El gran salto o caída libre

 

[Aquí empezó todo… por segunda vez. Hasta este cuento yo apenas era una egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso que, una vez terminado el curso, había llegado a la conclusión de que no tenía suficiente talento para escribir. Después de un tiempo trabajando en la subdirección del centro cayó en mis manos el libro “Esquirlas”, de Ahmel Echevarría. El resultado de aquella desenfrenada lectura nocturna fue este texto, escrito así, de un tirón y sin respirar. Ernesto Pérez Castillo, subdirector en ese entonces y el primero en leerlo, me propuso publicarlo en la revista El cuentero, que sacaba por esos días sus primeros números. Ante mi pregunta a Eduardo Heras ¿es un cuento o una reseña?, me respondió: “Querida… es un texto”. En efecto, salió publicado como reseña en la revista y luego como cuento en mi primer volumen Cuerpo Reservado. Detalle triste: el personaje Jota Pe hace años que vive en Nueva York, y apenas sé de ella. Detalle curioso: una lectora me abordó a los dos o tres días de publicado para preguntarme: Bueno, y… ¿por fin, estuviste o no estuviste con el muchacho escritor? Fue la primera vez que reparé en la delgadísima línea entre la realidad y la ficción.]

 

“El gran salto o caída libre”

 

Ya no se escribe como antes. Mientras más se lee menos se puede esbozar una idea digna de admiración. No pude volver a las letras hasta que Jota Pe me compró el libro. Jota Pe es mi amiga.
–Debes escribir –me dice siempre–, tienes el talento, algo que muchos desean con todas sus fuerzas.
El libro fue otra cosa. El autor es amigo de Jota Pe y yo había leído uno de sus cuentos. Nunca antes había oído hablar de las esquirlas: 1. Astilla de un hueso desprendida de este por caries o por fractura. || 2. Astilla desprendida de una piedra, de un cristal, etc.
Mi novio se fue para Alemania a visitar unos amigos y a buscar la forma de estudiar allá.
–Abriré el camino, bebé, después ya veremos.
–¿Después ya veremos?
–Sí. Yo trabajaré y verás que en poco tiempo todo se resuelve. Hay que dar el gran salto.
–El gran salto.
Dar el gran salto o caída libre. Con una cuerda amarrada al cuello, una cuerda gruesa, pero vieja, que no sabemos si va a resistir la atracción ejercida por la fuerza de gravedad sobre nuestro cuerpo. Si la cuerda se rompe, más tarde nos rompemos nosotros. Sí, nos convertimos en millones de esquirlas insignificantes.

Comienzo a leer en horario de trabajo. Total, un trabajo monótono, que no resuelve problemas ni de intelecto ni de dinero. Dejo todo a un lado y me pongo a leer. Esquirla: astilla de hueso desprendida. El autor de este libro no está vivo, murió hace tiempo, como yo. Un tren hacia ninguna parte, el personaje tiene dos lugares para escoger, ninguno le gusta. Escoge el espacio intermedio, tira una moneda indecisa, como él. Ni cara ni cruz: canto. El azar también es indeciso a veces. Este hombre es de humo. Siento sus dedos tecleando y oigo su voz desprendiendo palabras para escribir este libro. Este libro habla de mí. Yo conozco a este hombre. Podría besarlo porque sé cómo es su lengua. Yo me he acostado con este hombre una y mil veces.
Me lo encuentro el día antes sin sospechar que veinticuatro horas después voy a hacer el amor con él.
–Buenos días, Ahmel.
–Hola, ¿cómo estás?
Subo a la oficina y él llega con Ernesto.
–Por favor, ¿crees que pueda pasar al baño?
–Claro, es todo tuyo.
Dejo mis cosas sobre la mesa. Enciendo la computadora. Jota E me pide unas ligas para amarrar los afiches que llevan enrollados. Se van a Matanzas a presentar la revista.
–Aquí tienes. Ahmel, para ti también hay ligas, toma.
Ahmel sonríe y me da las gracias. Se despide otra vez.
–Que tengas buen viaje.
Y su cara limpia se pierde detrás de la puerta. Ya no oigo sus pasos pero sé que baja la escalera. Esto lo supe después; ni siquiera me imaginé que en él iban a estar, regadas por todos lados, mis propias esquirlas: astillas desprendidas de una piedra, de un cristal.

