Incondicional, Fe, El último vuelo

 

[Escribir minicuentos es todo un desafío para mí. Lejos de lo que se piensa comúnmente, es más difícil escribir un cuento corto que uno largo. Muchas veces se confunde el minicuento con el chiste, el texto gracioso que termina con una moraleja o un final sorpresa nacido de un juego de palabras. Error, el minicuento es mucho más que eso. Estos los escribí en el edificio América, donde también fueron escritos Making of y Breve ensayo sobre el sexo. El primero es total invención sentimental mía, el miedo contado en el segundo se lo escuché a alguien por casualidad y el tercero responde a otra de mis primeras obsesiones: el acto de escribir como argumento, el making of del proceso de escritura.]

“Incondicional”

Desesperado, se había abierto la camisa para que lo viéramos claramente. Era cierto lo que se rumoraba, tenía una oreja en medio del pecho. De modo que, cuando hablabas con él, te escuchaba con el corazón.

“Fe”

[inédito]

–No hables más mierda Faustino –le dijo el mesero.
Pero a Faustino no hay quien le cierre la boca cuando empieza a beber:
–¿Y qué culpa tengo yo si me dan miedo las monjas? –prosiguió Faustino–. Me parece que me miran de una manera extraña. Y eso de que tienen el pelo largo es mentira, eso es cosa de novelas mexicanas. Las que están llegando ahora a la escuela para dar las clases se pelan casi al rape, ¡y no me vengas con que no es raro una mujer pelada al rape! Yo trato de concentrarme en el huerto pero no más alzo la vista y siempre me tropiezo a alguna que me mira fijamente. Se me pone la piel de gallina, no sé, esos ojos… es como si allá dentro viviera todo el mundo y a la vez, no hubiera nadie.

“El último vuelo”

[inédito]

Vuelve a posarse. Aquel manotazo desesperado solo consiguió alejar la idea. Insiste ahora sobre el papel, intentando completar su burla, escenificar una posible derrota. Se desliza hábilmente a todo lo largo del título y, con cierto escepticismo ante la primera frase, se limpia las alas, luego continúa su camino hasta ver la línea interrumpirse. Durante unos segundos permanece inmóvil, al borde, con dudas, entonces levanta el vuelo y reanuda su recorrido una, dos, tres líneas más abajo. Se frota la cabeza con las patas sobre esa palabra; se queda como pensando, retorna sobre sus pasos y una vez más se detiene frente a ella. Por instinto, salta de esa palabra a la frase que debería sucederle, y prosigue. Algo ajeno entre sus alas le hace sacudirlas con urgencia, como para desprender eso que, por accidente, ha quedado preso en ellas. Fingiendo decisión amaga con alejarse volando en círculos sobre el papel, cada vez más y más hacia arriba; pero su acción no es verosímil. Regresa ávidamente sobre el corazón del texto, se estrella contra las palabras que hacen de esa palabra, la palabra. Se arrastra intentando adivinar la salida y, ya casi en el desenlace, convulsiona con un dramatismo digno de aplausos. Pero es tanta su concentración en el personaje que no presta la suficiente atención, se abandona, no ve la mano implacable que cae sobre su cuerpo con todo el peso del argumento y le convierte en un cadáver inesperado, un definitivo punto negro al final.

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