Aguacero

 

[Yo solo sabía que quería escribir sobre La Habana. Ahmel me habló de Vercuba, un sitio digital que buscaba colaboradores y por eso le envié un par de textos que tenía escritos y que comenzaron a dar forma a una bitácora personal. Luego conocí a Beatriz Verde Limón, profesora de Medios Digitales en la Universidad de la Habana, y me enseñó cómo abrir un blog, cómo hacerlo visible. Así nació Habana por dentro. De las más de trescientas cincuenta hasta la fecha, esta es una de mis entregas favoritas. Disfruté mucho escribirla. Una vez cierto amigo-amante, uno de los personajes de mi libro Cuerpo Público, me dijo que mi tono era la melancolía. Le di la razón. La melancolía y la nostalgia atraviesan, más que mi manera de escribir, mi manera de vivir. Aunque a veces luche contra ellas y logre “vencerlas”, otras veces salen irremediablemente en textos como este.]

 

“Aguacero”

Me lloví, te lloviste, nos llovimos aquel día, ¿te acuerdas?, nos quitamos los zapatos y cuando ella dejó de vigilarnos nos fuimos al aguacero, pero el disimulo no nos duró mucho, porque la alegría fue tanta cuando nuestros pies descalzos chapotearon por toda la acera hasta la calle, más y más lejos, adonde su regaño se hacía de agua y no nos podía agarrar del brazo con el pretexto de la garganta, la neumonía, la escuela al día siguiente, la mugre de la calle pegándose en nuestras piernitas, y mientras, nosotros haciendo verónicas a los autos que pasaban despacito gritándonos ¡locos, que con truenos uno no se mete con la lluvia!, ¿te acuerdas?, les respondimos con risas, palmadas, griticos inocentes de locos bajitos que éramos dando golpecitos en el maletero, pegando la cara a los charcos para medir el tamaño de las coronas de agua sucia cuando caían los goterones, y el rostro de ella tras la ventana oteando en nuestra felicidad, extrañando sus propios pies descalzos, esperando a que escampara para venir a zurrarnos, cosa que demoró porque alguien lanzó una pelota y ya le dimos patadas hasta cansarnos, tenías la cara chorreada, me acuerdo, los pelos pegados en la frente, la ropa chupando el cuerpo, éramos flacos y cabezones, éramos testarudos, éramos un mismo grito pelado gozando en plena calle, en medio de los locos que salieron de todos lados y jugaron con nosotros, ellos también con toda una vida chiflada por delante, creo que en algún momento sentí frío, pero no me importó, pasó un zapato flotando y nunca supimos de quién era, fue en esa bici donde me hice la herida cuya marca me acaricio a cada rato (cuando no estoy pensando en nada), nos la turnamos, pero era mejor chapotear, mojar al otro, gritar, encogernos cuando se corrió la cortina de agua, cuando volvieron a verse los colores de las casas y se apagó el traqueteo de la lluvia sobre las tejas quitándose las nubes de en medio, ¿te acuerdas?, en Cuba siempre es así con el tiempo, te ovillaste con el fondillo pegado al charco y cerraste los ojos para aguantar el manotazo, los primeros mocos fueron por la paliza, los segundos, por el catarro. No sé si allá, adonde te has ido ahora, la lluvia será la misma. No lo sé, pero aquel día nos marcó para siempre ¿te acuerdas?

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