Celebración por el maestro

 

[Estas fueron las palabras con las que defendí la nominación de Eduardo Heras León al Premio Nacional de Literatura. Cuando me llamaron no me lo pensé dos veces, dije que sí, y con la misma, me temblaron las piernas por la responsabilidad. Su obra ya tiene suficientes defensores, reseñas, abordajes críticos. De qué otra cosa podía yo hablar sino de lo que los más jóvenes conocemos bien: su pasión por el magisterio, su empeño por hacernos lugar en el mundo literario, su entrega incondicional a la cultura de este país]

Les confieso que al principio no podía decidirme entre hablarles solo del escritor o del hombre que es el Chino Heras. Incluso ahora, luego de mucho sopesar tantas aristas de una sola vida, no me creo capaz de desplazar al maestro para cederle el también justo lugar al revolucionario, al obrero, al miliciano, al periodista, al crítico, al editor, para horrorizarnos y admirar otra vez, con el mismo grado de intensidad, lo vivido tras la onerosa suerte que corrió en esos primeros años Los pasos en la hierba, su “libro maldito”. Aquel que como bien dice Sacha en el prólogo a la edición publicada por Letras Cubanas en 2005, “La historia oficial de la literatura cubana desterró de las actas, los congresos y documentos de la crítica, pero el libro, tenazmente, siguió viviendo en los lectores”. Nadie mejor que el escritor para saber que el creador es el único testigo a tiempo real de la concepción de un libro, resultando su lectura final un ejercicio fácil, el último paso de un largo camino recorrido. Último paso que es, al mismo tiempo, el primero de ese otro viaje que deberá hacer cada libro por sí solo.
Francamente, qué sentido tendría repetir palabras de críticos, testimonios de otros escritores, atrevidos estudios de desmontaje, discursos que llegan tarde en su clamor justiciero o lamento por el tiempo que este hombre padeció condenado a la sombra. No, prefiero hablarles de lo que solo los más jóvenes podemos hablar con toda propiedad, del tiempo que nos tocó vivir a nosotros, o mejor dicho, el tiempo que Eduardo Heras decidió otorgarnos a los que no vivimos y por ende no padecimos el quinquenio gris, a los que no participamos en esa construcción del hombre nuevo, a los que lamentablemente no podemos echar atrás su dolorosa historia, pero sí representamos su esperanza: yo voy a hablarles del maestro.
¿De qué otra manera podrían saber ustedes, si yo no les contara, cómo es un primer día de clases en ese Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso que ha dirigido el Chino por más de quince años? Cómo podrían saber que allí uno llega desarmado por ese impulso frenético de cuando se es joven e inmaduro, con la sospecha de que pocos, muy pocos, estarán realmente dispuestos a concedernos una oportunidad. Después de su primera conferencia sobre la evolución de las técnicas narrativas a través de la historia de la literatura, para algunos de nosotros, es que comienza el orden de lecturas, el descubrimiento real de este mundo de las letras donde, si no estamos dispuestos a reinventarnos y entregar la vida a cada paso, mejor dedicarse a otra cosa. Allí aprendemos cómo nace un personaje, cómo puede una historia, aunque sea cierta, no resultar verosímil, cómo puede uno tener talento, y sin embargo, demorar en encontrar el camino. Por eso también se nos coloca en nuestras manos una sustanciosa recopilación de técnicas narrativas, las más usadas hasta hoy, cuya compilación le llevó tiempo y esfuerzo y cuya reedición le cuesta al chino gestiones, puertas tocadas y vueltas a tocar, como siempre hace, para decirlo en buen cubano, metiendo cabeza por nosotros. Como anuncia él al principio, no todos salen del centro siendo escritores, pero todos aprendemos a leer leyendo, aprendemos a escribir escribiendo lo humano, como bien dice el narrador-personaje de su cuento Diálogo, un hombre que, devuelto a su trabajo de oficina, evoca aquel castigo de trabajar en una fábrica por haberle “fallado” a la Revolución: “Mira. Esto que tú pones aquí está bien. Está bien que des cifras y todo lo demás. Pero falta algo, ¿tú sabes qué? el lado humano. Tú piensas cosas, tienes opiniones de la gente que trabaja contigo, ¿no? Bueno, ponlo ahí. ¿Tú no te cagas en la madre de alguien cuando no te traen los materiales de la obra? ¿No felicitas a la gente cuando se comen crudo el concreto? Bueno, ponlo ahí que eso es lo vital, la sangre, lo humano. Si no, no se puede hacer literatura con eso; si no, no hay diario, lo que sale es un libro de estadísticas. ¿Tú me entiendes?”