Los amigos de Ahmel juegan con Teddy, el oso. Parecen maricones. No saben o no quieren hacer nada con lo que les pasa. Teddy es la realidad. Cuando la realidad es más grande que uno suceden estas cosas. Solo nos quedan los libros. Libros como este hablando de falos erectos y recortes de revistas sin ninguna noticia importante. De lesbianas que se aman de verdad como no suelen hacerlo las parejas heterosexuales.
La Habana es una ciudad de mucha historia. Gente, guerra, victoria, silencio, muerte, sexo. La han fotografiado tantas veces que se gasta cada día más. Una foto es tiempo detenido. Por eso los personajes de Ahmel dejan la ciudad desnuda. Un cuerpo desnudo es más sincero, no puede esconder cosas.
La novia de Ahmel también se va de viaje. Dará el gran salto o caída libre. ¿Se romperá los huesos? ¿Sus esquirlas se estrellarán en otra ciudad desnuda?
–El pasaporte es la lotería –dice uno de los personajes.
Yani, la novia de Ahmel, se va para España a estudiar…
Yo también tengo un pasaporte. Mi novio insistió en que lo tuviera listo para cuando me toque dar el gran salto. Un pasaporte sin visa alguna. Sin visa no hay caída libre. Solo me queda este libro, el libro de Ahmel, que mira con sus ojos pequeños mientras yo leo su diario. Sí, este libro es su diario; mi/su/nuestro inventario de huesos rotos.
Dice Jota Pe que tengo otra crisis existencial. No entiende por qué tengo cara de comemierda todo el tiempo.
–Te veo acelerada.
Pero yo no le contesto…

Ahmel es un hombre negro. A mí no me gustan los hombres negros. Y no es por racismo. No me gustan como tampoco me gustan los rubios, ni los chinos, ni los extranjeros. Pero este hombre no tiene color. Se quedó atrapado en alguna parte de su novela de donde ya no puede salir. Y yo me quedé también en alguna parte, con un pasaporte sin visa y el cuerpo sin ropas, con la lengua de Ahmel regando saliva por todos lados. Sí. Tuve orgasmos múltiples que no tienen nada que ver con las fotos de La Habana.
Llego a mi casa y entro al baño. Pongo el calentador y me desnudo. Sentada en el inodoro termino de leer. Después dejo que el agua me caiga encima. El agua no se lleva las palabras de Ahmel. Me restriego fuerte con jabón, con las manos, pero las palabras siguen allí. Ahmel corre la cortina y me mira a los ojos. Sonríe. Él también está desnudo.
Me voy a casa de Jota Pe. No tengo ganas de hablar pero tampoco quiero estar sola.
–¿Qué te pasa?
–Nada.
–¿Otra crisis existencial?
–¿Te leíste el libro de Ahmel?
–No, todavía no.
–Léelo, por favor.

Esta noche me duermo tarde. De pronto oigo voces: voces gruesas, agudas, canciones, himnos, llanto, nombres. Pequeños recortes de memoria acudieron en un segundo. Se me llenó la cabeza de esquirlas: astillas de huesos desprendidas; por eso saqué las fotos viejas: fracturas de tiempo. Voces, risas. Mi cara de niña, una vela, aplausos, deseo: el futuro, una ciudad desnuda. Amigos, viajes, ausencia, pasaporte: la lotería. Visa, caída libre. Ahmel: esquirlas.
Jota Pe me ayudó a pegar las fotos detrás de la puerta para tapar el comején. Pedazos de mí regados por todas partes, sin orden alguno. Un rompecabezas armado por casualidad y Ahmel desnudo en una esquina de la cama.
–Tienes que escribir. La vida no existe, es un sueño. Eres un rompecabezas con algunas piezas de menos… o de más.
–Ahmel sin color, Ahmel sin cuerpo. Ahmel hecho de palabras, encerrado en un libro. Vamos a llenarnos de saliva. Invitemos a alguien más. Juntemos nuestras piezas. Hagamos un collage. Saltemos al vacío. Al menos de lejos parecerá que es algo.

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