Breve ensayo sobre el sexo

 

[Yo vivía en el América, un monstruo de edificio entre las calles 27 y Jovellar del Vedado, con muchos y penosos recortes habitacionales. En un pequeño apartamento, ahí nacieron mi novela Making of y este cuento, entre otros. Escribiéndolo aprendí que un texto también puede ser un acto de venganza, un ajuste de cuentas, un grito de dolor. Amé a este personaje con todas mis fuerzas, lástima que nunca fui realmente correspondida. Esta es una visión agridulce de aquel momento en que, con tal de no llorar, me reí de mí misma.]

 

“Breve ensayo sobre el sexo”

[inédito]

Abril no sabe qué pienso. Me mira con el rabillo del ojo, permanece en silencio hasta que se le ocurre hablarme de alguna contracción extraña en su espalda. Esta vez no le hago mucho caso. Estoy sentada en el butacón destinado a leer libros de ensayo: pienso en mi nuevo texto. Mi nuevo texto será, quizá, la biografía de algún músico, o una crítica a la última exposición de fotos a la que asistimos Abril y yo. Aunque, ahora que lo pienso, Abril y yo nunca hemos ido juntas a una exposición de fotos, debe ser por eso que no lo recuerdo. Entonces tendrá que ser, sin dudas, la biografía de un músico.
–¡Tú no conoces a ningún músico! –me grita Abril desde el baño.
Abril no pierde la oportunidad de recordarme lo que no soy, lo que no sé, lo que me falta para llegar. Abril piensa que no llegaré nunca y le da por inventarse dolores, pretextos, incapacidad para lograr más de un orgasmo cada vez. Abril me habla de lo buena que era su vida con el mismo tono en que se recuerda La Habana de los años cincuenta. A lo mejor por eso mi madre no quiso saber nada de ella:
–Lo único que te pido es que te vayas bien lejos, no quiero saber –y me dio la espalda con los ojos llenos de lágrimas.
A veces pienso que para mi madre llenar los ojos de lágrimas es como cocinar, hacer ese flan que tan bien le queda, tan exquisito. Hoy estuvimos sentadas en el portal de casa mientras mi padre hacía su limpieza general. Mi padre tiene la costumbre, la necesidad, de acumular las cosas viejas en el portal de casa, las revisa, amenaza con botarlas, pero al final es incapaz de hacerlo, de modo que termina por guardarlas otra vez: es su manera de recordar. Mi padre me puso delante el cajón con mis cosas viejas. No recordaba haber tenido tantos libros, muñecos, cosas de esas que uno no piensa que va a extrañar alguna vez. Cuando se llevó el cajón para guardarlo me fui a la cocina con un nudo en la garganta, intenté hacer un flan pero ni modo quedó como el de mamá. Hay ciertas cosas de los padres que uno no igualará nunca. Al menos el viaje de regreso fue fácil. Ahora que ha mejorado el transporte todo es menos complicado. El hombre en el primer asiento hablaba como si fuera una emisora de radio, imitaba las voces del locutor y la del entrevistado, de pronto una interferencia y anunció la mesa redonda con el aumento de precio del petróleo, luego saltó para el huracán y el nuevo período especial que todos vaticinan. Se dirigió al pasajero que iba a su lado:
–La respiración es… ¡vital! ¡Y pensar que nadie la toma en cuenta! Hay que dedicarle el tiempo que lleva, aguantarla cuando es preciso, respirar por ambos canales. Si haces el amor con tu mujer y respiras por uno solo… tu hijo… ¡tu hijo puede nacer maricón! Allá tú, después no te quejes.
Creo que mi nuevo texto será sobre la locura.
–¡No me digas, conque ahora te quieres parecer a Saramago! –se burla Abril mientras se corta las uñas de los pies en el sofá–. Yo podría hacerlo por ella, cortarle las uñas quiero decir, pero ni siquiera se lo propongo porque a Abril no le gusta que le toquen los pies.
Debo estudiar para mi clase de francés. La profesora ordenó un trabajo sobre el divorcio en Cuba. Debo a ir la biblioteca, buscar alguna asesoría al respecto.
–Oye esto –me dice Abril mientras revisa las noticias en Internet–, viene otro huracán hacia nosotros. Dios mío… qué poco le queda a esta isla.
Mi profesora de francés inicia sus clases con una disertación sobre los problemas con su marido. ¿Dónde encontrar información real sobre el divorcio en este país? Mi próximo texto será sobre el sistema docente en Cuba, o la homofobia:
–¡Ajá, te cogí, eres… –dijo el loco de la guagua señalándome con el dedo. Una señora me miraba con tanto desprecio que hube de moverme hacia los asientos del final. Tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo. Se bajó primero que yo y, al avanzar la guagua otra vez, me buscó afanosamente con la mirada desde la acera, todavía tengo en mi cabeza la acidez de sus ojos inquisidores. Dice mi madre que tengo la espalda demasiado ancha, me trajo unas sandalias adornadas con lentejuelas que estaba vendiendo la vecina:
–¡Deja de usar esos tenis…! Te haré algunas sayas –dijo mientras me tomaba las manos–. ¡Mira esas uñas!, ¿por qué no las dejas crecer?
–Ven, vamos a quitarnos el bigote –propone Abril.
Detesto quitarme el bigote, y no es que me guste el bigote, es que me duele quitármelo.
–¡Mierda! –agonizo cuando Abril me arranca la tirita con cera.
Acabo de cometer la mayor torpeza en todo el tiempo que llevamos juntas. A Abril le costará perdonarme esto. Ella es capaz de entender miles de cosas, hasta una infidelidad acaso, pero esto sí que no lo tolera, Abril es implacable con las “malas palabras”. A lo mejor puedo desviar el tema de mi trabajo hacia otro rumbo: “motivos reales del divorcio en Cuba”. Menos mal que suena el teléfono. Eso me da un margen de tiempo para irme a la cocina y preparar algo de comer. Será un tanto difícil, después del último huracán la mercancía se esfumó, los agro mercados parecen desiertos de arena. Mi texto podría ser sobre la magia, cómo no se me ocurrió antes. En la guagua había un señor sentado leyendo una revista Diáspora. Me pregunto dónde la habrá conseguido, hice el amago de averiguar pero luego miré a todos lados, la verdad, me avergonzó tanta indiscreción de mi parte.
Abril está desnuda sobre el sofá, come con el plato en la mano.
–Está rico –me dice.
Cuando Abril elogia mi comida algo anda mal, o quiere algo.
–No nos engañas ni a ti ni a mí –le contesto–. Está malísima, como siempre.
–Bueno, al menos se deja comer…
Mi próximo texto será sobre el hambre. El hambre del cuerpo y del espíritu. La gente que iba sentada en la guagua miraba por la ventanilla hacia fuera. Cada vez que subía alguien era observado de arriba abajo, luego los ojos se volvían otra vez a esa nada cotidiana tras el paso de los edificios.
Lo que sigue, el silencio de Abril, es harto elocuente. Más que una señal es el hecho en sí venciendo las barreras del tiempo, adelantándose a su propio nacimiento: algo muy parecido a una predicción.
–¿Vamos a templar? –Abril solo pronuncia esa “mala palabra”. La única que le he oído decir desde que la conozco. Esa “mala palabra” pudiera parecer normal a los mal hablados, y terrible a los puritanos pero, en verdad, la palabra templar en la voz de Abril no es ni una cosa ni la otra, va más allá de cualquier juicio, atraviesa límites, fronteras de países, políticas, religiones, costumbrismos, desarrollo histórico del alfabeto tal y como lo conocemos hoy. Estar en medio de un huracán, sin agua, sin electricidad, sin (el) gas, en medio de una oscuridad que tardará días en desaparecer y oír la voz de Abril ¿vamos a templar? Han subido el precio de la gasolina, te rechazan el libro por tercera vez, ¿vamos a templar? repiten la telenovela del año pasado, los cuatro canales de televisión están en cadena con la mesa redonda demostrando que la lucha contra el imperialismo no dejará de ser imprescindible compañeros (no por ahora), ¿vamos a templar? no puedes salir porque el cobro de este mes expiró la semana pasada y aunque hubieras cobrado hoy mismo tu dinero no sirve. Si en ese momento Abril te dijera: “Hagamos el amor”, tendrías todo el derecho del mundo a responder:
–No.
Pero ella dice:
–¿Vamos a templar?
Y como puede verse no es una orden, es una invitación, un desafío al allá afuera, vamos a ignorar a los que están allá afuera. Dicho con dulzura, nunca con lujuria como cabría imaginarse. La lujuria no forma parte de Abril. Mas cuando digo allá afuera debe entenderse en el estrecho marco de una frase que tiene negado el permiso de salida, sus pasos llegan hasta el mar y de ahí no pasan, porque el término templar en este sentido solo se usa en Cuba, según el DRAE: (…) || 13. coloq. Cuba. Realizar el coito (…). Mi próximo texto será sobre la felicidad. Si la gente que venía en la guagua conmigo recibiera y, sobre todo, comprendiera este tipo de invitación en toda su magnitud dejarían de mirar por la ventanilla sumándose automáticamente a esta diáspora obscena.
Según mi experiencia, después de decir esto, Abril no hablará más, permanecerá en silencio esperando mi reacción que será la que habrá de llevarnos al acto. El acto, aristotélicamente hablando, estará dividido en tres pasos, los clásicos Introducción, Nudo y Desenlace: mi pertinacia, como casi siempre, habrá triunfado al llegar este último, aunque, si bien no habré borrado las imágenes de La Habana de los años cincuenta (¿acaso alguien podría?) habré logrado levantar una arquitectura que, al menos, competirá dignamente con aquella. Me aprovecho, le acaricio las piernas mientras la observo desde el butacón destinado a leer libros de ensayo. Pienso en mi próximo texto. Mi próximo texto será sobre la ignorancia.

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