Y es que allí donde a otros, maltratados por el despreciable látigo de la censura y la desidia, les salieron –todavía les salen- diatribas, al chino Heras le nacieron –todavía le nacen- personajes que defienden el honor, el valor del trabajo, la vocación y los principios del hombre. Obreros de una fábrica de acero, soldados que defendiendo nuestras costas prueban su valor a culatazos, pero no se salvan de estar enamorados de una medio niña y medio mujer, no se salvan de las visiones religiosas ni de la humana debilidad de algunos milicianos en esa larga caminata “que te daba derecho a hablar de frente con la cabeza en alto y a mirar un poco desde arriba al que no había llegado. La caminata que te graduaba un poco más de hombre y un poco más de revolucionario. Aunque no lo fueras”.
Allí donde a otros les venció el odio y el rencor, sentimientos igual de humanos y comprensibles, digo yo, al chino Heras le nacieron cientos de hijos que viajaron desde todas las provincias del país para reunirse con otros jóvenes aspirantes a escritores en un lugarcito imperfecto junto a Quinta Avenida. Digo imperfecto porque todo el mundo sabe que, en cuestiones de creación, lo que bien les sirve a algunos, a otros puede que no. Por eso unos cuantos lo hacemos notar en nuestros currículums con orgullo, cariño y respeto, mientras otros solo lo usan cuando les conviene, o no lo mencionan nunca, pero qué más da, si ya la obra está hecha y habla por sí sola. Si no hay concurso literario, antología de obras narrativas, feria del libro o evento literario que no sea tomado por asalto por los egresados del Centro Onelio. Cómo podrían saber ustedes, si yo no les contara, el temblor que nos vence a todos por igual cuando nos toca el turno de leer los textos frente a los demás y esperar luego de leer, callados, mientras nos hacen trizas esos primeros cuentos que tanto cuesta escribir. Cómo alivia al final esa voz noble del maestro que nos aconseja por dónde, quizá, deberíamos llevar al personaje o mejorar la redacción o cambiar el punto de vista que, “caballero, no entendí nada”, quizás usar menos la técnica del dato escondido, o a lo mejor no, porque, “muchachos, ¿quién dice la última palabra en cuestiones de literatura?” Claro que ustedes no pueden rememorar esa sonrisa pícara del Chino, como hacemos muchos en esos momentos solitarios dedicados a la lectura cuando nos enfrentamos a un texto donde ni siquiera el título funciona, esa frase suya tan típica mientras su mano se alza espantada al definir lo que acaba de leer “¡es un horror!”. El que no haya estado cerca no puede saber lo que acontecía tras las cámaras de Universidad para Todos, el trabajo que representó armar, editar los tabloides, el tiempo recortado al que debía ajustarse quedándole tantas cosas por decir. Sí, el chino Heras siempre ha tenido tantas cosas para contar que por eso aquella profesora suya le pedía a la hora del examen que, en lugar de responder la pregunta a la manera de los otros estudiantes universitarios, mejor le narrara la respuesta, le creara un ambiente, un personaje, una historia dentro de la Historia. Yo creo que por eso tampoco hoy le alcanza el tiempo en el aula y termina dando conferencias en el pasillo, a la hora del almuerzo, cuando uno se lo tropieza por casualidad en alguna presentación o evento, donde lo mismo nos cuenta por qué entre Virgilio Piñera y Onelio Jorge Cardoso, eligió al segundo para nombrar al centro, “porque Onelio era más de enseñar a los jóvenes”, dice, y nos asegura, por ejemplo, que la cinematografía cubana, entre las numerosas deudas históricas que tiene, le debe un largometraje a nuestro héroe nacional José Martí, nos cuenta cómo logró que soldados cubanos asistieran al ballet y más, que entendieran la historia que se estaba representando. Cómo podrían saber que, si el chino les habla de un cuento que leyó, la historia que él consiguió de esa lectura va a ser tan buena, que luego algunos preferimos ni buscar el original. Esa forma suya de leer llega a sentirse tan viva que cierto jurado de cierto concurso, en franco desacuerdo ante las propuestas para un ganador, así intentó defenderse de él: “si lo dejamos leer, estamos embarcados”.
