirte la verdad, querido Harry, muñequito de goma. Amelia abre la puerta del carro y antes de accionar la llave en el encendedor, sonriente, le dice: Welcome.

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