“Chino, tú no dejaste de escribir libros para enseñarnos a nosotros, porque todos nuestros libros son tuyos”, dijo Yoss vestido con su siempre llamativo atuendo aquel día en que celebrabámos los quince años del Centro Onelio, y no creo, honestamente, que haya mejor manera de decir esa indiscutible verdad sobre esta gran obra literaria que es el Centro Onelio Jorge Cardoso. A veces me pregunto quién de nosotros se dará a la tarea de escribir la novela de su vida, esa vida que comenzó en una ciudadela en la esquina de Tejas, donde limpiaba zapatos de dos tonos para ganar algunas monedas y así poder saborear luego un modesto cartucho con recortes de dulce comprados directamente en la fábrica. Sin sospechar que, años después, no de dulces sino una fábrica de acero sería el castigo que lo separó un tiempo de la universidad por el dudoso pecado de humanizar al sujeto revolucionario, por cometer la osadía de conceder protagonismo al individuo por encima del suceso histórico cuando la corriente de pensamiento de uno de sus personajes reconocía algo con lo que estamos todos de acuerdo: “Te has convertido en mártir demasiado joven. Y aunque sepa que ha sido inevitable, aunque sepa que los mártires son también necesarios porque los sueños se construyen con símbolos, con voces que nos hablen, con manos lejanas que nos ordenen, con recuerdos tal vez, hubiera querido que fuese de otra manera, que estuvieras aquí ahora, mirando hacia los montes que van dejando de ser montes, caminando conmigo, con todos, disparando de alguna forma al enemigo”. Quién asumirá, me pregunto, la responsabilidad de contar la historia de un hombre que, con todos los motivos para elegir el camino del exilio, como hicieron tantos otros en su lugar, elige regresar. El hombre que siempre regresa para darnos a los más jóvenes lo que otros de manera egoísta se reservan para sí: la primera publicación impresa, el primer viajecito, la posibilidad del primer premio en metálico del concurso César Galeano que cada año convoca el centro para sus estudiantes, la tan necesaria ayuda económica de la Beca El Caballo de Coral para la culminación de nuestro primer proyecto, una sala de navegación que, si solamente dependiera de él, tendría diez computadoras más y esa mejor conexión que, a pesar de los trámites, no acaba de materializarse, una editorial a nuestra disposición, una revista para jóvenes narradores, la visita de grandes escritores que el propio chino gestiona cada vez que se da la oportunidad “para que les hablen un poco a los muchachos, para que les cuenten la manera en que conciben sus historias y sus libros”. “Aprovechen”, nos dice a nosotros, “pregunten todo lo que quieran, este el momento”.
Por esa distancia que hay entre el escritor y el hombre, les digo hoy algo que muy pocas personas saben: yo no quería conocerlo. Temía que alguna torpeza del hombre me manchara la admirada imagen del escritor, del maestro, esa imagen que me forjé en silencio sentada durante todo un año en la última silla del aula, junto a la puerta, en el séptimo curso de técnicas narrativas. Luego tuve la suerte de trabajar junto a él y, para mi propio alivio, comprobé que el hombre estaba a la altura tanto del maestro como del escritor. Entre otras cosas, irrelevantes para la literatura, que uno conversa en las oficinas café mediante, supe que más de una vez le salvó la vida en otras tierras un democrático bistec con una manifestación de papas fritas, que le echa azúcar a la leche condensada y que con una cerveza, está listo. Así me dijo en su oficina, tras pedirle evaluar uno de mis primeros textos cuya definición se debatía entre cuento y reseña sin conseguir ninguna de las dos, cuando le pregunté ¿qué es? “Querida –me respondió- no lo sé. Pero me gusta.” Siempre calladito y con un libro entre las manos, me asegura su esposa Ivonne, “por eso no quiero casa grande, imagínate, no sabría dónde encontrarle entonces”. Siempre calladito y con un libro entre las manos, libro que abandona con gusto para elegir con seriedad y responsabilidad ante el trabajo de jurado de los numerosos concursos a los que es convocado. Ah, sí, olvidaba su pasión por el ajedrez. Olvidaba que, cuando le decimos que ya es hora de escribir sus memorias, que tanta historia no puede perderse, se queda en silencio, mirando al vacío, como quien sopesa la carga de tantas cosas vividas por y para la literatura de su país, de su tiempo. Por eso les confieso que no sé, no sé qué estamos discutiendo aquí. ¿Qué podríamos decir que no sepamos ya? El Premio Nacional de Literatura se lo ganó Eduardo Heras León hace muchos años. Pero claro, cómo podrían enterarse si yo no les contara, eso es algo que solo los más jóvenes podemos saber, porque esto sí lo hemos vivido.

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